El principio de hospitalidad

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

La amenaza que para la unidad europea puede representar la avalancha de inmigrantes de Africa y el Medio Oriente no es un problema de origen exclusivamente externo, sino resultado de sentimientos contradictorios, alimentados por una mezcla de euroescepticismo, nacionalismo y populismo. Si a lo anterior se agrega la carga de conciencia que, en algunos casos, representa la siembra de inequidad del pasado colonial, se configura un cuadro de peligro que debe ser conjurado mediante mecanismos que reflejen la calidad de la discusión política en países que pretenden ser ejemplo para la comunidad internacional. 

Ya sabemos que la expansión europea, en busca de nuevas tierras y productos, trajo como consecuencia una globalización forzada, que si bien dio lugar a una idea amplia del mundo, incorporó a todos los continentes a un nuevo esquema de oportunidades y también de desigualdad; las primeras en favor de los poderes coloniales y las segundas en contra de las naciones sometidas.  

Las modalidades de apoyo a las necesidades económicas, políticas y culturales de los europeos, en desmedro de las antiguas colonias, no se compadecen con el ramillete de derechos que, al mismo tiempo, hacían florecer al interior de sus sociedades, que desde entonces se presentan como abanderadas de los más altos niveles de desarrollo democrático. Situación que se ve afectada con la llegada de miles de inmigrantes, en su mayoría provenientes de países dominados hasta hace menos de un siglo por países europeos, que ha logrado dividir de manera profunda no solamente a los gobernantes sino a una sociedad que no parecería lista a asumir problemas que sembraron sus antepasados. 

No se puede negar que la Gran Bretaña, lo mismo que Francia y Holanda, tres sobresalientes potencias coloniales, lo mismo que España y Portugal, han tratado de manejar por décadas, con paciencia y cuidado, la resaca de sus aventuras coloniales, al incorporar en el seno de su sociedad a miles de personas procedentes de sus antiguas colonias, que han cambiado seriamente el paisaje urbano y la composición misma de su sociedad. Aunque es de lamentar que se hayan presentado incidentes de maltrato a inmigrantes en un principio acogidos, como el de la reciente expulsión de hijos de las Antillas que llegaron a la Gran Bretaña en el famoso barco Windrush, invitados a ayudar en la reconstrucción después de la Segunda Guerra Mundial. Maltrato por el cual ya se tuvo que excusar la primera ministra.

Alemania, destino favorito de inmigrantes de países que no fueron sus precisamente sus colonias, como los turcos y ahora los sirios, ha tratado de reclamar una actitud relativamente abierta, que no comparten ni los radicales herederos de los empresarios coloniales, ni algunos gobernantes o jefes políticos de países que no participaron del botín del reparto de la riqueza ajena en otros continentes. Como es el caso de países hasta hace poco dominados por el “internacionalismo proletario”, como Polonia y Hungría, en donde la aversión a la presencia de inmigrantes ha adquirido grandes proporciones. 

El sentimiento de muchos europeos en contra de los inmigrantes, sin perjuicio de la buena voluntad de otros tantos, amenaza con convertirse en materia de discordia que afecta a sociedades como la italiana, ubicada en la frontera del desembarco de africanos, y que pone en peligro la unidad, y los pactos de cooperación y convivencia, de un continente que, hasta la fundación de la Unión Europea, había vivido más en guerra que en paz. 

En lugar de permitir que el problema avance al ritmo que lleva, y que la forma de tratarlo siga siendo cambiante y desordenada, los países europeos deben afrontarlo, no solo para impedir que la Unión se deteriore, en perjuicio de todos, sino para que cada quien responda por los problemas que sembró, o ejerza en favor de otros esa actitud democrática que reclama como parte de sus valores contemporáneos. Así que todos deberían estar dispuestos a escuchar propuestas que permitan avanzar hacia soluciones practicables. 

Daniel Cohn-Bendit y Romain Goupil, líderes de la revuelta de Mayo 68 en las calles de París, después eurodiputado el uno y director de cine el otro, adelantan ahora una campaña en favor de un “nuevo orden de la hospitalidad” que incorpore derechos y principios renovados en favor de los inmigrantes, en el conjunto del derecho europeo. Además de denunciar la incapacidad europea para manejar el desafío de los inmigrantes, advierten sobre las consecuencias que puede traer la crispación en torno a una materia que divide a los países y abre el campo a radicalismos indeseables. 

Europa, según Cohn-Bendit y Goupil, tiene la obligación de no perseguir a los recién llegados, como si fueran delincuentes, y mucho menos a los ciudadanos europeos que les prestan ayuda, como si su comportamiento humanitario fuese indebido. En lugar de permitir la radicalización del problema, y convertirlo en epicentro de discordias que pongan en peligro la Unión misma, reclaman por la creación de una “Agencia europea del asilo” que ponga en práctica principios en favor de una hospitalidad que acoja en orden a los inmigrantes, les introduzca en comunidades que requieren recursos humanos de los que carecen, y les quite el negocio a los traficantes de seres humanos. 

La propuesta de los antiguos líderes de una revuelta que ayudó a señalar el rumbo del mundo en la segunda mitad del siglo XX puede ser tomada con atención por el gobierno francés, que ya se ocupa de la materia con una iniciativa legislativa que cursa en la Asamblea Nacional. También el presidente francés podría utilizar su influencia, en el mismo sentido, en el seno de la Unión Europea, que no debe permitir confusiones entre el euroescepticismo y el populismo nacionalista que sirve de caldo de cultivo para las causas destructivas del racismo, y la xenofobia. Como ya sucedió en su momento con el antisemitismo. 

Mientras se discute sobre los derechos de los “androides” dotados de inteligencia artificial, y sobre las regulaciones propias de las relaciones humanas en el espacio virtual, en diversas regiones del planeta deberíamos ocuparnos con mayor razón de subsanar el rezago en la defensa de los derechos de los migrantes, cuyas caras vemos por todos lados en los cinco continentes, y cuya condición humana merece el respeto y la consideración de los demócratas del mundo entero. 

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido