Días de radio

Arturo Charria
27 de abril de 2018 – 01:00 a. m.

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Por estos días la luz ha tenido intermitencias en el barrio por daños, arreglos y cuentas por pagar. Esa inestabilidad en el fluido eléctrico me ha hecho recordar el apagón de comienzos de los 90, cuando toda la ciudad quedaba a oscuras. Aquel era un racionamiento programado por causa de una sequía que duró casi dos años y que bajó drásticamente las reservas de los embalses hidroeléctricos. Todas las calles y las casas quedaban como una sombra larga sobre la que comenzaban a encenderse pequeñas luces que parecían luciérnagas; entre el murmullo de la gente que salía a los balcones, las terrazas o los andenes de las cuadras, se escuchaba el alboroto de los primeros niños que salían a jugar al escondite, a ladrones y policías, al beso robado, y en general a los mismos juegos de siempre pero con la complicidad de la noche sin luces.

En mi casa, como en la mayoría de las del barrio, había una rutina. Mi padre, que trabaja en la electrificadora de Cúcuta (CENS), encendía dos radios, el de la empresa y uno de pilas grande con el que se podían escuchar emisoras de otros países. Mamá alistaba las velas y las linternas, barría y trapeaba el piso del balcón, ponía una almohada y se acostaba sobre las baldosas que estaban frescas. A veces coincidían en el balcón y otras veces en el frente de la casa, entre las voces de los dos radios hablaban del día o hacían cuentas de los gastos. Yo salía a jugar.

Pero la oscuridad duraba más que los juegos y, cuando pasaba corriendo por el frente de la casa, escuchaba la voz de papá o mamá repetir mi nombre. No tenían que decir nada más para saber que debía entrar a la casa. Algunas veces me quedaba sentado junto a ellos desacalorándome; permanecía sentado en la entrada de la casa escuchando las noticias, siempre había dos temas recurrentes: el apagón y la búsqueda de Pablo Escobar, dos dimensiones de una misma oscuridad que por esos días llenaba de incertidumbre al país.

Es común escuchar entre las personas nacidas antes de 1985 historias del apagón, no sólo porque cada quien lo vivió de manera diferente, sino porque cada ciudad establecía sus propios horarios de racionamiento. Por esos días, por ejemplo, nació La Luciérnaga, el programa de radio con el que muchos solían iluminar sus noches y que aún sigue existiendo. En la novela Nadie grita tu nombre, de Harold Muñoz, los días del apagón y de la sequía permiten que aparezca un cuerpo en una mina artesanal en el Cauca, ese cuerpo sin identidad, pero con unas llaves en el bolsillo que son el motivo de su novela: “Lo encontraron en el socavón más grande, en la orilla, un día en que un barequero metió las manos en el barro y que en lugar de piedras sacó una mujer”.

El apagón es parte de esa memoria colectiva que nos atraviesa como país; cada vez que se va la luz es común que regresen las historias de la forma en que cada uno lo vivió. Yo recuerdo esos días cada vez que regreso a casa y veo al portero sentado en la banca de la entrada con su linterna. Por eso decidí comprar un radio de pilas, de manera que pueda cerrar los ojos y recordar, entre las voces de los locutores, la clara voz de mis padres que me llaman para que entre de nuevo a la casa.

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