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En su edición del pasado 6 de mayo, la revista Semana trae un escalofriante artículo con el encabezado “Así se roban una ciudad”. En dicho relato se describe con lujo de detalles cómo el alcalde de Armenia, su antecesora y varios exfuncionarios, por medio de un entramado de corruptela organizado en detalle, asaltaron los recursos futuros de la capital de Quindío. Según el semanario, “el alcalde de Armenia, Carlos Mario Álvarez Morales, dos meses antes de ganar las elecciones —en 2015—, ya había empeñado una tajada importante de los recursos destinados para construir puentes y vías, obras que los contribuyentes ya financiaron con costosos recibos de valorización, pero hoy lucen abandonadas, a medio hacer o simplemente no existen”. Uno de los contratistas involucrados confesó que hacía parte de un andamio que consistía en ganar los contratos jugosos “a cambio de que se le entregara al esposo de la mandataria local el diez por ciento del valor de cada uno de los contratos de obra e interventoría, y el 100 % de los contratos de consultoría de diseños”.
Lo que la Fiscalía encontró en Armenia es una red de corrupción que compromete el pasado, el presente y el futuro de la ciudad. Pero si el artículo de Semana no le pone al lector los pelos de punta, observar la cruda realidad del país sí se los debe poner: la red de corrupción detectada en Armenia no se circunscribe a unos pocos municipios. Lo que se encontró en Armenia, cuando la Fiscalía empezó a hurgar, lo va a encontrar —con pequeñas variaciones de forma y no de fondo— en la inmensa mayoría de los municipios del país. La rampante corrupción es el cáncer que corroe a Colombia; y lo que está comprometido es el pasado, el presente y el futuro de la nación.
Una de las formas más sinuosas de corrupción es la mal llamada “mermelada”. Este Gobierno, en buena hora próximo a extinguirse, ha afirmado en diversas ocasiones que la “mermelada” no es nada diferente a inversiones y que los congresistas tienen derecho a sugerir que haya recursos para sus regiones. Lo que indigna no son la sugerencias, sino el hecho de que la “mermelada” ha sido entregada en contraprestación a los votos que dichos congresistas han aportado. Basta revisar el prontuario de los Ñoños para darse uno cuenta de que la “mermelada” de inversión tenía muy poco, y de respaldo político al Gobierno, todo.
Es necio negar el atractivo que Gustavo Petro tiene para un porcentaje importante de la población. En opinión de quien escribe esta nota, dicho apoyo no se sustenta tanto en las propuestas sociales y económicas del candidato de la izquierda radical —propuestas que suelen ser tan gaseosas como populistas—, sino en la percepción de que un gobierno de Petro sería refractario a la corrupción. Percepción equivocada, ya que Petro hizo parte de la coalición que puso en el poder a los que a la postre se robaron descaradamente a Bogotá: los hermanos Moreno.
Apostilla. Haciendo abstracción de que no mencionan una sola palabra sobre el secuestro, la extorsión y los atentados, Gabino (uno de los cabecillas del Eln) dice que su grupo terrorista nada tiene que ver con el narcotráfico, ya que lo único que hacen es cobrar un impuesto como a toda actividad económica. ¿Puede alguien concebir mayor cinismo? ¿Entonces la DIAN también puede argumentar que nada tiene que ver con la economía, ya que se limita a cobrar impuestos?