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Lo grave no es que vivimos en tiempos de noticias falsas, de rumores que se vuelven hechos, de engaños que se propagan sin freno por los medios sociales, y de potencias extranjeras dedicadas a infiltrar campañas políticas, sabotear votaciones y tergiversar la información para que los candidatos que apoyan ganen en las urnas. Mucho peor todavía: vivimos en tiempos en que esas noticias falsas son triunfantes.
Es decir, ciertas mentiras se han deslizado entre el público de forma tan exitosa que han movido países enteros en un sentido u otro, al punto de torcer el destino del mundo. Y eso sí es alarmante.
Ha ocurrido ya varias veces. Por ejemplo: brexit en Inglaterra. Luego del referendo para decidir si Gran Bretaña se debía salir de la Unión Europea, se supo que la campaña a favor había mentido para asustar al público, usando cifras falsas sobre el costo para Inglaterra de pertenecer a la economía continental, rumores alarmistas sobre olas de inmigrantes que le quitarían el trabajo a los locales, y todo para apoyar un proyecto suicida. Justo cuando más se requería de un frente europeo fuerte y unido, éste se fraccionó, con graves efectos políticos, sociales y económicos. Crecieron los crímenes de odio y el rendimiento de los bonos del país cayó a su nivel más bajo desde 1703. El triunfo de esa mentira le ha costado mucho a Inglaterra, a Europa y al mundo. Y ni siquiera ha empezado.
En Colombia también triunfó la mentira. El mayor éxito del expresidente Uribe fue convencer al país de una tesis lunática: que Juan Manuel Santos quería llevar a Colombia al castrochavismo. Como bien se sabe, el presidente es de centroderecha, pero como Santos tenía que implementar políticas de carácter social, en temas urgentes de educación y vivienda, y como se tenía que acercar a la izquierda política para deslegitimar la izquierda violenta de las Farc (y quitarles su razón de ser para forzarlas a aceptar el proceso de paz), Uribe aprovechó ese contexto para persuadir al país de esa mentira absurda: que Santos era un aliado soterrado del castrochavismo. Y gracias al talento político del expresidente esa mentira demencial creció hasta triunfar: se propagó por todo el país, al punto que desprestigió el proceso de paz y ganó el No en el plebiscito, una insensatez histórica que dejó al resto del mundo atónito.
Sin embargo, donde más ha triunfado la mentira es en EE. UU. Trump y Cambridge Analytica filtraron la tesis que Hillary Clinton era deshonesta, y la falacia colosal de “crooked Hillary” contribuyó, de manera definitiva, a su derrota electoral. Y mientras la mitad del país se creía el cuento que la candidata demócrata era una criminal, a pesar de ser la mujer más investigada de la historia del país sin que jamás se haya probado nada en su contra, otra mentira se divulgó de manera paralela: que Trump era honesto, un “straight shooter”, un populista que le habla al pueblo de manera burda pero franca. Y como millones de electores aceptaron ambas mentiras, eligieron al hombre más inmoral que ha pisado la Casa Blanca en su historia. Comparado con Trump, Nixon es un ejemplo de pureza.
En suma, vivimos en tiempos de verdades relativas, donde vastos sectores de la población se tragan mentiras increíbles. Lo malo es que luego todos tenemos que sufrir las consecuencias.