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Para el caballero existente

Italo Calvino me lanzó en la cara sus “Seis propuestas para el próximo milenio” y con su fantasía me dio la bienvenida generosa a un universo que me reconcilia con la realidad.

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Desde los días de este nuevo milenio que usted esbozó, pero no alcanzó a vivir, le escribo, por fin, para contarle que llegué obligado a sus páginas. Con la misma motivación de quien elige el asiento de la mitad en el avión, desechando la ventana o el pasillo, me aproximé a su discurso sin saber hasta dónde me llevaría este vuelo de largo aliento. Por decisión propia, jamás hubiera dejado atrás la portada de su libro, pero un compromiso escolar me presionó a adentrarme en sus documentos para empezar a digerir las Seis propuestas para el próximo milenio, postergando otros intereses más genuinos en mí, como la apreciación de la música, la contemplación del fútbol o el mero disfrute de la tertulia sin requisitos intelectuales.

Ese libro, su libro, que abrí a regañadientes, me mostró que el mejor mérito empieza siempre por un riesgo, y que vale la pena jugársela a fondo para esgrimir conceptos y defenderlos con la personalidad como capa y la inteligencia como espada. Su intención, genuina y valerosa, procuraba un mundo real y literario superior al que se empeña en exhibir la cotidianidad actual, pero recurriendo a palabras del diario vivir y de fácil manejo como Levedad, Rapidez, Exactitud, Visibilidad y Multiplicidad. ¿Cómo así que seis propuestas si sólo hay cinco?, me pregunté al cerrar con extrañeza sus conferencias publicadas, para enterarme después de que el cierre había quedado en puntos suspensivos, como las buenas películas.

Su cabeza y sus ganas, señor Calvino, fueron mucho más allá de lo que logró llegar su corporalidad terrestre y ese hecho me resultó más seductor y atractivo que el lunar en la boca de aquella chica que me gustaba entonces. Supe con el tiempo que el tema estaba definido y que abordaría El arte de empezar y el arte de terminar, todo un misterio para alguien que, como yo, ya tenía en mente la idea de dedicarse al periodismo, sin saber cómo iba a empezar ni mucho menos cómo terminaría ese impulso extraño. Me sentí responsable de culminar la obra y, como lo podrá suponer, fracasé con rotundo éxito.

Lo mío era la lectura a distancia y sin compromiso, mientras lo suyo era escribir para ponerme a pensar y para darle condimento paulatino a mi imaginación. El verdadero alimento espiritual no fueron sus Seis propuestas para el próximo milenio. Ese texto fue tan sólo la puerta de entrada a un universo fabuloso que los expertos en su obra denominan como “piezas del período fantástico de Italo Calvino”, una muestra contundente y literaria de que se pueden crear atmósferas paralelas y compartirlas con los demás.

Usted es fantástico por su capacidad de inventiva, pero la expresión también le hace justicia, como el adjetivo que tantas veces me dijeron en la universidad que debía evitar. Ahora no encuentro sinónimos para catalogar a alguien que les escribe a los sentidos como usted lo hizo en Bajo el sol jaguar, dedicándole un capítulo al órgano sensorial que siempre me ha identificado. El hombre, la nariz, narración en primera persona, me sirvió de excusa para salirles adelante a quienes, no pocos, durante mi ya lejana adolescencia, me ponían a la par de Cyrano de Bergerac.

Me huele que usted le sacó provecho a sus pocos años en su natal Cuba para apropiarse de las historias del Caribe. Me late también que se divirtió al jugar con sus lectores y al ver que con total convicción le compramos sus embates narrativos sin contemplaciones. Desde sus primeros relatos extensos, El sendero de los nidos de araña y Los jóvenes del Po, hasta sus páginas autobiográficas de Ermitaño en París nos volvimos cómplices de su universo y nos dibujamos en la mente su fantasía y su realidad, sin conocer las fronteras entre una y otra.

Pero todavía faltaban por llegar los libros suyos que mayor satisfacción me han proporcionado durante su lectura y después de ella. El barón rampante, El vizconde demediado y El caballero inexistente son muestra clara de que a través de la palabra se pueden hacer dibujos, radiografías y secuencias de acción que no tienen nada que envidiarle al cine. Dejó claro en algunos de sus párrafos que fue militante del partido comunista de su país, pero con la misma efervescencia con la que se montó en su cumbre, se bajó de allí y se desilusionó de aquellos ideales políticos. Simplemente, pasó la página.

A mí, eso sí, nunca me desilusionó y me apabulló su capacidad narrativa. Usted, sin saberlo, fue parte vital de mis conquistas amorosas y ante su verso poderoso poco era lo que yo tenía que manifestar para convencerlas de que tenían en frente a un ser sensible y sentimental. “Obvio, le gusta Italo Calvino”, decían, y eso era prueba de garantía, un sello inequívoco de que podían tener esperanzas en mí. Esas falsas expectativas no se las pienso endilgar y menos 31 años después de su muerte, pero sí tengo que reconocer que sigo siendo lector debido a su influencia, a sus cuentos, a sus novelas y a sus ensayos.

Me gusta pensar que hago lo que hago por personajes como usted, aunque usted, señor Calvino, escribió, mientras yo simplemente redacto.

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