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Como peste, el caso Lava Jato- Odebretch, cuyos ecos tienen al expresidente Lula en la la cárcel, se ha extendido por todos nuestros países revelando que, independientemente de los emblemas y ofrecimientos políticos, la corrupción campea .No es solamente un problema de gobierno si no uno cultural que se matriculó, para quedarse, en nuestras malas costumbres.
El retorno a la democracia en Brasil, que devolvió a ciudadanía y medios la capacidad de denunciar, comenzó a alterarse cuando Collor de Melo, quien llegó al gobierno criticando despilfarro, burocracia y excesos de las dictaduras, debió renunciar apenas dos años después de su posesión por un escándalo muy parecido al que ahora, a 25 años, conocemos como Odebretch, Petrobras, coimas en la contratación y tráfico de influencias incluidos. Tenemos mala memoria.
El ex presidente Lula llegó al gobierno reclamando derechos civiles, redistribución del ingreso y progreso luego de una historia de dictaduras y robos al erario. Con un sentido práctico, tomó distancia de las izquierdas de la época incorporando a su gobierno destacados, pero capaces, dirigentes de “derechas”. Condujo a su país a un periodo de crecimiento y éxito sin precedentes al triplicar su PIB y “sacar” a decenas de millones de brasileños de la pobreza. Le fue tan bien que luego de dos gobiernos el pueblo lo reemplazó en la presidencia por Dilma Rousseff, su amiga de todas las épocas.
Pero a Dilma, a quien le seguía yendo muy bien (60% de aprobación en las encuestas luego de seis años de gobierno y catorce del PT) hasta la recesión de finales de 2013, fue destituida por un parlamento en el que muchos de sus miembros estaban acusados por delitos como homicidio, fraude y secuestro. El señor Cunha, promotor de su destitución, fue sindicado de recibir 40 millones de dólares en sobornos.
A Dilma la acusaron de maquillar las cuentas públicas, un delito “menor”, mientras a Lula de recibir coimas en forma de mejoras para un apartamento que no se ha probado sea de su propiedad. Al margen de ello, sus gobiernos no inventaron pero sí convivieron, 14 años, con el “modelo” Odebretch.
Una primera conclusión es que a la corrupción le resultan indiferentes las orientaciones políticas de quienes se encuentran en el manejo del Estado. Una segunda, que tampoco tiene que ver con sus orígenes, digamos, sociales o de “clase”: Collor era, antes de su presidencia, un próspero empresario mientras Lula un dirigente sindical hijo de humildes campesinos. Sobre virtudes y defectos de la democracia vale recordar que el ex presidente Toledo, ahora juzgado por recibir 20 millones de dólares de Odebretch, alguna vez compartió con este columnista anécdotas sobre su origen humilde y su oficio como lustrabotas.
Así que la corrupción en Latinoamérica no es un problema exclusivo de los gobiernos; están los empresarios y una ciudadanía que la acolita. Tampoco lo son ineficiencia y mala gestión. Inocentemente se añora, frecuentemente, la administración privada que tiene un escenario y unas reglas completamente diferentes. Las diferencias de intereses están en el origen y hacen parte, inevitablemente, de los gobiernos democráticos sin que este hecho se pueda calificar como “bueno” o malo”. Solamente como real y la eficiencia en la gestión de los gobiernos debe tenerlo en cuenta; partir de él como un hecho a considerar.
Un problema mayor, y mucho de eso hay en Brasil y en todos nuestros países, es la desfiguración y alteración de los equilibrios entre las diferentes ramas del poder. La politización de la justicia para perseguir, o dejar de hacerlo, a discreción. Su sometimiento al inmenso poder del ejecutivo. Brasil está polarizado y con ese filtro juzga a Lula: la votación que determinó su juicio tuvo como resultado seis votos a favor y cinco en contra. Estos números se observan en las calles con sendas manifestaciones a favor y en contra de la detención de un Lula convertido ahora en “víctima” para millones de brasileños.
Si esto se trató de una maniobra para evitar su llegada al gobierno, o no; gane quien gane las presidenciales, es seguro que la polarización no termine aquí. La democracia de nuestra potencia emergente vuelve a recorrer un camino que alguna vez la condujo a las dictaduras.