
Una muestra que se exhibe en la residencia El Parche y que tiene en común que todas las piezas están hechas para divertir.
Se nombraron Miscelenials para hacerle un juego a la palabra miscelánea y al gastado anglicismo millennials, término con el que los estudios de mercado intentan cobijar a la generación que nació entre 1981 y 1995, y que se la pasa pegada a Internet. Alexandra Arciniegas, Sergio Román, Sebastián Villamil y Sergio Daniel Ramírez se conocieron mientras estudiaban Artes Visuales en la Universidad Javeriana. Aunque no eran amigos, había algo en sus obras que los unía, o por lo menos así lo sentía Alexandra, quien es la cabeza detrás de Miscelenials: “Nuestro trabajo tiene que ver con la miscelánea, la tienda todera, y millennials, es un chiste donde cabe todo y nada. Mucha gente piensa que somos jóvenes, que nos la pasamos en el celular o en el computador, pero creo que no es un comportamiento de solo nosotros, así se la pasan las personas ahora”.
Es en las misceláneas, en las tiendas de barrio –que son también papelerías, ferreterías y cacharrerías–, donde estos artistas consiguen la materia de su obra: juguetes de plástico preferiblemente defectuosos, inflables, fomi, escarcha y vinilo, entre otros. “El plástico es el material más común y desechable de nuestro tiempo, muchas de las cosas que consumimos están hechas de él –dice Sebastián Villamil–. Además, tiene la propiedad de convertirse en cualquier cosa, por eso busco darle un valor desde el arte”. Sergio Román prefiere usar los materiales no nobles dentro de su obra “no pinto en óleo pero sí en vinilo, si hago escultura la trabajo en papel mache. Me gusta usar materiales que tienen una función diferente al arte”.
Para esta muestra, que estará en exhibición hasta el 5 de junio, los artistas hicieron una apuesta por lo que podría parecer superficial, banal o chistoso y que “a primera vista parece un arte que no es de verdad”, comenta Sergio Daniel. “Siento que somos pocos los que vemos con esta perspectiva”. La obra presentada por Sergio Daniel Ramírez incluye dos piezas inspiradas en Lana del Rey y una serie de dibujos de Álvaro Barrios, arrancados de un libro de colorear que publicó el Banco de la República, acompañados de la factura de compra. Miscelenials no tiene discursos pegados sobre los muros ni fichas técnicas. Las obras estaban ahí listas para ser consumidas.
Alexandra Arciniegas, Sergio Román, Sebastián Villamil
Una de las críticas que recibieron estos cuatro jóvenes artistas venía de parte de un colega, al parecer de una generación mayor, que cuestionaba la falta de independencia de este colectivo al participar en ArtBo fin de semana, una iniciativa de la Cámara de Comercio que para él “es una estructura de poder mercantil que está absorbiendo la independencia del arte”. Los ‘miscelenials’ respondieron, con un micrófono inflable en la mano, que ellos tomaron esta opción como una vía para mostrar su obra a otro público. A lo que el colega agregó: “No sé cómo un artista, en lugar de agrietar, quiera pavimentar”.
“Los cuatro trabajamos desde la superficialidad. Nuestra obra va de arriba hacia abajo”, dice Alexandra Arciniegas, gestora de El Parche. “Las obras tenían en común lo gracioso o la apropiación de objetos populares, del mercado, de lo que se vende comúnmente. No hay nada ecológico, ni revolucionario. No hay nada evidentemente político. El contenido está por debajo”.
Algo de infantil hay en sus piezas. En uno de los muros de la exhibición estaba un autorretrato del reconocido artista Norman Mejía, roto y reparado con un par de curitas de muñequitos, tal y como “se arregla un berrinche de un niño cuando se pega”, dice Arciniegas, quien además contó que ese cuadro era parte de una herencia que recibió y al que un día le cayó encima la esquina del marco de uno de sus cuadros con inflables. Así nació la serie Obras rotas. Por su parte, Sergio Román cuenta que caminó San Victorino en busca de bebés negros. Solo encontró tres y los compró. Al momento de retratarlos les apretaba la cara, como lo hacía cuando era niño, y el resultado fue una figura alargada que le refería la imagen del Divino Niño.
Sebastián Villamil es un coleccionista de juguetes con defectos en especial “los que más circulan en Latinoamérica, que atraviesan una frontera cultura muy larga hasta llegar acá. Personajes que nacen en un contexto americano de idealización y circulan en un mercado totalmente opuesto y defectuoso”. De esa búsqueda surgió el Thor sin cabeza, un semidios que mantiene su postura pero carga con el peso de ser lo que no fue.
El artista colombiano Paulo Licona nombró la obra de Arciniegas como “un arte desinflado”. Y lo reseñaba como “En el arte desinflado, los plásticos (inflables) al recomponerse forman otra imagen, un nuevo lugar común que, aunque anulando su función recreativa y piscinera, ponen en juego la idea de lo plástico en el arte: inflables plásticos, arte plástico, polímeros del arte… no hay ciencia, es a lo mejor lo que le sobra al arte, lo que le faltó al inflable para ser un Koons, un Lagos, un Nadín o un Blanco, quitarle la gracia o la desgracia a una arte que ahora parece todo desinflado”.
Fotos: Cortesía.