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Providencia es conocida como Old Providence o la vieja Providencia y es que, para mí, es como esa tía que está entrada en años, pero se conserva casi sin que le haya pasado el tiempo. Si el secreto de mi tía para su eterna juventud es, según ella, no cargar con el peso de los hombres a sus 63 años, el secreto para conservarse de la divina Providencia es casi el mismo, pues con más de 500 años se ha rehusado a cargar con el peso de muchos hombres que han tratado, no sólo de vivir a costa de ella, sino de muchos otros que no quieren nada serio y solo van por unos días a disfrutarla.
Durante los últimos años, la hermana isla de Providencia, San Andrés, ha servido como buena hermana mayor, de ejemplo perfecto para ver cómo la visita indiscriminada de turistas y la masificación, ese gran mal de este siglo, han transformado ese lugar paradisíaco en una realidad saturada de gente. Por eso y por otras razones, Providencia tiene todavía ese encanto del aislamiento y, como una mujer conservadora, no deja entrar a cualquiera a su casa. Para poder visitarla, tuve que tomar por $180.000 una avioneta con otras 18 personas y cruzar durante 25 minutos el mar de siete colores que conduce a ella. Lastimosamente, a la fecha los precios de los trayectos han subido de manera exagerada; por eso, es importante revisar con tiempo las temporadas bajas y promociones, como segunda única opción y guiados por la curiosidad, muchos se sumergieron en un catamarán durante tres horas, por $80.000 pesos, más los $5.000 del mareol, para llegar por fin a conocerla.
Cuando pisé el jardín de su casa, justo en medio del piso de cemento, entendí por qué el aeropuerto se llama El Embrujo, ya que desde la llegada todos caímos ante los encantos de esta señora Isla. Esta casa no está abierta toda la noche, cierra su entrada a las 5pm, hora en la que regresa la última avioneta y zarpa el último catamarán. Al recorrerla, empiezo a viajar al pasado, no solo porque aquí parece que no pasara el tiempo, sino porque Providencia es lo que era San Andrés cuando yo crecí: una isla con poca gente y mucha paz.
Providencia, a diferencia de su isla hermana, por ley no tiene hoteles de más de dos pisos, no se observa una sola construcción moderna y la mayoría son casas o posadas nativas que mantienen la arquitectura isleña y el entorno tradicional, así que si lo que quiere es ir a discotecas, jugar en casinos o comer en restaurantes de lujo, no es el lugar.
Una noche en una cabaña, con buena atención y a cinco minutos del mar, como Salt Wata, puede costar $100.000 por persona, y en un hotel como Posada del Mar, tres noches cuestan $330.000 con desayuno y vista al mar incluida.
Uno de los planes que más disfruté de Providencia fue bucear con tiburones de arrecife. Felipe Cabeza, o Fepo, como le dicen sus amigos, tiene no solo una larga experiencia como instructor de buceo, sino la capacidad de generar en sus clientes confianza suficiente para ir con él a ver a estos majestuosos animales, solo para admirarlos con respeto, a través de una careta, sin más que un tanque y unas aletas.
Para comer un plato casi celestial, siempre pienso en ir al Divino Niño y comer su mixto de mariscos. En la playa del suroeste no solo pude comer frente al mar con arena entre mis pies, sino que aquí presencié una de las manifestaciones culturales que más personas reúne a su alrededor. Como si fuera un hipódromo, los sábados cada 15 días, mientras la marea esté baja, esta playa se transforma en el escenario de jinetes isleños que acuden al ritual de una competencia ancestral por demostrar cuál de sus caballos es el más veloz. 40 segundos de adrenalina pura, al final se escuchan murmullos y conjeturas de quién es el ganador del dinero de las apuestas, pero el cuadro perfecto no se termina de pintar ahí, pues los caballos cansados entran al mar y sacuden sus cabezas mojadas por el agua salada, como si fuera un gesto de satisfacción por el deber cumplido. Por un instante los caballos de carrera terminan siendo caballitos de mar.
Si en su estadía no alcanza a ver toda Providencia, puede optar por subir a The Peak (El Pico), la montaña más alta de la isla, un reto al estado físico y una salida al encierro mental. Desde la cima se alcanza a ver el arrecife de 33 km que bordea la isla, puede ver el puente de los enamorados que conduce a Santa Catalina y apreciar la fuente que abastece de agua dulce a los providencianos, en la cima el viento borra el sudor de su frente y el cliché de extender los brazos al infinito puede hacerse realidad para la foto.
Al bajar de la montaña entre abril y julio se puede ver una mancha roja o negra que como un tapete que cubre varios kilómetros de las calles. Es un importante desfile, el tránsito se detiene, las autoridades ambientales protegen la migración de cangrejos, que bajan como los ríos de la montaña a desovar al mar, mientras los presentes afortunados miran lo que es sin duda uno de los espectáculos de naturaleza más asombrosos, un evento único en esta isla, donde por obvias razones no encontrará platos que lleven cangrejo como ingrediente cuando esto ocurre.
Si quiere terminar el día cenando a los adentros de una pequeña casa isleña, Donde Martín es ideal no solo para comer sino para tomar vino a la luz de las velas, para después cambiarlo por el Bush Rom, un ron con un sabor fuerte que los isleños llevan haciendo por años de manera artesanal. El lugar preciso para tomarlo es la playa de Manzanillo en el bar de Roland, o escuchando música típica de la voz Keppe y Elkin Robinson, al ritmo de la quijada de caballo, instrumento típico que marca el ritmo para bailar.
Muchos isleños tenemos algo en común con los piratas y es el celo de compartir un gran botín, pero, a diferencia de los piratas, el no querer compartir con cualquiera este tesoro natural es solo por miedo a que sea ultrajado, abusado y que no sea tratado y admirado con respeto. La mejor forma de definir a Providencia es por lo que no tiene: en esta isla no hay grandes cadenas hoteleras, ni centros comerciales; hay, en cambio, posadas isleñas atendidas por raizales, donde predominan las hamacas extendidas, las tradiciones intactas, la naturaleza viva y protegida, lejos de las multitudes.
La Michelada es un espacio semanal para explorar todos esos planes alternativos que hay escondidos en Colombia. Acompáñenme a experimentar cosas nuevas.