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QUIEN LO CREYERA… AHORA ESTÁN molestos por lo mucho de narcotráfico que se habla en los medios de comunicación…
Este benévolo territorio en el que malvivimos, tan dotado de riquezas y que a su vez está poblado de tanto ser desalmado, que se descarrila así trate de alinearse con una consigna peligrosa como “los buenos somos más”, y afilia su imagen con un corazón en llamas para simbolizar la pasión que nos anima a los extremos inimaginables, este mismo país, o los que hablamos a nombre de él a través de cargos y opiniones (periodistas, políticos, funcionarios o empresarios), padecemos repentinos ataques de pudor, oleadas de reatos o dolor de conciencia, la que llaman doble moral. Una moral con la que se obra y otra con la que se piensa.
Si es que es posible hablar de conciencia y pensamiento en Colombia que está devotamente consagrada a la acción y a la reacción; lleva al menos cuatro generaciones consagrada. Pero con mirar los reatos recientes basta para ver cuánto se distancian las intenciones de las acciones. El año pasado por esta época, el escándalo que llevaba a los medios de comunicación a darse golpes de pecho (frecuentes en ellos) era el asesinato de un bebé por su propio papá. Pero antes había sido el de las mamás que denunciaron que sus hijos fueron desaparecidos y muertos como falsos positivos… Todo esto pasó mientras en tiempo real oímos las escabrosas declaraciones de los paramilitares que hablan de sus crímenes como un aguacero de fondo una noche cualquiera. La impasibilidad pues es un cuidadoso ejercicio nacional en el que vamos volviéndonos olímpicos sin perturbar la vida diaria.
Al menos produce una sonrisa que los columnistas de las vertientes más opuestas tengan ahora indispuesta su digestión porque en los horarios de más audiencia el tema del modo narco de vivir se haya tomado con ímpetu a actores, guionistas, escenarios, vestuarios, para reconstruir ese cinismo en el que llevamos inmersos casi 20 años. No soy del grupo que piensa que es mejor abolir el tema para tratar de olvidarlo porque creo que está más vivo que nunca y que es tan verdad que ahora es franca mayoría la manera narco de ver la vida, la belleza, los gustos, las relaciones y, en una palabra, la acumulación y el triunfo sobre el otro a toda costa.
Tampoco el nazismo ha agotado sus análisis ni Chile ni Argentina han concluido sus informes sobre la verdad ni su empresa de reconstrucción de la memoria y de la devastación sufrida por las víctimas. Menos pues Colombia que ni siquiera intentando el escarmiento para esta entrega total a la plata bien o mal habida, está acercándose a una saturación del tema narco. Estamos pues en la guardería en esta materia de estudio, para que se vayan preparando los que ya están cansados.
Es el arte el llamado a dar a las siguientes generaciones de colombianos el relato y la destilación de lo que aquí nos ha acontecido y nos acontece para nuestro cotidiano dolor (así sea sentido debajo de la impasibilidad). Por eso hay que celebrar cuando en medio de toda esta hornada de telenovelas que reconstruyen la apariencia narco, llega una novela (un libro) que destapa la olla que fue Medellín desde finales de los 70 hasta ahora: la caldera del diablo con todos sus horrores. A María Cristina Restrepo, su autora, el relato de época de La mujer de los sueños rotos le quedó bien hecha como primera tarea que nos compete a todos: la de procurar que no se nos olvide la infamia colectiva.