

Por: Adriana Echeverry.
Una de las cosas que más curiosidad me causa desde que soy mamá es ese asunto de los roles de género y por qué se hace todo para que encajemos en ellos. Desde el mismo instante en que elegimos el color del cuarto del bebé, marcamos un camino empedrado de estereotipos.
Desde que son pequeños, les decimos a los niños que la sociedad espera de ellos que sean valientes, fuertes, aventureros, curiosos, físicamente activos, inteligentes y poderosos. A las niñas, en cambio, les decimos que sean tiernas, suaves, bonitas, maternales, simpáticas, agradables y delicadas.
Hace unos días estábamos en un cumpleaños y se desató una pelea entre hermanos. El niño tendría unos 5 años y su hermana 4. Él la gritó, la niña le devolvió el grito, y la abuela, que estaba a cargo, entró a dirimir el conflicto con la mejor voluntad. Los separó, sentó a su nieta en las piernas y en un tono conciliador le dijo: “Ven, déjalo, no te pongas a gritar”. La niña reclamó: “Pero él me gritó primero”. A lo que su abuela contestó: “No le pongas cuidado, ya sabes que los niños son así, pero en cambio las niñas no gritamos porque es feo”. No tenía malas intenciones, pero el efecto nocivo de sus palabras se verá reflejado tarde o temprano. Al decirlas le mandó dos mensajes a su nieta: el primero, que a los hombres hay que tolerarles los gritos porque eso hace parte de su identidad, y el segundo, que las mujeres debemos ser dóciles y suaves para que nos acepten y nos quieran. ¿Por qué no, por ejemplo, hablarles a los dos de la importancia del respeto?
Les estamos enseñando a las niñas a agradar para que sean aceptadas y en ese camino se nos olvida enseñarles que lo más importante es que sean auténticas. Y sinceras. Nada de esto es contrario a ser amable, por supuesto, y eso también lo deben saber. La amabilidad, así como la bondad, la solidaridad y la generosidad son en sí valores bellísimos, pero no deben estar reservados únicamente para el género femenino.
Enseñémosles a las niñas, desde muy pequeñas, a que hablen cuando lo sientan, a que expresen su punto de vista de manera genuina, no para recibir la aceptación de nadie.
Enseñémosles que su opinión cuenta, que tienen cosas valiosas para decir, que cuando algo les parece injusto o las incomoda, lo digan sin temor. Que algunos preferirán su silencio, pero que si tienen una voz es para decir lo que piensan, no para complacer a nadie.
Enseñémosles que sus derechos tienen que ser defendidos a como dé lugar y a que hablen con vehemencia si es necesario, pero enseñémosles, también, que deben estar preparadas para que algunos se molesten, porque la vehemencia es un rasgo ligado al poder, y el poder, socialmente, aún está muy ligado a los hombres. A estas alturas las mujeres poderosas todavía generan dudas o son percibidas como una amenaza.
Enseñémosles que se vale pensar diferente o no estar de acuerdo y está bien decirlo. Enseñémosles a ser conciliadoras y respetuosas, pero que les quede claro que eso nada tiene que ver con consentir o aceptar lo inaceptable. Y finalmente, enseñémosles que nadie que demande su silencio puede ser alguien de quien se puedan fiar.
* Adriana Echeverry escribe el blog Hadas en patineta (www.hadasenpatineta.com), en el que reflexiona sobre la importancia de la crianza en la formación de niñas fuertes, seguras y orgullosas de su poder femenino.
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