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Cuando era pequeño pregunté a mi madre: ¿Por qué sufre tanto Colombia? “Es la voluntad De Dios”, dijo, ‘entre más se sufre más nos bendice”. Tengo el mayor respeto por la religiosidad de mi madre. Le ayudó a soportar el cáncer quince años.
Su bravura y generosidad son ejemplares. Mis maestros, muchos de ellos eran sacerdotes, usaban la misma ecuación: más dolor = más vida. El sufrimiento, afirmaban, es el precio que debemos pagar por la bendición eterna. También lo decían quienes nos conquistaron, nuestros amos y sus descendientes. Mediante esta ecuación, hasta los rebeldes del 68 cuyo cincuenta aniversario celebran esta semana una serie de eventos de gran calado intelectual en Paris y Londres, fueron transformados en líderes y mesias prefabricados.
Pero esto no es historia, es su historia, la de Él. En esa historia hay probarse a si mismo, llegar a la conclusión recta. Históricamente, el pensamiento sigue preso de esta necesidad de llegar a la conclusión correcta. Cualquier otro pensamiento, “en especial uno sin nada que probar” dice Miguel Benasayag en su hermoso librito para despertar del mito de los sesentas y cristalizar lo mejor de la generación de Guevara y Beatriz Allende, es autoritario o terrorista precisamente al no garantizar la conclusión recta. Así, la conclusión correcta ordena la experiencia antes del acto y el sufrimiento tiene su valor asegurado de antemano.
En nuestras sociedades marcadas por el monoteísmo y la contabilidad de doble partida, el sufrimiento se concibe como moneda que otorga valor particular a las las gentes. Puede usársela como crédito para pagar la deuda con el dios de nuestros conquistadores y sus actuales reyezuelos. No es asunto de religión, sino de moral financiera. Él ha sufrido por nosotros, se dice, Jesús o el Che Guevara, y por ello sometemos nuestras vidas a las varias jerarquías de dolor y sufrimiento.
Exhibimos sus cicatrices como prueba de valor moral. En nuestras sociedades la exhibición debe pasar por el lenguaje, la confesión y la escritura, y es a través de ambas que pueblos e individuos comparan el peso de sus sufrimientos en sendas comisiones de verdad y en los medios. Traumas y cicatrices se tratan como evidencia de un destino particular, “el estigma irrefutable de los elegidos”. Así entendida, la historia se convierte en una cruel taxonomía del dolor, una competencia entre masoquistas.
Ello disimula la experiencia concreta del dolor y el duelo, que nos permite no sólo seguir adelante sino producir juntos otro futuro. La historia entendida como cuenta comparada del sufrimiento es maniquea y reaccionaria, y por lo mismo incapaz de dar cuenta de la relación entre el dolor de Beatriz Allende tras los hechos del 11 de septiembre, 1973, y la agonía de un hombre asmático, arrinconado en La Higuera en 1967. Por eso digo: esa historia es la de Él, no la mía. Y pregunto: ¿Qué hay de la historia de ellas?