Rupturas liberales

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Carlos Lleras Restrepo no era rico. Siempre que pudo contó que su familia, conformada por el médico Federico Lleras, Amalia Restrepo y sus 13 hermanos, pertenecía a la clase media. Recordó que el barrio Las Nieves, en el que nació, no era entonces un sector “elegante de la capital”, y que se calificaba a quienes de ahí provenían como “lobos empeñados en entrar a los buenos círculos sociales”. En sus memorias y correspondencia confesó que no tenía los gustos ni pedigríes de sus compañeros de generación. Cuando compró su primera vivienda en 1945, decidió abrir una botella de champaña (que le había sido obsequiada durante su período como ministro en 1938). Una vez abierta, la botella no hizo espuma pues se había dañado con el tiempo. “Este fiel cuento de la botella muestra a la vez mi ignorancia en el manejo de los licores finos y la natural sencillez que imperaba en mi vida doméstica”, escribió.

Una vez en el Gobierno veló por la redistribución de la tierra. Defendió con terquedad la reforma agraria a lo largo de los períodos presidenciales de Alberto Lleras y Guillermo León Valencia, mientras la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC) la demandaba como inconstitucional y sus ejecutores eran atacados por los parlamentarios Gilberto Arango Londoño, Hugo Escobar Sierra, José Vicente Lafaurie, Pedro Castro Monsalve y José Ignacio Vives. En su propio gobierno tuvo que sortear cada día un obstáculo, entre los que se destacó el fallo del Tribunal Contencioso Administrativo de Montería, que invalidó la resolución del Incora que disponía la expropiación de varias fincas de propiedad de Miguel García Sánchez, en Cereté y San Carlos. Las tierras estaban destinadas a la obra que el Incora adelantaba en Córdoba y el fallo afectó seriamente uno de los planes más promisorios de construcción de distritos de riego y de formación de unidades agrícolas familiares.

Hacia el fin del Frente Nacional cristalizó la división dentro del Partido Liberal entre el grupo minoritario de Lleras Restrepo y los seguidores de Julio César Turbay, que comenzaron a presentarse como el oficialismo liberal. Una de las muchas diferencias entre bandos giró alrededor de la reforma agraria: lleristas partidarios de una aceleración de la reforma y turbayistas promoviendo la pausa en la redistribución. Otra de las divisiones tenía que ver con las historias de vida de ambos líderes y sus respectivas formas de conseguir votos. Turbay se mostró como un forastero entre las élites políticas bogotanas e hizo alarde de representar a la provincia en un movimiento que supuso la movilidad social a través de la política profesional (todo en una paradoja que recuerda al uribismo: mientras afirmó venir del pueblo, reforzó distribuciones desiguales). Lleras, por su parte, se esmeró por separarse de esta tendencia y bautizarse como adalid de un quehacer político más decoroso. En su campaña por la candidatura (que perdió) renegó de los líderes regionales, a los que acusó de clientelistas. “Nos la vamos a jugar toda y los caciques se llevarán una gran sorpresa”, dijo refiriéndose despectivamente a los nuevos empresarios de la maquinaria electoral turbayista.

Germán Vargas Lleras, candidato presidencial, marca una ruptura con esta historia. Hijo de una familia política, contó con privilegios suficientes para saber desde joven cómo tomarse una champaña. En vez de redistribución de la tierra, optó por la protección de finqueros y empresarios. En una suerte de coalición política concretada con el santismo se le otorgaron poderes y fondos para construir nuevas infraestructuras viales y de vivienda para amarrar lealtades entre constructores y beneficiarios. Ficha importante en los ajedreces de Cambio Radical, el Partido de la U y el liberalismo, Vargas Lleras construye y constituye el tinglado de las grandes maquinarias que garantizan votaciones juiciosas en algunos departamentos. Y aunque comparte algunos motivos reaccionarios con el turbayismo de los 70, no representa la democratización de ningún partido, ni la ruptura de tradición alguna.

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