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¿América Latina para los latinoamericanos?

Brasil, Venezuela, Bolivia y México, entre otros, son los países que esperan señales de Barack Obama. Las consecuencias de la situación financiera mundial también se sentirán en Colombia, Bolivia y Perú.

03 de enero de 2009 – 05:00 p. m.

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Comienza 2009 con una certeza y varias poderosas incertidumbres. La certeza es que la crisis financiera mundial no sólo está afectando gravemente a los países desarrollados sino que también se está dejando sentir en América Latina, con consecuencias políticas convertidas en incertidumbres para la política exterior del mandatario venezolano Hugo Chávez, la seguridad democrática del presidente Uribe y, dentro de un contexto más general, para experimentos de signo muy opuesto como la vuelta al poder indígena de Morales en Bolivia, la modernización de signo occidental de Alan García en Perú, y la desgana de Correa en pagar la deuda externa ecuatoriana.

La gran noticia del año concluido, tanto para el mundo como para América Latina, es la elección de un presidente afroamericano en Estados Unidos. Barack Obama tendrá que seguirse ocupando prioritariamente de insensatas aventuras imperiales en Irak, Afganistán y su ‘gemelo’ Pakistán, y ya se verá qué va a hacer con Irán, pero no por ello menos pretende llenar el vacío que la presidencia de George Bush dejó con América Latina.

El documento base de esa nueva política es un texto de 13 páginas titulado A new partnership for the Americas (Una nueva relación con las Américas), inspirado en ‘la política del buen vecino’ de F. D. Roosevelt en los años 30, y la Alianza para el Progreso de John F. Kennedy, a comienzos de los 60; y que se sustenta sobre un trípode: defensa de la democracia, seguridad colectiva y prosperidad. Política, Defensa y Economía.

En los próximos meses tendremos buena prueba de cómo entiende Washington ese tríptico. El presidente deberá hacer algo con el embargo a Cuba, y no le bastará para bruñir sus credenciales ante América Latina con suavizar una política que todos los países al sur de río Bravo repudian.

Tendrá que decidir cuánto salva de la ayuda a Bogotá, pero más orientada a la lucha contra la droga que contra la guerrilla, y todo ello con una revisión profunda del TLC como telón de fondo; una lógica elemental debería aconsejar a Álvaro Uribe no insistir en un tercer mandato, aunque las apariencias en Colombia siempre procelosas apuntan a la reincidencia, sin duda revaluada por la brillante operación en la que se liberó a Íngrid Betancourt. Deberá el presidente, asimismo, replantear con México el problema de la inmigración a Estados Unidos y dar un nuevo impulso al Plan Mérida contra los carteles del narcotráfico.

Venezuela y Bolivia

Las relaciones entre Obama y su homólogo Hugo Chávez habrían de desarrollarse sin invectivas —venezolanas ni desprecios norteamericanos—, pero que nadie se haga ilusiones; la defensa de los derechos individuales, cada día más amenazados en Venezuela, y la comodidad que tenía y ha perdido Chávez de tronar contra uno de los presidentes más desarticulados de la historia de Estados Unidos, van a ser serios obstáculos en esa relación; el bolivariano descubrirá que contra Bush se gobernaba —y gesticulaba— mucho mejor. Con Bolivia se producirá la reanudación efectiva de relaciones, tras la expulsión del embajador de Estados Unidos en La Paz, Philip Goldberg, en septiembre pasado; y, aparentemente, la ‘buena onda’ entre Brasilia y Washington —aunque a ello contribuía muchísimo el papel del presidente Lula da Silva como contención de Chávez— permitiría ahondar la alianza estratégica entre los dos países, pero la lógica imperial a la que no puede sustraerse Obama, apunta a que ningún líder norteamericano puede ver con beneplácito cómo Brasil aspira a la hegemonía política en América Latina.

