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Hola, don José: esta semana estuve viendo lo que te ocurrió en el barrio El Poblado de Medellín. ¿Me disculpas que te tutee, cierto? Pues bien, al cabo de unas horas, y tras rumiar este incidente, quiero hacerte algunas preguntas, como lo dirías, “con el mayor de los respetos”.
Lo primero, don José, es ¿por qué se te ocurrió ir a ese restaurante? ¿Acaso no viste don José que esa es una zona de gente bonita, bien vestida (tú no sabes si han fiado la ropa o se ven a gatas para pagar la cuota del auto que está parqueado), donde parece que lo único que importa es almorzar tranquila?
O, ¿por qué no te pusiste, don José, una ropa más acorde para esos espacios? ¿En tu chifonier no había un mejor pantaloncito —qué se yo, unos bluyines más ajustados–, unas camisas de cuello levantado y botones brillantes que “hicieran juego” con la moda de esa zona?
¿Qué haces don José en esta ciudad “zurrunguiando una vieja guitarra”, cantándoles a las mamás viejas con tonadas melancólicas, cuando acá vivimos recontentos, mejor dicho, “felices en cuatro” y bailando con muchachas bonitas al compás de ritmos más urbanos, para sentirnos más plays?
Es más, don José, decime ¿por qué no estás en tu vereda disfrutando una buena pensión que seguramente te ganaste al cabo de 50 o más años labrando la tierra, cuidando vaquitas, sembrando árboles? ¿No es acaso este el sino de la mayoría de los viejos colombianos a los que siempre ha asistido el Estado amable y cercano, en especial con sus campesinos?
En general, don José, ¿por qué eres tan entrometido?, ¿por qué insistís?, ¿por qué no te quedaste allá en ese ambiente rural y bucólico donde seguramente sos más persona, más gente, y te saludan por el nombre y saben quiénes son tus padres y tus hijos, para venir a convertirte en mera cifra de trabajadores informales en esta ciudad de gentes anónimas y de frías estadísticas?
¿Por qué estas deambulando por las calles de esta ciudad, afeando el espacio con tu sombrero y tu camisa raída, desluciendo esta ciudad moderna, esta “tacita de plata”; esta “ciudad innovadora” que tanto ha costado construir?
Ay, don José… debe ser que en algún momento como campesino, noblet y caminao que se te nota en esos surcos de la cara, alguna vez has creído que conoces esta ciudad y estas gentes. Pero no, no sos tan viejo zorro como crees; esta ciudad es indolente en su mayoría; su dolor es el bolsillo: seguro no has leído a don León de Greiff, pero él hace 100 años nos pintó tan reales: “Gran tráfico en el marco de la plaza / Chismes, catolicismo / Y una total inopia en los cerebros…”.
Sí, don José, estas gentes dicen que aprecian a los campesinos y en época de Feria de Flores y festivales de trova se ponen sus atuendos y disfrazan a los niños de “campesinitos” en octubre, pero solo para aparentar: en el fondo quieren que vos y que el resto se queden por allá, retiraditos, con sus olores ásperos; con sus manos callosas; con sus rostros quemados por mil soles; con sus productos entierraos, ¡mira que hasta las mandarinas ya las venden peladas en los supermercados! Es más, don José, que si no fuera porque hay gente que se “ha dado la pela” y ha llevado nuestras músicas populares como el vallenato y el porro a lugares universales, tonadas que sentís como propias, ya la hubieran archivado hace tanto, porque a muchas les apena que los miren provincianos si las cantan…
Seguramente tampoco sabes don José que, como vos, son tantos que andan deambulando en el frío asfalto de nuestras ciudades. Porque el Estado solo se acuerda de vos y de tantos campesinos para inflar discursos previos a elecciones, pero no valoran sus saberes ancestrales, ni el amor auténtico y noble por la tierrita (y no confundas don José con lo de los terratenientes que acumulan y acumulan tanta que ni saben y se escandalizan a cada tanto que algún dirigente dice que hay que repartir algo, que la tierra es para producir y no “pa engordar”). Tampoco ha valorado labor diaria allá en el campo para producirnos el “bastimento”.
Ay, don José, duele ver el desplante que te hicieron. Duele saber que tu historia se seguirá repitiendo así ahora nos rompamos las vestiduras. Porque todos, ayer u hoy, te hemos discriminado a vos o a tu paisano. Y duele ver tu gesto de sentirte casi un estorbo y de defender luego a quienes te ofendieron. Porque actitudes como la tuya, don José, son las que hacen que sigan existiendo discriminación y tantos abusos contra la gente noble que ha sostenido este país.