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Reflexioné sobre el origen de estas divinidades después de conocer a Las Musas Cantan, el Colectivo de Escritoras de Urabá (@lasmusascantanuraba), que desde hace 11 años realiza el Encuentro Poético en la región antioqueña con talleres, charlas y recitales gratuitos. Desde hace algunos años convoca a escritoras de otras latitudes y planea actividades en escuelas rurales y en plazas públicas.
Las musas no quieren ser diosas, sino carne, voz, sonrisa. Inspirar, sí, porque la belleza también se aloja en las palabras, en el compartir y el esfuerzo colectivo. Las musas recuerdan la casa de la infancia, el sonido de sus ríos, el crujir del campo: “Tejido el recuerdo,/ aparece el tesoro:/ casa colgada/ de los hilos de la memoria,/ tapias de historias/ y polvo del pasado/ que se esfumó entre el alba” (fragmento de Símbolos de piel cobriza, de Magaly Pacheco Marimón). Las musas se preguntan cuándo se les ha perdido el tiempo: “Entre mi tiempo y el tiempo,/ hay una niña sentada de cuclillas/con la mente envuelta entre ideas soñadas/ por una mujer desconocida” (fragmento de Inventario de mi tiempo, de Ruth Cuesta Borja). Ya son varios libros los que han logrado publicar como colectivo, como Olor de mujer grande, de Carmen Teresa Garcés; Río arriba, de Yadira Rosa Vidal, y Más de colores, de Nanny Zuluaga Henao.
Las musas son mujeres y gestoras independientes; primero ponían de su bolsillo para el Encuentro Poético y poco a poco distintas entidades se han dado cuenta de la importancia de espacios como este para el progreso, pero también para apaciguar a aquellos que están al borde del conflicto. Por eso, dice Diana Lucía León, la coordinadora del Colectivo: “Estas poetas se hacen escuchar, las que cantan y conciben la palabra como herramienta indispensable para llenar o vaciar, para denunciar o abrazar”.