Todos estos interrogantes deberían estar despejados para los días 17 a 19 de abril cuando se celebre en Trinidad y Tobago la V Cumbre de las Américas, a la que concurrirán los 33 líderes del doble continente, más Estados Unidos y Canadá y menos Cuba, donde la primera ‘patata caliente’ con que tendrá que lidiar Washington será la exigencia de que La Habana ingrese tanto en esta organización como en la OEA.

La novedad más importante que se ha producido en el comercio político latinoamericano es el despegue de Brasil como gran potencia regional. Lula convocó en diciembre a los 33 gobiernos de América Latina y el Caribe, que se reunieron en Suaípe (Bahía), con la sola ausencia de los líderes de Colombia (Uribe), Perú (García) y el Salvador (Saca), los tres principales aliados de Washington en la zona, pero sobre todo sin Estados Unidos ni las antiguas potencias coloniales, España y Portugal. Y la segunda fue que participaba Cuba, inmediatamente incorporada al Grupo de Río por el voto de todos los presentes.

Lula no podía hablar más claro: América Latina para los latinoamericanos, quienes, por añadidura, quieren tener a Cuba en todos sus conciliábulos, recluir a Estados Unidos en la OEA, y decirle cortésmente a España que las cumbres iberoamericanas son teatrillos de poca monta. Y para rematar la faena, en la mega-cumbre brasileña los 12 países de América del Sur —10 de lengua española, Brasil, y la ex colonia holandesa de Surinam— acordaron la creación del Consejo Suramericano de Defensa, otro paso más en la enunciación de la nueva Doctrina Monroe latinoamericana. El presidente Correa lo apostilló diciendo: “ya se han acabado los gobiernos títere en el continente”.

Precios del petróleo

La crisis mundial, con la caída de los precios del petróleo, de 132 dólares en julio de 2007 a menos de 40 para el crudo venezolano, podría darle un golpe mortal a la política exterior de Chávez basada en el barril a precios de saldo para aliados y corifeos, y hacer que extremara una huida hacia adelante que, tras dos derrotas electorales, inapelable en el referéndum sobre su reelección indefinida en diciembre de 2007, y matizada en los comicios a gobernadores y alcaldes de hace un mes donde perdió dos grandes estados, se traduce en una grave devaluación de la densidad democrática del país.

Complica, igualmente, la normalización constitucional de Bolivia, su forcejeo con las provincias de la Media Luna por reindigenizar la nación, y a vueltas con los precios del gas que suministra a su gran cliente Brasil, cuando ya es evidente la rivalidad entre Lula y Chávez por la dirección de América Latina, pugna en la que Evo Morales es fiel escudero del bolivariano; y otro tanto ocurre con Ecuador, porque un banco brasileño es el acreedor de gran parte de la deuda que hoy Correa repudia tachándola de ilegítima.

No todos los aparentes aliados de Chávez son, sin embargo, sus paniaguados; y el propio Departamento de Estado no cree que el presidente ecuatoriano sea un converso como lo es el indígena boliviano, sino que su vena nacionalista es, al contrario, profundamente autóctona. Alan García, por último, quien con un crecimiento económico de más del 9% en los dos últimos años no conseguía alcanzar un índice de popularidad ni siquiera decente, ahora, con las vacas flacas, no sabe a qué sima puede caer el apoyo de la opinión a su presidencia.

Para Argentina y México, la vertiginosa caída de los indicadores económicos tiene grave relevancia porque son países relativamente desarrollados, el primero en lo agroindustrial y el segundo en transformación y montaje, y ambos con el matrimonio Kirchner en el poder en Buenos Aires, y Felipe Calderón, en el D.F. mexicano, quieren discutir hasta el detalle ese nuevo orden estratégico en Iberoamérica.

Obama, esperanza de la mayoría y preocupación de algunos, aunque no sea el gran revulsivo que los más optimistas anhelan, surtirá los efectos de una piedra arrojada en un estanque. Sus ondas no dejarán a nadie indiferente.

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* Columnista del diario ‘El País’, de España.

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