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Gabo, el maestro

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Por estos días de su cumpleaños número 85, quienes tuvimos la fortuna de tenerlo como maestro en esos años inolvidables en que se autonombró editor de la revista Cambio 16 Colombia, lo recordamos una y otra vez.

Gabo volvió a la revista su coequipera en la puesta en marcha de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. Cambio16 ponía a su disposición el canje de pauta por habitaciones que tenía con el hotel Las Américas, y ahí se alojaban los grandes maestros que, en Cartagena, dictaban los talleres. Como contraprestación, teníamos dos cupos permanentes en ellos. Por eso, los periodistas de la revista tuvieron la mejor formación y, a muchos, Gabriel García Márquez en persona les dictó talleres y, desde cualquier lugar del mundo, les editó textos, les guió investigaciones y hasta les jaló las orejas. Recuerdo sus interminables llamadas telefónicas, esas en las que nos revelaba chivas, discutíamos las portadas, acordábamos los temas e, incluso, me leía parrafadas de su nueva literatura, por aquella época una trilogía de amor, algunos de cuyos apartes reconocí en Memoria de mis putas tristes.

Casi toda la redacción tuvo contacto con él. Para escribir estas líneas les pregunté sus recuerdos a Andrés Grillo, hoy editor en Soho, Nelson Fredy Padilla, editor dominical de El Espectador, y Armando Neira, editor en Semana.

Andrés recuerda que Gabo le enseñó que la crónica y el reportaje son los únicos géneros escritos capaces de competir con la radio y la TV, porque los avances técnicos dejan de lado la esencia del periodismo, esa curiosidad insaciable, ese preguntar y preguntar gracias al cual se descubre el fondo de la realidad. “Gabo sostenía —dice Andrés— que la escritura tiene que ser una forma de hipnosis: cada línea debe tener un suspenso que impida que el lector se escape. Insistía en que el párrafo inicial de un artículo compite con el croissant del desayuno: si no se logra que el lector prefiera seguir leyendo a comerse el croissant crujiente, fracasó el artículo”.

Y Nelson Fredy me responde: “Recuerdo que lo conocí primero por teléfono, gracias a que tú me lo pasaste para hacer una crónica del primer gringo extraditado a Colombia. Me la corrigió vía fax. Y cuando compró la revista Cambio sabía los nombres de todos. En pleno coctel de lanzamiento, él necesitaba un datero para hacer un perfil de Hugo Chávez y nos escapamos por la parte de atrás. Trabajó hasta las 5 a.m. y tuve que hacer un par de llamadas a Caracas a las 3 a.m. para precisar el color de un uniforme, la fecha de una ceremonia y el clima de ese día. Nos enseñaba con la dulzura del abuelo que aconseja al nieto”.

Y Armando recuerda un particular consejo de redacción celebrado en la playa del hotel Las Américas, en el que Gabo destapó una botella de un whisky centenario regalado por algún poderoso, y luego de corregir y rayar la revista, se negó, con razón, a regalarme una grabación, para utilizarla como gancho de venta de suscripciones, en la que él cantaba vallenatos, Julio Cortázar tangos y Carlos Fuentes rancheras, “ese es un secreto muy bien guardado”, dijo. Después, ya con algunas copas, relata Armando, “nos contó que él no hubiera querido ser narrador sino poeta, y nos recitó de memoria innumerables poemas de Borges”.

Y yo recuerdo no sólo sus anécdotas sobre las fuentes de algunos de sus personajes y de sus historias, sino algo mucho más importante: su sentido de la amistad…

¡Feliz cumpleaños, querido Gabito!

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