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Vivíamos en el cafetal donde mi padre, Aurelio, trabajaba como administrador; era un trabajo duro, difícil. Se levantaba todos los días a las cuatro. Mi madre ya le tenía preparado un café bien caliente y un caldo de papas con hueso.
Tenía una hermanita de cinco años, yo con siete. Solíamos jugar sin parar. Nuestra imaginación nos llevaba al mundo mágico, en el que una bruja, la madre del cafetal, caminaba sola por los cafetales y llevaba una bolsa, según decían, para meter a los niños que se había robado. El bosque estaba lleno de nuestra imaginación. Lo habitaba la pareja de búhos que avisaban desde lo alto el peligro. Había un lobo encargado de defender a los animales del bosque; lo llamábamos Dientes. Teníamos un escondite que se encontraba en la mitad de uno de los cafetales. En ocasiones pasábamos horas jugando con nuestra creatividad, donde nos acompañaban piratas, águilas enormes y tigres que tenían los ojos verdes luminoso cuando veían a un ser humano. En nuestros juegos Mónica llevaba siempre un oso de felpa que según mi hermana nos protegía. Un ser inseparable.
Todavía hoy día tengo vivas las instrucciones de mi madre, como si presintiera lo que iba a pasar: “Está muy chiquita. Por favor, tú eres el mayor, ayúdame a que no le pase nada. Cuídala mucho.” Esta orden se convirtió en su epitafio.
Un día muy temprano oímos gente gritando, que sacaban a mi padre y a mi madre a empellones de la casa. Eran de un grupo que pertenecía a algún partido político. Oímos varios tiros, el llanto de mi madre suplicando que no la mataran, que tenía hijos pequeños que alimentar y, como respuesta, se oyó un tiro solitario y la noche pasó a cubrirse con el silencio.
Mónica y yo nos quedamos escondidos en el bosque. Nos recogió el ejército.
“Estos críos estan muy mal y muy asustados. Arturo, llévelos a donde la señora Ana. Allí seguramente les conseguirán nuevas familias.”
A mí me adoptó una pareja de recursos económicos limitados, pero gente buena, producto del trabajo en el campo.
Mónica fue adoptada por la familia Gutiérrez, que vivía en una hacienda enorme, y se ganó la admiración de todos a pesar de que era muy reservada y hablaba poco. En ocasiones tenía la mirada perdida, como si estuviera en otro mundo.
Yo sabía dónde vivía y estudiaba. Lo que no resulta raro en una ciudad pequeña donde todo el mundo se conoce.
Años después, por azares del destino, un día nos encontramos en el centro de la ciudad. La vi agitada, nerviosa.
-¿Te pasa algo? –le pregunté.
-Sentémonos en una banca del parque y te cuento –me respondió con una voz extraña, sin entonación.
Caminamos en silencio.
-Mira Juan, óyeme por un instante, te lo pido. Ese día, el del asesinato de nuestros padres, se me quedó grabado en la mente como una fotografía mental que todas las noches me acompaña. Es una pesadilla constante. No duermo. ¿Recuerdas a la madre del cafetal? Pues en mi cabeza no es una bruja. Se ha convertido en una mujer maternal, un ser que busca la libertad de quienes se acercan a ella.
En esas noches de insomnio he pensado en que la sociedad nos llena de miedos e incertidumbre sobre la muerte, pero nadie nos aclara que el miedo nace de nuestro afán de mantener y proteger lo material, el carro, la casa, la pensión, el supuesto amor.
Según este sentir, la vida se nos acaba en el momento que perdemos lo atesorado o no ganamos lo que la sociedad espera de nosotros.
Pero hay tierras lejanas, continentes y países con gente que concibe la vida de otra manera, donde la reencarnación es un estado natural que nos hace entender nuestra existencia de una forma más respetuosa. Donde el miedo se termina y comienza la vida verdadera.
-No te entiendo. ¿Qué me quieres decir, Mónica?
-Que voy a buscar a la mujer del cafetal. Necesito respuestas, borrar de mi mente las escenas que vivimos y recuperar el sueño. El próximo jueves, o sea dentro de 4 días, tomaré el bus que pasa a las 12 y después de tres horas me dejará al pie del cafetal. No llevaré nada, pero allí dormiré. Te invito a que me acompañes. Como cuando éramos niños y todavía vivían nuestros padres.
Dudé si era bueno seguirle la corriente. Me parecía que no estaba bien emocionalmente. Y meterse sola en un cafetal inmenso a dormir y buscar a la madre del cafetal me parecía de locos. Pero en el fondo algo de razón tendría.
El jueves el bus apareció puntual en el horizonte. Mónica lo esperaba abrazando a su oso de felpa. Yo corrí para alcanzarla.
El YouTube incluye imágenes de un paseo por la zona cafetera.