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La lectura de los libros de Daniel Pécaut, En busca de la nación colombiana (Debate, 2017), y el de Jorge Orlando Melo, Historia mínima de Colombia (Turner, 2018), me han hecho recordar las memorias de Fernando Enrique Cardozo, quien cuenta que Bill Clinton le contó una vez que cada país tiene un gran miedo y una gran esperanza. Por ejemplo, le dijo que Rusia siempre ha temido una invasión externa y China una desintegración desde adentro y, cuando Clinton le preguntó cuáles eran las de Brasil, Cardozo le respondió que el gran sueño de su país ha sido siempre ser una potencia mundial y el gran miedo no alcanzarlo y quedar aprisionados en el severo juicio de Stefan Zweig cuando afirmó que “Brasil es el país del futuro y siempre lo será”.
¿Cuáles son el gran miedo y la gran esperanza de Colombia? O, ¿nuestra gran obsesión? Pécaut y Melo no responden estas preguntas, pero Alberto Lleras sí lo hizo en un texto de 1959, cuando afirmó que el gran ethos de los colombianos es nuestro apego a la libertad y que, sobre ese carácter, debemos construir un gran propósito nacional, una gran esperanza. Es una visión de la libertad en su concepción negativa, como una tradición de un país que siempre ha rechazado el poder excesivo y los gobiernos autoritarios y hegemónicos. Esta atrevida concepción de Lleras se refuerza con un texto excepcional que descubrió el profesor de Oxford, Eduardo Posada Carbó, según reseña en su última columna de El Tiempo. Publicado en 1827, durante la Convención de Ocaña y después de la dictadura de Bolívar, Fe política de un colombiano es un panfleto de autor anónimo que buscaba primordialmente defender el orden constitucional amenazado por el Libertador. Según Posada Carbó, el principio fundamental de este documento es la limitación del poder, de todo poder, incluyendo el de la soberanía popular, pero también del gobierno y del legislativo, quienes tienen que estar atados a la Constitución. Para su anónimo autor, nadie debía arrogarse “el nombre del pueblo”, ni ninguna ciudad, ni ningún militar, ni ninguna fracción de la población, porque quien así hiciese estaría cometiendo, no solo una gran mentira, sino también en una gran injusticia, al excluir al resto de los ciudadanos que componen la mayoría.
Y, menos aún, arrogarse el nombre del pueblo para convocar una asamblea constitucional para “conceder la personería popular al primer atrevido que fingiese hablar en nombre de la patria”. A ningún poder le era dado obrar con omnipotencia, porque “toda omnipotencia humana es tiránica” y argumentaba que “nosotros somos enemigos de todo poder absoluto, porque las ventajas que puede producir son muy precarias, y el mal es cierto e inevitable”.
En un continente caracterizado durante mucho tiempo por gobiernos de caudillos y dictadores, que están ahora de regreso, este texto excepcional ayuda muchísimo a entender cómo, desde los albores de la república, nuestra gran obsesión fue construir una cultura política de apego a las normas y que nos distinguió por tener gobiernos civilistas, elegidos por procesos electorales, que hicieron un uso limitado del poder. Por supuesto, los pasivos de nuestra democracia son aun innumerables, pero debemos ser también conscientes de esos activos invaluables. Y ser conscientes, también, que no los tenemos asegurados, que las instituciones republicanas, con el poder limitado, la separación de poderes y las elecciones libres, se pueden perder.