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“La raza humana se encuentra en la mejor situación cuando posee el más alto grado de libertad”.
Dante Alighieri
No hay peor dolor que el de una madre cuando le causan daño a alguno de sus hijos. Es un sentimiento insoportable, porque a diferencia del dolor físico (para el cual siempre hay algún paliativo), es un dolor profundo, que se clava en el alma. Para ese, nadie se ha inventado la cura.
Ese dolor lo conoce bien Alba Lucía Reyes, madre de Sergio Urrego, el joven que se suicidó luego de ser víctima de posible discriminación homofóbica en su colegio. Y aunque su muerte se convirtió en ícono de las luchas de la comunidad LGBTI, para Alba Lucía fue la pérdida de un pedazo de su ser, que le arrebataron aquellos que impulsaron a Sergio a la muerte.
A pesar de ello, luego de casi año y medio de lucha por encontrar justicia y de que se exalte la memoria de su hijo como el buen ser humano que fue, Alba Lucía siente que es momento de hablar de un perdón desde el alma.
Limpiar el alma
Nuestra memoria histórica refleja que el país ha soportado muchos años llenos de violencia, en los que han sido atropellados los derechos humanos y lo único que ha quedado es dolor. Pero hoy estamos con la ilusión y la esperanza de dar pequeños pasos, como niños empezando a caminar, en un sendero que nos lleve a la verdadera paz.
Mi hijo Sergio se negó a vivir en una sociedad donde no se construye, donde se destruye y donde pensar libremente y escoger es imposible. Pero al mismo tiempo, a pesar de su corta edad, fue un pensador crítico, que tuvo grandes ilusiones. Él creía, por ejemplo, que sí era posible levantarse y realizar cambios sociales desde cada uno, desde cada persona, basados fundamentalmente en el respeto.
Creía en el interés de la formación de seres humanos con diversas alternativas, rompiendo los paradigmas establecidos desde la misma educación… “Educación libertaria”, así la describió.
Hoy es necesario transformar y realizar una reflexión desde la perspectiva de un libre pensamiento y reflexionar sobre la discriminación. Somos seres humanos y como tales debemos respetar, para no caer en anacronismos retrógrados que sólo dejan dolor y huella.
Y es a través de ese dolor y de las muchas lágrimas que he derramado durante este proceso de duelo que he aprendido a visualizar que, en lo más profundo del ser humano, existe un karma, una conciencia, un alma (o como la queramos llamar) que nos hace pensar y reaccionar. Y es así, tal vez, como se pueden cometer algunos actos reprochables o no, eso sólo depende del criterio de cada individuo.
No se trata de devolver el tiempo, a través del denominado “perdón”, para dar reversa a los actos que se cometen. Es sencillamente a través de tu propio dolor que puedes limpiar el alma y entender que cada ser humano tiene la claridad para elegir su forma de actuar.
Es entonces cuando nos damos cuenta de que existe una necesidad en el ser humano y es la de hacer posible un nuevo comienzo, para lograr un resarcimiento a la dignidad humana. Es así como, a través del tiempo, conviertes tu dolor en una luz clara y transparente que no se basa en el odio ni el rencor, sino en el verdadero amor, ese mismo que por 16 años le brindé a mi hijo Sergio (el amor de madre), ese que va hasta el final, que trasciende y que no te permite tener un sentimiento diferente al de lograr transformar una sociedad indiferente.
No son sólo los hechos cometidos ni tampoco algunas personas. Somos todos los que desde el alma debemos analizar y mirar a quiénes dañamos y destruimos sin darnos cuenta.
Construir paz es una tarea de todos, que nos permite entender que no tenemos la facultad de señalar y dividir, que es necesario quitarnos las etiquetas y abrir el corazón para construir y dejar huella.