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CONTINÚA LA VIOLENCIA FUTBOLEra. y ya no sólo en los estadios, verdaderos campos de batalla en donde los atropellos y desmanes exigen pelotones de policías al punto que a veces hay más “tombos” que hinchas, sino que ahora se desarrolla en las calles de nuestras ciudades y en las carreteras de nuestros departamentos.
No hay semana en que no aparezcan contusos, heridos y muertos por culpa del fanatismo irracional del balompié. El solo hecho de lucir o llevar puesta la camiseta de un equipo es motivo suficiente para mortales agresiones.
Las barras bravas, con su mal ejemplo, han engendrado clones que son igual o peor de peligrosos.
Ríos de tinta corren luego de cada andanada de éstas en procura de explicar y hasta justificar (¡) tales actitudes de intolerancia y anticonvivencia. Se cacarean medidas que siempre se derogan.
Sicólogos y sociólogos hacen sesudos análisis y todo queda en promesas incumplidas y proyectos engavetados, y mientras tanto crece y crece este fenómeno demencial y vergonzoso.
De nada sirven ya esos contrasentidos de los partidos sin público, extremo insólito a que hemos llegado. Los hechos recientes de agresiones callejeras así lo demuestran, a tal punto que el problema ya es inmanejable. Habrá que prohibirle a la fanaticada que se ponga cualquier distintivo que la delate, así sea un mísero llavero. ¡Por favor!
Ante esta situación lo mejor es castigar al público colombiano que transpira y respira fútbol. Y así como hay el día sin carro, el día sin hombres y el ojalá día sin moto, que se decrete no el día sino el mes sin fútbol.
Será imposible, me dirán en razón de las fechas y los compromisos. Pero es más imposible que nos matemos por el solo hecho de ser simpatizantes de este u otro equipo.
El mes sin fútbol será sin duda una represión, sí, re-pre-sión para quienes no han sido capaces por las buenas de actuar civilizadamente, pero qué otra alternativa hay. Mes sin fútbol o más muertos. ¿Qué preferimos?