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La mala memoria de los imperios es otra forma de naturalización de la superioridad. Salvo por el miedo a las rebeliones, ni los tratantes ni los plantadores esclavista ingleses en el Caribe tenían pesadillas por el hecho de que sus inmensas fortunas se sustentaran en la explotación de otros seres humanos. Dormían plácidos, soñando con los métodos para sacarles el máximo provecho a aquellas pequeñas islas que el imperio español, en su búsqueda febril de metales preciosos, había descuidado porque las consideraba territorios inútiles.
El Caribe se formó entre imperios, y era normal que quienes construyeron este mundo y quienes desde posiciones de privilegio disfrutaron de él, no sintieran ninguna clase de remordimiento. Aquello era apenas una manifestación del orden natural de las cosas, de la superioridad moral de unos seres sobre otros y de la racionalidad económica de entonces. Ahora tenemos esas claridades; por eso resulta incómodo, por no decir que inconcebible, que en estos tiempos la figura política más importante de Inglaterra se haya atrevido a coquetear con las formas tradicionales de discriminación sobre el Caribe anglófono y su gente.
La semana pasada, la primera ministra británica, Theresa May, debió pedir disculpas a 12 líderes políticos del Caribe por el trato que les han dado a inmigrantes de sus países en Inglaterra, sobre todo a partir de 2012, cuando ella ocupaba el cargo de ministra del Interior. May enfiló sus políticas de endurecimiento migratorio contra la llamada generación de Windrush. Lo que entonces pareció olvidársele fue que esta ola de migraciones, incentivadas por el gobierno británico, comenzó el 22 de junio de 1948, cuando el barco Empire Windrush atracó en el puerto de Tilbury, en Essex, Inglaterra, con 492 pasajeros procedentes de Jamaica, Trinidad y Tobago y otras islas controladas políticamente por los ingleses. Tampoco parecía estar enterada de que estos caribeños habían llegado como mano de obra para reconstruir una Inglaterra devastada por la Segunda Guerra Mundial, y que la imagen de cientos de hombres saludando sonrientes desde la proa del Windrush antes de pisar tierra inglesa, es el símbolo más cierto del comienzo de la condición multicultural de su país.
Lo que hizo May, con sus políticas antiinmigración y su soberbia sin memoria, fue atacar a los hijos y nietos de aquellos que ayudaron a reparar a una Inglaterra todavía humeante por los efectos de la guerra, y a los que una ley de 1971 les concedió el derecho indefinido de permanecer en el país. Si la Gran Bretaña de hoy no tiene memoria para eso, mucho menos la tendrá para reconocer que la modernidad económica de la que tanto se ufanan no hubiera podido darse sin la economía que se ensayó en las colonias del Caribe; y que no se podría entender el desarrollo de los puertos de Inglaterra o su condición de cuna de la Revolución Industrial si no se vincula al análisis la discusión del modelo social y económico que se implantó en el Caribe.
Quizá May debería recordar también que la lengua inglesa y el legado de Shakespeare encontró en el Caribe, en las figuras literarias de Derek Walcott y V.S. Naipaul, a dos de sus cultores mundiales más aventajados. Pero quizás a muchos funcionarios de los viejos imperios solo les interesa seguir aplicando políticas migratorias sin memoria, como estrategia de naturalización de la idea de superioridad.