Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En los tiempos que corren, pocas columnas me han llamado la atención como la de Hernando Gómez Buendía aparecida en la pasada edición dominical (29-04-18): “Un país entre dos males”. Se trata de un análisis sobre la situación patética a la que se verá abocado el electorado colombiano, salvo que en el transcurso de estas tres semanas cambie de opinión a favor de un candidato que no genere rechazo ni miedo, porque si bien es cierto que el candidato del innombrable es una persona sana y posiblemente con una proyección a futuro brillante, por ahora no reúne las condiciones que exige el primer cargo del país. Es como si a alguien recién egresado le hubieran pedido ser ministro, gobernador o alcalde. Una cosa es ser brillante en los estudios y otra muy diferente aplicar esa brillantez sin experiencia, con algunas excepciones, como Alberto Lleras Camargo o Luis Carlos Galán, pero de eso tan bueno no se da todos los días. Y en el caso del miedo, el país ha vivido muchas experiencias a lo largo de la historia de los partidos tradicionales.
En el evento de llegar a la realidad descrita por Gómez Buendía, gran responsabilidad recaerá sobre ese amplio sector de la ciudadanía colombiana que, teniendo todas las posibilidades de votar por cualquiera del abanico que hoy tiene el país, no lo hace por pereza, indiferencia o por la hipocresía de un sector que oculta sus verdaderas intenciones porque le conviene no comprometerse abiertamente con nadie. Es la gente oportunista, mezquina y es quien después posa de crítica. Votar es cuestión de valentía, es tomar una decisión y luego afrontar las consecuencias, es mirar la dinámica de la sociedad para comprender que hay responsabilidades que se comparten necesariamente.
Me identifico plenamente cuando el columnista concluye: “creo, como ciudadano, que entre dos males no hay que escoger ninguno”. Esto significa que el voto en blanco es una opción tan firme como la de escoger un candidato cualquiera; desde luego, cuando esta decisión es libre, sin chantajes. Y otra parte de la responsabilidad recaerá sobre aquel señor y algunos integrantes de su familia que teniendo tantos y tantos líos con la justicia colombiana, tiene el cinismo de vociferar en el Congreso como si fuera en su finca dirigiéndose a los capataces, sin el menor respeto por el poder legislativo, ni por el pueblo colombiano que lo observaba. A veces me imagino cómo habrían sido estos últimos ocho años de la vida colombiana sin él, al mejor estilo de un gran señor como Belisario Betancur. Con seguridad que otra situación menos tenebrosa estaríamos viviendo.
Ana María Córdoba Barahona. Pasto.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.