¡Veamos música en vivo!

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La escena en vivo domina la música. Los conciertos y los distintos festivales musicales que han tomado fuerza en Colombia están marcando una línea importante para el camino sonoro y están demostrando que estamos siendo partícipes de un crecimiento notorio en la asistencia a estos eventos.

El Monterey Pop Festival y el Festival de Woodstock son recordados como los dos encuentros musicales pioneros a nivel mundial. Ambos se celebraron a finales de la década de los 60 -en 1967 y 1969 respectivamente- y fueron símbolos de una generación joven que buscaba transmitir mensajes de unión y cambio a través de la cultura.

El primer acercamiento festivalero en Colombia se dio en Antioquia. La Estrella fue la casa del Festival de Ancón en junio de 1971, una especie de «Woodstock criollo». Terrón de Sueños, la Gran Sociedad del Estado, Columna de Fuego y Los Mosters, entre muchos otros, fueron los Santana, Hendrix, Jefferson Airplane y Creedence Clearwater Revival de un encuentro musical que intentó dar un primer espacio relevante a la música.

Pero mientras en el mundo aparecían Glastonbury, Rock in Rio, Lollapalooza y Coachella, Colombia seguía siendo un país ahogado en un pozo. El gran Concierto de Conciertos, realizado en el Estadio El Campín en septiembre de 1988, está en la mente de los bogotanos como el primer gran evento musical en la capital. Desde Compañía Ilimitada, pasando por Franco De Vita y Los Prisioneros hasta el cierre del argentino Miguel Mateos, y a pesar de los problemas logísticos con la programación y con los artistas en los camerinos, Bogotá sintió por primera vez en su historia que era posible ver y sentir la música.

La tarea era esa, organizar un encuentro cultural y de identificación juvenil. Con esa idea, en 1995 nació un hijo que ya se ha convertido en padre musical para nosotros: Rock al Parque.

Recorrer las calles de Bogotá se convirtió en un plan anual. La diferencia del recorrido era sonoro. Quizás sin ser conscientes, los primeros asistentes a Rock al Parque fueron marcando la banda sonora de una generación que se comenzó a identificar con la música, en donde la cultura adquirió fuerza en un país marcado por distintos hechos violentos.

El nacimiento de la movida de festivales al parque -Rock, Salsa y Hip Hop- durante los años noventa marcó esta década como el origen de un camino musical. Además, los conciertos de Guns N’ Roses en 1992 y de Metallica en 1999 fueron ubicando a Colombia en el mapa mundial de las giras de grandes artistas.

Entrados ya en el nuevo milenio, la escena en vivo creció de manera pausada. Sí, las bandas internacionales visitaban el país, pero se seguía con el modelo de concierto de un único artista. Los festivales al parque continuaban su camino de acercar al asistente a la experiencia de los grandes encuentros musicales del mundo. El problema es que la música se iba transformando y con ella las audiencias y las formas de consumo.

Esa metamorfosis llegó desde 2010. La caída en ventas de discos, la llegada de las plataformas de streaming y la conciencia de la importancia de apoyar al músico le dieron un giro a los eventos en vivo en Bogotá y en Colombia.

Los festivales públicos son gratuitos, se trabaja con un presupuesto limitado y fueron el único modelo de festival durante más de quince años. En 2010, Nem-Catacoa apareció como un segundo modelo de festival: el privado, el de la cultura de lo pago.

Ya se tenían dos opciones de festivales. La pública, que era la tradicional con el modelo gratuito; y la privada, con un presupuesto más amplio y en donde el asistente decidía si quería pagar cierto monto económico para ver a los artistas.

El crecimiento fue exponencial. Allí, Estéreo Picnic tuvo mucho que ver. Su primera edición también fue en 2010, intentando mostrarle al público bogotano lo que era un festival privado. Más allá de la música, otros tipos de experiencias (actividades, mercados y gastronomía) complementaban la oferta. Su despegue total fue en 2013, haciendo notoria la metamorfosis musical y la diferente demanda de las audiencias en la ciudad.

La edición más reciente del Festival Estéreo Picnic tuvo alrededor de 80 mil asistentes. Además, veamos otro tipo de festivales. El Jamming Festival está consolidado como el encuentro más grande de reggae y géneros similares; el Sónar, una marca internacional, se ha posicionado con tres ediciones que juntan música, tecnología y diversos encuentros culturales; en Medellín, el Breakfest es un monstruo en ascenso continuo; y Hermoso Ruido es el apoyo constante a lo emergente.

Por otra parte, los festivales públicos continúan marcando generaciones. Rock al Parque reúne, mínimo, 150 mil personas cada año y les da visibilidad a varios músicos; Salsa al Parque les trae a los amantes de este género a sus mejores exponentes; Colombia al Parque, un festival algo olvidado, presenta nuevos sonidos combinando la tradición musical.

Y los famosos «toques». ¿Cómo olvidarnos de los toques? En escenarios mucho más pequeños, desde teatros hasta bares, se descubren propuestas que, si se apoyan y se difunden por distintos medios, lograrán complementar una escena musical robusta.

Cada uno de los eventos y escenarios mencionados construyen nuestro entorno musical. Durante los últimos años hemos presenciado las visitas, tanto a conciertos como a festivales, de artistas de talla mundial. Pero la escena colombiana está en crecimiento y en una época dorada. Diamante Eléctrico, Bomba Estéreo, Monsieur Periné y Telebit son algunas de las bandas mejor posicionadas en Colombia y en el mundo. Sumémosle a eso la enorme cantidad de artistas emergentes que están haciendo sus proyectos con pasión, entusiasmo y perseverancia.

Los tiempos han cambiado y las audiencias a la par. Apoyemos la cultura musical en todas sus formas. Sigamos comprando discos, escuchando a los artistas en las plataformas musicales, pero sobre todo, vayamos a verlos. Sigamos asistiendo a festivales, a conciertos, a toques en bares, a eventos al aire libre. Así, vamos construyendo audiencias fieles que motivan a las bandas y que impulsan el crecimiento de más encuentros que amplían la oferta de uno de los elementos esenciales de una sociedad, la cultura.

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