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Respuesta a la columna ¿Esterilizar salva?**
La senadora Andrea Padilla plantea la creación de un programa nacional de esterilizaciones mediante un proyecto de ley. Por primera vez, alguien en el Congreso reconoce que la responsabilidad del manejo de las poblaciones caninas y felinas recae principalmente en el Gobierno, que es el que debe reglamentar y formular los parámetros técnicos y de bienestar que se aplicarán. En efecto, si el proyecto es aprobado, los municipios categorías 4, 5 y 6 (los más pobres) tendrán financiación del 100 % para planes de esterilización, y los de categoría 2 y 3 contarán con el 50 % de la nación. Además, el grupo de bienestar animal del Ministerio de Ambiente definirá los parámetros técnicos y los pliegos tipo, para evitar sobrecostos en las esterilizaciones y malos procedimientos.
Si bien Colombia requiere un plan integral y ambicioso de manejo de poblaciones (que incluya, por ejemplo, regulaciones estrictas al comercio y a la tenencia de animales de compañía, centros de bienestar animal como medida de contención y mucha educación), el foco del proyecto de ley es el control de la reproducción. Hay que entender que la esterilización no es una fórmula mágica para acabar con el problema de la sobrepoblación, pero sí es parte indispensable —la más urgente e importante— de un gran plan de intervención que se debe complementar con educación, sanciones y otras acciones multidisciplinarias e interinstitucionales.
Por fortuna, el cambio cultural ha permitido que cada día más personas se sensibilicen al problema de la natalidad desbordada de animales y sus dramáticos efectos: indigencia, sufrimiento, hambre, enfermedades, violencia… Esto ha favorecido la formación de colectivos ciudadanos dedicados a la protección animal que, a lo largo y ancho del país, se han echado al hombro la altísima carga económica de las esterilizaciones, mientras el Estado permanece indiferente. Si este proyecto se convierta en ley, les permitiría a esas personas aliviar la desbordada carga financiera que, generalmente, conlleva consecuencias negativas para su vida social y emocional (fatiga compasional), y la sociedad, en su conjunto, podría atender un problema humanitario que también impacta la salud pública.
En respuesta a ello, un creciente grupo de veterinarios, donde me incluyo, empezamos a realizar, desde hace años, procedimientos quirúrgicos en lugares de difícil acceso y en territorios alejados de las urbes donde existen algunos planes de control. La realidad de muchos municipios, corregimientos y veredas de Colombia es un doloroso e indignante golpe de realidad. Estar en un lugar donde el agua potable o la luz no son servicios cotidianos o donde ni siquiera hay manejo de aguas residuales le permitiría entender a cualquiera con un mínimo de sentido común que no todos los quirófanos pueden ser como los de un consultorio bien equipado y que es preciso hacer lo mejor con lo que se tiene a la mano para mejorar la calidad de vida de los animales y cortar, humanitariamente, un ciclo de reproducción que solo genera más miseria y sufrimiento.
Somos los veterinarios de campo, que recorremos los territorios, quienes tenemos plena autoridad para hablar de las realidades que padecen los animales y la carestía que se palpa, incluso, cuando no hay ni para aliviarles un dolor. Por supuesto, ser veterinarios de guerra nos enfrenta a contradictores que, desde el desconocimiento, a veces juzgan negativamente los enormes esfuerzos que hacemos para llevarles a los animales más olvidados y sufrientes un poco de bienestar.
Por supuesto, trabajar con poblaciones deambulantes y callejeras requiere el perfeccionamiento de técnicas quirúrgicas aprendidas en la universidad, en aras de lograr mínimos tiempos de recuperación, reducción de riesgos y protocolos seguros y humanitarios en condiciones adversas. Pero se puede ser ético operando en una maloca del Amazonas, en una escuela en medio de una Ciénaga, en una ranchería en La Guajira o a 3.800 metros en una cabaña. La constante debe ser el bienestar de los pacientes durante y después del procedimiento, puesto que viven precariamente, igual o peor que sus cuidadores —cuando los tienen—, quienes ante alguna complicación no tendrán los recursos para atenderlos o sencillamente no podrán acceder a atención veterinaria por falta de servicios instalados ¿O es que la ausencia un centro veterinario o de un laboratorio clínico es excusa para quedarse de brazos cruzados? Definitivamente, no. Con afecto, les hago un llamado a algunos colegas para que participen en la creación de soluciones realistas, ajustadas al conocimiento de la biología y la fauna callejera, contextualizadas a la difícil realidad de la mayoría de territorios, marcada por pobreza y geografías inhóspitas.
La “eutanasia humanitaria” como medida para el control de poblaciones también debería ir quedando en el pasado. Este recurso, del que algunos hablan con cierta ligereza, no es efectivo, puesto que se centra exclusivamente en la población deambulante que fácilmente puede ser reemplazada por otro grupo de individuos (el efecto nicho vacío) y deja de lado las causas del problema. En casos puntuales, la eutanasia podría ser una opción: cuando la condición de salud de un animal le cause padecimientos y su tratamiento sea inviable o cuando exista un riesgo demostrado para la vida humana u otras especies. Pero si empezamos por controlar la reproducción, estaremos haciendo una intervención acertada, humanitaria y eficaz.
Decir que la esterilización no sirve o que hay que matar a los animales porque seguirán viviendo en las calles solo muestra insensibilidad y desconocimiento de la realidad. Por una parte, no hay donde meter a más de tres millones de animales que deambulan por las calles; por otra, el 99 % de ellos no son predadores, más bien intentan sobrevivir mendigando o hurgando en las basuras. Esterilizar, en cambio, es actuar para empezar a solucionar un problema con profundas implicaciones éticas y sanitarias.
Estoy convencida de que quitarle la presión sexual a un paciente deambulante o callejero mejora su vida y de que evitar nacimientos no deseados previene el sufrimiento de seres sintientes. Esterilizar salva vidas y honra mi labor como profesional de la medicina veterinaria.
Carolina Briceño Veloza*
*Médica Veterinaria de la Universidad Nacional de Colombia. Fundadora del Centro Quirúrgico Veterinario, especializado en cirugías de alta y baja complejidad para animales de familias de escasos recursos y en jornadas masivas de esterilización en zonas deprimidas del país. Ha realizado 80.000 cirugías desde 2004 en La Guajira, Magdalena, Atlántico, Bolívar, Córdoba, Sucre, Cundinamarca, Putumayo, Amazonas, Valle del Cauca, Nariño, Cauca, Casanare, Santander, Huila, Quindío, Risaralda, Tolima, Meta y Boyacá.
**Respuesta remitida por la senadora Andrea Padilla.