El Caminante

Hablemos de desamores

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Escribirle es confesarme. Escribirle, además, en papel, con tinta, es confesarme el doble, porque sé que cada palabra que elija debe ser la palabra precisa, y cada frase tiene que estar construida impecablemente. La letra es parte de lo que le digo, y tiene que ser, por lo tanto, hermosa. La letra es parte del mensaje, así como el espacio entre renglón y renglón y la dirección de las líneas, y que no haya tachones. La letra es tan parte del mensaje, que la verdad es que a veces ni me importa que se entiendan o no mis palabras. Yo en ocasiones ni comprendo lo que escribo, pero eso no me importa. Me importa que se vea como uno de aquellos antiquísimos manuscritos que daban la sensación de contener verdades incontrovertibles, como las que me gustaría encontrar para decirle acá.

Decirle, por ejemplo, que no espere de mí jamás un la amo, porque si le dijera una sola vez la amo, le daría la seguridad de que es así, y la seguridad mata, a menos de que sea una seguridad en uno, y eso, de vez en cuando. Decirle también, por ejemplo, que me permita descubrirla, porque descubrir es la única manera que he encontrado de que alguien no se me muera. Es irónico: nos morimos por conocer, y cuando conocemos, todos nos sabe a sabido, a probado. Decirle, en fin, que no caigamos, como tantos, en la sobrevaloración de los sentimientos, y que le apostemos todo a la voluntad de querer valorar, de poner en una balanza lo valioso, y en la otra, lo intrascendente. Y que en ese sopesar, queden por fuera los simples y fáciles afectos.

Escribirle es confesarme. Escribir es confesarse cuando uno logra entender que lo esencial es la carta, o la obra o lo escrito, y no uno, y por lo menos con usted, yo he llegado a ese punto. Por eso le digo lo que tenga que decirle para que este texto nos trascienda. Acá no interesa que nos ofendamos, pues en últimas, entre usted y yo no hay nada personal, como decía una canción de Manzanero, y suele ocurrir que las cosas que nos marcan, aquellas que nos determinan en la vida, provienen de gente que no queremos, de gente que detestamos, incluso. Sería justo admitir que ha habido palabras más valiosas que el amor, muy a pesar de que no suene bonito, tal vez porque nos han vendido la idea de que el amor es lo único bonito en la vida.

Y mire usted que para hablar de amores, yo prefiero hablar de desamores, de ese dolor que nos desgarra pero luego nos fortalece, de esos puñales que por meses, y años quizá, nos hacen creer que se acabó la vida. Desamores como el nuestro, por ejemplo, ya que estoy en estado de confesión, porque ni usted ni yo fuimos capaces de vernos como éramos, sino como queríamos vernos, y pasamos por alto los indicios, y después, muy después, nos sorprendimos por lo que descubrimos, sin comprender que descubrirnos era de lo que se trataba la vida, no de seguirnos engañando. Mi gusto y su gusto han sido el resultado de mil circunstancias, de ciudades, barrios, colores, músicas, pinturas, novelas, poemas, amigos y enemigos, de causas y azares, como cantaba Silvio Rodríguez, de amores y de no tan amores, y así nos encontramos, y así creímos que podíamos vivir la vida, convivir la vida. 

Pero fuimos tan absurdos, mire usted, que enmascaramos todo eso, su gusto y mi gusto, para agradarnos con actuaciones y poses y palabras que no eran nuestras pues nuestro propio y real gusto no era suficiente. Nuestra esencia no era suficiente. Nos inventamos el uno al otro y caímos en la máscara, en el engaño, aunque presintiéramos que tarde o temprano esa máscara se iba a destruir, como se destruyó.   

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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