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Durante días he tratado de encontrar las palabras que expresen lo que ocurre hoy en la política colombiana y hoy, por fin, al despertarme, han surgido como por encanto. Son estas dos palabras raras con las cuales titulo la nota: avilantez y flojedad.
Existen también en la variante de avilanteza, ya en desuso, y flojera, muy en boga. Si tomamos en cuenta el significado que aparece en los diccionarios, lectores y lectoras podrán apreciar fácilmente porqué sirven al propósito de describir las actitudes políticas hoy predominantes. Empleo el Diccionario Esencial de la Lengua Española y el infaltable Pequeño Larousse Ilustrado, en ediciones de 2006 y 2009 respectivamente.
Avilantez: audacia, insolencia. Avilantarse: insolentarse. Insolente: orgulloso, soberbio, desvergonzado. Se dice de la persona que trata a los demás de manera descortés o irrespetuosamente. Despectivo, desafiante. Flojedad: flojera. Debilidad o cansancio. Pereza, negligencia o descuido. Flojear: aflojar en el trabajo. Flojo: que no tiene mucha actividad, fortaleza o calidad, tardo en las operaciones. Mal atado, poco apretado o poco tirante.
¿Qué come que adivina? Así es, como lo está pensando, querido lector y lectora. Con el primer vocablo se alude a quienes están en el poder político y quieren perpetuarse en él, protagonizando todo tipo de abusos, transgresiones y trapisondas, es decir, a los audaces y, con el segundo, se hace referencia a quienes están por fuera del poder lamentándose, protagonizando todo tipo de divisiones, incoherencias y negligencias, es decir, a los flojos. Avilantez y flojedad vienen bien para caracterizar las dos actitudes políticas que mayor relieve tienen hoy en el movido y maloliente escenario de la política colombiana.
En estos tiempos de oscuridad, los proyectos políticos o seudopolíticos no transitan el camino de los partidos sino el de los caudillismos. No hay verdaderos partidos hoy en Colombia. No los hay en el sentido de voluntades colectivas que ponen en marcha idearios políticos como respuesta a una necesidad histórica. Los hay como agrupamientos de seguidores, a veces áulicos, de un líder que se considera imprescindible. En este desvío personalista de la política incurre no solo la derecha, también la izquierda. Refrescante resulta la declaración de los exalcaldes de Bogotá, los Trillizos, acerca de la validez de los partidos por lo cual ellos mismos han decidido constituir uno nuevo en el centro del espectro político. Ojalá no lleve larvado otro caudillismo.
La reforma política de 2003, sin duda, venía creando algunas condiciones favorables para el desarrollo de los partidos políticos, pero está siendo arrasada por la deformación del juego político que se deriva dos reelecciones sucesivas. Unos desde el poder, guiados por el todo vale, se atreven a mucho, es decir, a deformarlo todo y otros, los de la oposición y la alternativa, se atreven a muy poco, es decir, no hay quien detenga la hecatombe en curso.
De cabalgar sobre el odio contra las Farc estamos pasando a cabalgar sobre el odio contra Chávez. Un odio se suma a otro odio. En el discurso del régimen son el mismo odio. Se fortalece así la respuesta plebiscitaria al enjuiciamiento, cada día más fundado, de la clase política por parapolítica, en el cual queda incluido, cada vez con más claridad, el propio Presidente Uribe.
Dos reproches en suma caben hoy a la política: a unos por escándalo y a otros por decepción. A todos les cabe el reclamo por la suerte de los partidos, por el abandono de la función primaria de la política: aplicar la razón y el sentido humano al manejo de lo público. En unos hay derroche de desfachatez, en otros de insensatez. ¿Hasta cuando?