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Miles de seguidores y miembros de la prensa del mundo entero escucharon en vivo y en directo su discurso en el que evocó la necesidad de reconstruir ese Estados Unidos que durante el siglo XIX fue el lugar de las oportunidades. Sus palabras hicieron eco en los cinco continentes a través de la más alta tecnologia y en Chicago hubo lágrimas, abrazos, conmoción. Los de raza negra celebraron la reivindicacion de la historia que por tanto tiempo habian esperado.
Esta ciudad se volvió una fiesta sin precedentes. “Estamos preparados para la gran celebración. Se trata de que todos los que vengan aca puedan vivir este momento histórico. La policía, los bomberos y todos están haciendo su trabajo y se trata de celebrar“, afirmó a El Espectador horas antes del triunfo democrata, Richard B.Daley, alcalde de la ciudad.
Lo que se vivió en la cuna política de Obama, la ciudad de la que salió hace tan solo cuatro años convertido en Senador por Illinois, fue absolutamente espectacular. Yo nunca antes había visto tanta pasión y frenetismo concentrados en torno a un solo personaje politico. El país está viviendo la crisis financiera más dramática de los últimos tiempos y los ciudadanos rompieron las barreras de la segregación racial para apostarle a las ideas de cambio de un personaje que hace tan solo dos años era prácticamente desconocido.
Por su multiculturalidad, su raza negra, su nombre –Barack Hussein Obama- y su disposición al diálogo aún con aquellos que Estados Unidos considera enemigos, como los mandatarios de Venezuela, Cuba e Irán, el demócrata despierta temores y le dio motivos suficientes a sus rivales para que durante los 21 meses que duró la contienda electoral, emprendieran una campaña sucia basada en despertar miedo a los votantes.
Pero nada fue suficiente. Obama ganó. Y su triunfo dice mucho sobre el tiempo que estamos viviendo y el país que aparentemente está listo para darle un verdadero espacio político a las minorias. Desde el silencio del más allá un hombre, Martin Luther King, vio como un ídolo igual de grande a el recogió la semilla que sembró en 1968 cuando dijo “yo tengo un sueño”.