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La verdad es que no quería conocerlo. Yo estaba formado en el existencialismo, leía filósofos críticos y era ateo. Un amigo me dijo: “¿Por qué no conoce al cura Camilo? Es muy interesante”. Le respondí: “Por ahí lo he visto, en medio de los estudiantes, dando conferencias. No me interesa”. Y diciendo eso, a diez metros venía un cura voleando sotana con un maletín de cuero, más propio de un profesor europeo que de un cura de por aquí. Llegó sonriente y nos presentaron.
Yo estaba con Gonzalo Hoyos y el que nos lo presentaba era Álvaro Thomas. El cura nos dijo: ¿Ustedes no quieren ir al concierto de esta noche?”. Y nosotros le dijimos: “¿Cómo? ¿El que dirige Khachaturian?”. “Sí, vayan a la taquilla y allá recogen las boletas”, contestó. Fuimos Gonzalo y yo. Allá no había ni sobre, ni boletas, ni cura. Empezamos a despotricar: “Este cura, ahí está pintado, mire los curas cómo son”.
En ese momento pasó Cecilia Fernández de Soto, que era la directora del Teatro Colón y me conocía. Y me dijo: “Vayan a gallinero, porque esto está ‘taqueado’”. Una de las piezas era la danza de los cuchillos de Khachaturian y parecía una buena instrucción para todo lo que le íbamos a hacer al cura al día siguiente. Fuimos a la capellanía y él estaba con la pipa en la mano izquierda y un bolígrafo en la derecha. Cuando nos vio dijo: “Qué pena, se me olvidó”. Ahí empezó la mayor amistad que he tenido en la vida.
Luego empezamos a ir a la capellanía a hablar con él. De política, de las vidas, de los afectos. Mi relación con Camilo fue muy hablada.
Camilo se levantaba a las cinco de la mañana, recorría la ciudad para oficiar misa, confesar, bautizar niños. Iba a la universidad a dar clase, después a la capellanía. Se encontraba con curas, intelectuales, terminaba tardísimo y a la una de la mañana se iba a dormir. Por eso se quedaba dormido en las reuniones. Una vez estábamos en una reunión de sociólogos de un congreso latinoamericano. Llegó como a las nueve de la noche y se quedó dormido y empezó a roncar. Luis Ratinoff, sociólogo chileno, anotó: “Cállense, es la voz de Dios”.
Camilo era alegre, inteligente, chistoso. Era amigo de todo el mundo. Con un carisma extraordinario. Era cura, pero nunca trató de convencerme de nada. Igual no lo hubiera logrado.
Era bueno, bondadoso sin ser bobo, cariñoso, sin ser meloso, generoso con la gente.
En un momento tocó cucharas, le gustaban las canciones de Isabel Parra, de la revolución española. Luego le gustaron las maracas y después un bongó. Le decíamos que tocaba pésimo. Yo creo que no tenía un muy buen oído.
Estaba organizando una encuesta en el barrio Tunjuelito sobre las condiciones sociales, económicas y de vivienda, y lo hacía con estudiantes y profesores de arquitectura y sociología de la Universidad Javeriana y la Nacional. Fue una reunión interesantísima que terminó en borrachera en la capellanía. Su preocupación por el pobre fue lo que lo llevó a todo un camino de trabajo en Tunjuelito.
Camilo tenía un razonamiento lógico, estructurado, pero tomaba caminos laterales. Estaba en un discurso y de pronto cogía una rama y se iba. Todos los estudiantes se perdían. Uno sabía que él volvía y recuperaba el hilo y las ramas que desarrollaban eran pertinentes para el discurso central. Más que un transportador de ideas fue una persona que comprendió su medio. Venía muy influido por la nueva teología. Había estado con curas muy interesantes de París o Lovaina. Llegó a comprender el país, a conocerlo y discutirlo.
No era un gran orador. No tenía voz apropiada para los discursos. Lo que tenía era ideas y le hablaba muy bien a la gente porque se identificaba con sus problemas.
Yo estuve un tiempo en Bélgica y cuando volví ya existía el Frente Unido y ya lo había echado de la Iglesia el cardenal Concha Córdoba. Entonces le pregunté: “¿Usted piensa que después le van a levantar este castigo y volverá a la iglesia?”. Me contestó: “Creo que nunca más podré ser cura”.
Me impresionó, porque su vocación sacerdotal era fuerte. Había comprendido su rol de sacerdote y su preocupación por dar testimonio de Cristo. Por eso, seguramente cuando se fue al monte iba inducido por el principio de dar testimonio de Cristo.
Hoy recuerdo que la noche antes de irse estuvo en mi casa comiendo con Guitemie Olivieri y se quedó dormido. Le tomé una foto así, dormido. Parecía muerto, fue la última vez que lo vi.
Él ya me había dicho que había hablado con el general Rojas y había sentido que lo amenazaba porque las manifestaciones que hacía eran muy grandes. Rojas le dijo: “Padre, lo que usted hace es peligroso, su vida puede correr peligro”. Camilo lo entendió como una amenaza. Fue ahí cuando siguió las conversaciones con la gente del Eln y se fue al monte.
Creo que fue un personaje muy significativo, pero murió antes de lo que debía.
Es la primera vez que hablo de Camilo, pero después de 50 años hay que decir cosas.
La que realmente perdió con la muerte de Camilo fue la Iglesia católica. Camilo era tan profundamente católico, cristiano, que hubiera sido fundamental para el desarrollo de la Iglesia. Cuando me enteré de su muerte, salí corriendo a buscar El Vespertino y estaba en primera página la foto de su cadáver. Yo iba con Humberto Rojas, un amigo, quien me dijo que no era Camilo y nos fuimos a la Biblioteca Nacional a buscar otro periódico. Después nos tocó aceptar que él que aparecía muerto en El Vespertino era él.
Duré años sin hablar de Camilo, sin mencionarlo siquiera. Todo el mundo empezó a decir que era el mejor amigo, que les había dado consejos, que los había guiado. Con el tiempo comprendí que por su manera de ser hacía que todo el mundo se sintiera su mejor amigo. No volví a hablar de él cuando me encontré en Wisconsin, EE.UU., con Humberto Rojas. Nos sentamos en una cafetería y por primera vez lo mencionamos. Duramos hablando de él cuatro horas.
La Biblia de Camilo me la quitaron, él me la dio con dedicatoria: “Por Dios, con Dios y en Dios creo”, que es de San Pablo, y me la robaron. El brevario de Camilo también se perdió. Una libretica con notas de él, también se perdió, una especie de diario.
* Entrevista de Catalina González Navarro.