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En 1941, George Orwell escribió en su conocida novela 1984 algo parecido a que lo importante en la sociedad distópica por él descrita era la moral del Partido, así fuera inmoral; lo que bastaba era tener masas de personas que sirvieran al sistema, alimentadas por el odio, por la rabia, por el miedo, porque, al fin y al cabo, el odio y el miedo pueden ser políticamente más útiles y convenientes que la opinión y la crítica.
Escribir, comentar, hablar, debatir, pensar. Parecen simples verbos dentro del diccionario. Parecen acciones simples que se hacen de manera mecánica. Pero en el contexto parecen significar el renacimiento de los odios, los fanatismos, las venganzas. Sé que no tardarán los amigos del odio en llamarme comunista, mamerto, izquierdoso y todos esos demás epítetos que se han encargado de acuñar en sus lenguajes de rencor, sin siquiera comprender qué significaron y de dónde vienen las expresiones “derecha” o “izquierda” en la historia de la ciencia política moderna. La verdad es que esta clase de “insultos” son más suaves que muchos que he recibido a lo largo de mi vida. Me blindo: retomo las palabras de Matador: sólo tengo mi lápiz y mi cerebro.
Tal vez por eso mismo cobran valiosos significados las letras de canciones que en los años 60 y 70, censuradas por las dictaduras, invitaban a la reflexión clandestina, valiosa, que sirvió de influencia a quienes pretendieron romper las fronteras del sistema. “Me gustan los estudiantes porque levantan el pecho”, decía Violeta Parra; “Yo no sé filosofar”, decía Alí Primera; “Para el pueblo lo que es del pueblo, porque el pueblo se lo ganó”, cantaba Piero. Muchos de nuestra generación crecimos escuchando estas letras, que en tiempos de globalización, apertura económica, neoliberalismo y mercados transnacionales parecerían letras trasnochadas y anacrónicas. El mundo ha cambiado, nos decían a quienes creímos que las figuras de intelectuales comprometidos con lo social eran paradigmas de idearios revolucionarios, lo mismo que el Che, Camilo, Gandhi, Martin Luther King y tantos otros caídos que se convirtieron en nuestros héroes. Algunos quizás equivocaron la forma de lucha, pero no somos quiénes para juzgar tal situación.
Al parecer, escribir, comentar, hablar, debatir, pensar son verbos que no caben en el modelo político del Centro Democrático. Invitan a debatir con argumentos, pero cuando les proponen argumentos que van desde la concentración inequitativa de la riqueza hasta la violencia y los crímenes de Estado, entonces tildan a sus rivales de mamertos y comunistas. Hablan de democracia, pero sus formas son dictatoriales, capaces de proponer de frente la fractura total de la columna vertebral de la Constitución de 1991, la justicia constitucional, para retornar a la época de la concentración de poderes en cabeza del Ejecutivo. Hablan de empleos y salarios dignos, pero plantean serias reformas regresivas sobre el sistema laboral y de seguridad social, en perjuicio de las grandes capas obreras del país. Hablan de fortalecimiento del sistema educativo, pero sostienen que los maestros retuercen la cabeza de los estudiantes y que no incitan sino al insulto. Pareciera, entonces, que el sistema educativo que quieren fortalecer sus partidarios es el sistema de la educación sin pensar, el modelo en que los jóvenes sólo son simples máquinas útiles para el proceso de producción corporativista que desean implantar, sin capacidad de discernir ni de disentir, algo parecido a las figuras visibles en el videoclip de Pink Floyd referido al otro ladrillo en el muro, seres mecánicos que sólo hacen parte de un gran sistema indolente e inhumano.
Pero, a pesar de todo, herido y dolido por los ataques a los maestros, a los estudiantes, a los obreros, a los campesinos, a las víctimas y a todos quienes se plantean un país sin Uribe ni uribismo, quiero reivindicar mi papel de ciudadano, que por cosas de la vida ha tenido que estar muy cerca de educadores. Mi esposa es educadora, una valiente que trata cada día de hacer mejores seres humanos a pequeñitos que vienen de sectores marginales.
Me reivindico también como maestro cuando tengo la oportunidad de compartir (no “impartir”) clases en alguna universidad. Por eso, y por creer por un momento que necesitamos más y mejores educadores y educandos que no tengan miedo a pensar, debatir y disentir, quisiera apostar por un momento a que la sociedad que no tiene miedo ni odio es capaz de votar por un presidente que valore más y mejor la Educación, con mayúscula, y premie menos el miedo que “ofrece” un tercer reinado del terror.
Alfredo Cáceres.
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