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Eran las 10:58 a.m. del 11 de noviembre de 1918 cuando el cabo raso canadiense George Lawrence Price murió, víctima de un francotirador alemán. Dos minutos después sonaron las trompetas del cese al fuego. Así terminó, a las once horas del día once del mes once, una conflagración que cambió al planeta para siempre y cobró la vida de alrededor de 20 millones de personas. La Primera Guerra Mundial es conocida como La Gran Guerra y “la guerra que terminaría todas las guerras” por su magnitud y el costo humano.
Comenzó el 28 de junio de 1914, con el magnicidio de Francisco Fernando de Habsburgo, heredero al trono austro-húngaro de la mano de un radical serbio. Como consecuencia, su imperio se vengó del Reino Serbio, causando un efecto dominó que en menos de un mes tenía en guerra a toda Europa, dividiendo al continente en dos bandos: los Aliados y los Centrales.
Al comienzo, los principales países Aliados eran el Imperio Británico, Francia y Rusia, mientras sus rivales, los países Centrales, eran los Imperios Otomán (actualmente Turquía), Alemán, Austro-Húngaro y Bulgaria. Posteriormente, Italia entraría al conflicto en 1915 y Estados Unidos en 1917, ambos como Aliados. Geográficamente se dieron dos frentes: el oriental donde peleaba Rusia contra Alemania y Austria-Hungría, y el occidental, donde se enfrentaban Alemania, Inglaterra y Francia. Éste último fue el más sangriento y decisivo, pues en 1917 el frente oriental desapareció con la paz entre Rusia y los Centrales a causa de la revolución bolchevique que hacía temblar el trono del Zar.
Militarmente, la guerra se caracterizó por ser la transición de las tácticas del siglo XIX y las que marcarían el siglo XX. Mientras durante el siglo XIX se utilizaban formaciones de cien hombres en bloque, al estilo napoleónico, con las novedades en tecnología bélica del nuevo siglo estas tácticas quedaron obsoletas.
Gracias a la revolución industrial, nuevas armas como la ametralladora y la artillería pesada fueron desarrolladas, lo que hacía
imposible alinearse en campo abierto contra el enemigo. Como resultado, nació la guerra de trincheras, una táctica nefasta por su alto costo humano y falta de efectividad.
La estrategia buscaba crear líneas de cientos de kilómetros que consistieran en laberintos de trincheras, barreras defensivas y alambre de púas. Se buscaba establecer defensas que hicieran casi imposible el avance de infantería sin que sufriera exorbitantes pérdidas. Precisamente esto se identifica la Primera Guerra Mundial: devastadoras pérdidas humanas por poco territorio ganado. La carnicería llevó a que se redibujaran las reglas de la guerra por completo.
La absurda cantidad de efectivos muertos durante cada batalla era algo que el mundo jamás había presenciado y para lo que no estaba preparado. La guerra de trincheras obligaba a miles de soldados a correr en dirección del enemigo, quien los recibía con una lluvia de plomo que pocos sobrevivían.
Lograr romper las líneas enemigas ocurrió pocas veces durante la guerra y, después de varios meses de lucha, el territorio conquistado no pasaba de unos cuantos kilómetros. Las masacres eran de tal magnitud que las probabilidades de victoria se calculaban con base en las tasas de nacimiento del país, pues la pérdida de capital humano a esa escala ponía en peligro la capacidad de los estados de mantener sus economías y el orden.
El enfrentamiento más brutal ocurrió en la primera ofensiva alemana, conocida como la primera Batalla de Marne, en Francia. Entre el 5 y el 12 de septiembre de 1914, 513.000 personas murieron, resultando en un escalofriante promedio de 2.600 muertos por hora.
La estrategia se convirtió entonces en desgastar al enemigo, de tal manera que sufriera más bajas y se tornara insostenible la campaña. Para lograrlo, de nuevo se echó mano a la tecnología. Se utilizaron armas químicas y se desarrollo la guerra aérea, utilizada para bombardeos estratégicos y espionaje. Además, llegó el arma que acabó del todo con la guerra de trincheras, el tanque blindado.
Aunque las armas químicas y los aviones no fueron lo suficientemente eficaces, el tanque sí marcó un cambio notable y, junto con refuerzos estadounidenses, quebró a los alemanes. Sin embargo, no fueron derrotados de manera contundente, lo que llevó a uno de sus efectivos, llamado Adolf Hitler, a buscar la revancha 25 años después.
Pero entre todo, la Gran Guerra tuvo un capítulo alegre que es difícil que se repita. En 1914, durante el primer invierno de la guerra, efectivos de ambos lados del frente occidental se dejaron llevar por el espíritu navideño. En un acto de traición absoluta, según las leyes sus ejércitos, tanto alemanes como franceses e ingleses dejaron a un lado los fusiles y la artillería, cambiándolos por habanos, cerveza y balones. En lugar de matarse, se metieron goles y borracheras. Duraron así 48 horas, al final de las cuales la sombra de la muerte volvió a cobijarlos, esta vez sin tregua por 4 años más.