Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Tal y como en esta columna lo habíamos anticipado, un dólar débil era del interés de las autoridades económicas norteamericanas para superar la severa crisis económica a la que se vio sometida su economía.
Lo anterior se confirma con las declaraciones de Ben Bernanke esta semana de que no prevé cambio en el corto plazo de su política monetaria, a pesar de la zozobra que empieza a extenderse en los mercados por la pérdida de poder adquisitivo de la divisa gringa.
Si hasta la fecha economías como la colombiana anunciaban orgullosas que la crisis financiera no las había golpeado estructuralmente, ahora, con esta crónica debilidad de la divisa de la economía más grande del mundo, sí que se verá cómo los EE.UU. han empezado a exportar su crisis.
Me refiero no sólo al dolor de los exportadores que no se cubrieron cambiariamente, sino a las empresas manufactureras y prestadoras de servicios, distintas a las explotadoras de materias primas, que verán cómo les sale más barato comercializar productos importados que producir internamente. Reducirán gente y se quedarán con algunos comerciales que se encarguen de intermediar mercancías hechas en China.
El lado positivo es para quienes se endeudaron en el exterior, pues el costo financiero de su apalancamiento es cero y hasta negativo, así como para los importadores que ajustarán sus precios a la baja y favorecerán una mayor caída en la inflación que dé espacio a más recortes de tasas.
En el corto plazo la sensación será de euforia. Pero lo que se está cocinando es una dura prueba para la estructura económica colombiana para la cual, creo, no estamos preparados, ni en materia fiscal ni en poderío comercial.