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Una generación para el Bicentenario

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EN LA ATALAYA SEGUIMOS OBSESIOnados por el Bicentenario de la Independencia, cuya celebración se inició hace tres semanas en el Teatro Adolfo Mejía de Cartagena con el Encuentro internacional con nuestra historia.

Muchos de los asistentes se manifestaron preocupados porque en las ponencias no se destacaban las hazañas de los criollos en sus respectivas provincias. De hacer caso a esas voces, el Bicentenario se volvería recuento de gestas patrióticas en matrimonio con el lema Colombia es Pasión. Se trata, por el contrario, de evaluar las limitaciones y las posibilidades de nuestros hábitos de conmemoración nacional.

En un excelente estudio, Alejandro Garay refiere cómo, hace cien años, los encargados de coordinar la celebración de la Independencia —Iglesia, Estado y el incipiente sector industrial— escenificaron una Colombia que había construido civilización con las libertades legadas por los próceres. Bogotá, la Atenas suramericana —el Colombia es Pasión de la época, con mayor valía por el culto que profesaba a las letras— exhibió muestras de riqueza agrícola y desarrollo técnico, al tiempo que erigía monumentos y nombraba parques en torno a un catolicismo bolivariano. El mismo modelo siguieron las demás ciudades, pero los campesinos y los trabajadores urbanos tuvieron poca presencia en esa narrativa colombiana del progreso por la supuesta incapacidad de las razas oscuras para formular proyectos de nación.

La memoria del Centenario buscaba exorcizar los fantasmas recientes de la Guerra de los Mil Días, la separación de Panamá y el ingreso de Colombia al siglo XX como una de las economías menos integradas al comercio mundial. Imaginó un tiempo continuo entre los fundadores y el gobierno de la Regeneración. Esa memoria, sin embargo, quiso reconstruir la sociedad mediante un Estado de Derecho, también continuo, como única garantía para que la razón civil guiara al Estado en un sentido más amplio del progreso. La Unión Republicana, alianza entre liberales y conservadores, restituyó a los primeros su estatus político y vislumbró una pedagogía tecnológica y ciudadana que formara opinión pública y que derivara en una representación obrera en diálogo con los empresarios. En el marco de un suprapartidismo como nueva mentalidad nacional empezó a delinearse la Generación del Centenario.

Colombia es pasión… La Unión Republicana desapareció con el fortalecimiento sectario de los partidos. En contraste, una Generación del Bicentenario podría rescatar la idea de un suprapartidismo sin mesías ni agitaciones electoreras, lo cual requiere una historia que detecte exclusiones. Por supuesto que los hechos militares y constitucionales de la Independencia son historia y visión, pero no destino nacional. Tengo entendido que la celebración del Centenario en Santander se inició con la inhumación de los restos de Palonegro, a los cuales rindió honores el Batallón Ricaurte; escribir con precisión los epitafios es el sentido de la historia.

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