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El mito opera atornillado en los más rudos orificios del inconsciente. Por eso es impermeable a la razón, inmodificable, entregado a los más absurdos comportamientos. El mito tiene teflón, no se desgasta.
Un artista miamense que firma con un apellido similar a Leviatán, Frank Behemoth, tuvo la siguiente ocurrencia: “Si Cristo hubiera muerto en la silla eléctrica, llevaríamos una sillita de oro colgada al cuello”.
Si hoy una persona caminara en un centro comercial con esa sillita al cuello, levantaría más de un comentario, ya le habrían inventado memes en redes sociales. Si fueran varias, muchas, las que mostraran el mismo amuleto el chisme crecería en forma de inquietud, sospecha y miedo.
Con la cruz no ocurre eso. Es un mito. Y punto. Nadie lo discute, está naturalizado en la mente colectiva, no solo como algo sin ninguna referencia a tortura sino como emblema sagrado.
Si los transeúntes analizaran el origen del símbolo cruz, su significado rojo y propio de esclavos condenados, tal vez pensarían dos veces al colgárselo y exhibirlo como bandera de una religión del amor.
Pero no, el pensamiento no tiene cabida en el universo mítico. El signo cruzado se transmite de viejos a niños desde tiempos sin memoria, sin argumentos. Nadie ensaya reconstruir la escena de hace dos milenios: la de una doctrina mansa que consagra la imagen de su dios martirizado y muerto en unos palos atravesados.
La sutileza de Behemoth golpea la arquitectura del símbolo. Si la historia brincara dos mil años para acaecer en un país como Estados Unidos, la pena de muerte para Cristo se habría cumplido en silla eléctrica. Ese largo lapso introduciría el progreso de la técnica en la condena capital. De clavos y lanza, pasaría a voltios y descarga.
En la misma lógica, los adeptos a la nueva religión adoptarían la sillita como amuleto. ¿Quién se atrevería a soñar este trueque en la actualidad? Muy pocos, tal vez nadie. En primer lugar, porque un mito se consolida después de mucho tiempo. En segundo, porque la racionalidad contemporánea rechazaría semejante propuesta.
Pues bien, hay mitos de mitos. Los antiguos fueron sembrados en empaque de religiones, cuando la humanidad temblaba bajo los rayos y tormentas. Los modernos se construyen sobre terrores diferentes, pues aquellos truenos naturales no asustan a la gente que sabe del big bang.
Sí, los mitos se levantan sobre el miedo colectivo. Allí donde algún energúmeno consigue plantar terror universal, allí está preparado el terreno para que nazca y se vuelva fuerte un mito. Esa siembra escalofriante, por su parte, exige la fabricación de un monstruo, de un enemigo.
Una vez confeccionado ese coco, el siguiente paso es la exaltación de un mesías. Para eso se agitaron las garras y fauces del ogro, para despojar a las multitudes de sus poderes y concentrarlos alrededor de la gran figura protectora. El final conocido son los votos, los contratos, la perpetuación del caudillo.