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DESPUÉS DE LOS GRANDES AVANCES realizados por la física y la biología en los últimos decenios, los epistemólogos se preguntan ahora si la ciencia seguirá creciendo a este ritmo por siempre, o aún más rápido gracias a los avances computacionales o por un descubrimiento especialmente revelador, o si, por el contrario, el caudal de invenciones tecnológicas y hallazgos teóricos decrecerá a medida que las investigaciones vayan alcanzando las fronteras del conocimiento posible, y se convertirá al final en un goteo estítico.
Hay tres posibilidades, o escenarios, como decimos ahora. La primera tiene que ver con las limitaciones humanas. Alcanzada una hipotética “edad de oro”, la ciencia entrará en decadencia; y no porque agotemos los problemas que el universo nos propone sino porque llegaremos a un punto en que el cerebro humano será incapaz —por su estructura, por atavismos mentales insalvables o por la complejidad misma de los problemas— de seguir cifrando las leyes que rigen la materia. Quizá no seamos capaces de imaginar, por ejemplo, un universo de once dimensiones, o pensar con claridad sobre el pensamiento, o idear un método para atrapar esa entidad esquiva, la conciencia, o entender esas nuevas lógicas que no se arredran ante las contradicciones sin sacarnos un ojo en el intento. (Para las lógicas paraconsistentes una cosa puede ser y no ser al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto. Por ejemplo, hay proposiciones que son falsas y verdaderas a la vez, como cuando decimos verdades tan obvias como esa de que toda regla tiene excepción. Pero como también este enunciado es una regla, entonces debe tener su excepción. Es decir, que debe haber al menos una regla sin fisuras).
El segundo escenario es el que resulta de imaginar una ciencia fatalmente finita, es decir, un corpus de información que en lugar de expandirse radialmente sin término, se autolimita. Que en vez de formular teorías capaces de predecir resultados, predice que no podrá predecir más. Es el caso del teorema de Gödel, que demuestra que la matemática no es, ni será nunca, una ciencia perfecta; que está condenada a ser inconsistente o incompleta ya que siempre tropezará, para usar el lenguaje de los matemáticos, con proposiciones indecidibles, es decir, con enunciados cuya veracidad no puede dirimirse sin añadir nuevos axiomas al sistema. O el principio de incertidumbre, que nos advierte sobre la imposibilidad de conocer algo tan sencillo como la velocidad y la posición de una partícula en un instante dado, porque la medición de cualquiera de estas variables afecta el valor de la otra.
Los biólogos hace tiempo aceptaron que la evolución no puede tener un norte y que su fin no es el de producir seres cada vez más perfectos, por la sencilla razón de que la naturaleza recombina los elementos genéticos a golpes de azar. Y el universo tampoco puede tener planes por la sencilla razón de que no es una entidad provista de inteligencia ni voluntad. (Podríamos pensar en un software divino del universo, pero es una conjetura que escapa al dominio de la ciencia).
El tercer escenario tiene visos de ficción: los científicos lo descubren todo, agotan el universo y siguen adelante reflexionando sobre universos virtuales, produciendo “ciencia irónica”: trazando geometrías no riemannianas, elucubrando la lógica del absurdo o imaginando las gramáticas de las lenguas de mundos imaginarios, como cualquier Borges espléndido y ocioso.
Decidir cuál de estos escenarios es el más factible es algo que no puedo resolver aquí por falta de espacio (por falta de espacio en mi cabeza, se entiende).