Una CIA desbocada y fracasada

La Agencia Central de Inteligencia de EE. UU. es el único organismo de espionaje independiente del gobierno federal, es decir que el Ejecutivo tiene limitadas capacidades para controlarlo. La CIA es la que más dinero recibe, la que más poder acuña y la que tiene el listado más largo de fallas.

Foto: AP - Andrew Harnik

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“Acuérdate que vas a tener una agencia de inteligencia y deberás protegerla como tal. Cierra los ojos y recibe todo lo que se ha de venir”. Esta recomendación del senador John Stennis en 1950, tres años después de la creación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, 1947) con el propósito de realizar operaciones encubiertas, espiar gobiernos y entidades en el exterior, es la máxima que todas las administraciones de Estados Unidos, desde Harry S. Truman, han seguido al pie de la letra. También lo ha hecho el Congreso, que en toda su historia no ha sabido cuáles son los límites de poder de la agencia, qué métodos usa para desarrollar sus operaciones “secretas” ni a quién le rinde cuentas.

De los organismos de inteligencia del gobierno estadounidense, la CIA es la única que registra como “independiente”. Es decir que aunque le responde en la práctica al director de Inteligencia Nacional, el Ejecutivo tiene pocas herramientas para controlarla.

El senador demócrata Frank Church, quien lideró en los años 70 la primera gran investigación (con pocos resultados) sobre las actividades de inteligencia de Estados Unidos, la calificó así: “La CIA es un elefante suelto”. Un elefante que ya ha causado gravísimos daños al espionaje estadounidense, pero que ahora confirma lo que muchos presumían: su “incompetencia devastadora”, según palabras de Julian Assange, fundador de Wikileaks. El portal publicó esta semana 9.000 documentos que revelan cómo la CIA elaboró más de 1.000 programas maliciosos —virus, caballos de Troya y otros programas informáticos— capaces de infiltrar y tomar el control de aparatos electrónicos. Es decir, que cualquier persona que tenga un dispositivo conectado a la red (celular, tableta, computador o un televisor), puede ser espiada.

Pero lo más grave de todo, según explican expertos en informática, es que la CIA perdió el control de esas armas cibernéticas y éstas podrían estar en manos de cualquier país, el mercado negro, piratas informáticos o incluso adolescentes con conocimientos en sistemas. Wikileaks fue contundente: “Se trata de una filtración muy superior a las de los cables del Departamento de Estado en 2010 y a las de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) en 2013. (…) Es el mayor arsenal de virus y troyanos del mundo. Puede atacar la mayoría de los sistemas que utilizan periodistas, gente de gobiernos y ciudadanos corrientes. No lo protegieron, lo perdieron y luego trataron de ocultarlo”.

Además del ridículo mundial al que Wikileaks sometió a la CIA, el arsenal de una de las agencias más importantes en la lucha contra el terrorismo ha quedado al descubierto en uno de los momentos más delicados en la historia política del país y cuando la brecha entre el Ejecutivo y la comunidad de inteligencia de EE. UU. es más profunda. Cuando era candidato presidencial, Donald Trump puso en duda la conclusión de la CIA de que Rusia lanzó ciberataques en EE. UU. con el objetivo de ayudarlo a ganar las elecciones. Su equipo desacreditó al organismo al asegurar que se trataba de “los mismos (espías) que dijeron que Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva”, en referencia al motivo (desestimado por varios informes) de la invasión de Irak en 2003.

Es más, Trump se puso del lado de Wikileaks, blanco de las críticas de los cuerpos de inteligencia de EE. UU., “¡Amo a Wikileaks!”, gritaba como si estuviera en un reality. Días antes de la investidura presidencial, el mandatario declaró que tenía “más confianza en Assange que en la CIA, el FBI y todos los demás servicios de inteligencia del país”.

La tensión entre el cuerpo de inteligencia y la Casa Blanca se elevó aún más los primeros días de gobierno, cuando comenzaron a conocerse datos sobre las relaciones del magnate y su entorno con el gobierno de Vladimir Putin. “Incompetentes”, “sus informaciones son ridículas”, les gritó Trump. Aún peor, el comandante en jefe de EE. UU. se negó a recibir los informes diarios de inteligencia —una práctica común para el jefe de Estado de la potencia mundial—, alegando “no lo necesito, soy una persona muy lista”.

Sobre la filtración de esta semana, Trump solo dijo, a través de un comunicado de la Casa Blanca, que “estima que los sistemas de la CIA son obsoletos y deben ser modernizados”. Palabras que hacen saltar las alarmas en Washington. Analistas y expertos consideran que la última filtración de Wikileaks le puede estar dando alas al mandatario para ordenar cambios radicales en la dirección de la Central de Inteligencia, algo que muchos pedían desde hace tiempo, pero que en manos de la actual administración podría resultar “un tiro en el pie”, según funcionarios de inteligencia.

Trump se reunió con su director, Mike Pompeo, y con el secretario de Seguridad Nacional, John Kelly, quienes dijeron que “a pesar de los esfuerzos de Assange y los de su clase (¿cuál?), la CIA continúa recolectando agresivamente información de inteligencia en el extranjero para proteger a Estados Unidos de terroristas, naciones hostiles y otros adversarios”.

Como suele pasar con sus declaraciones, una verdad a medias, pues sus blancos de vigilancia no son propiamente terroristas o extremistas. “La CIA vigila a sus aliados, a empleados o enlaces del gobierno, a diplomáticos propios o de países amigos y socios comerciales”, aseguró Wikileaks en la que llamó “la publicación más grande en la historia de la CIA”.

Un documento del Consejo de Seguridad Nacional, desclasificado en 2003, reveló que las operaciones secretas de la CIA han sido innumerables y no siempre los presidentes estuvieron al tanto. “Los grandes jefes de la CIA ocultaron información esencial y sólo mostraron una pequeña parte del cuadro global”, dice el documento.

Tim Weiner, analista de seguridad nacional de The New York Times, premio Pulitzer y autor de Legado de cenizas, un libro sobre la historia del espionaje estadounidense, explicaba en una entrevista a The Economist que “la agencia nunca fue la fuerza omnipresente que muchos imaginaron. Nunca tuvo una edad de oro y su historia está llena de pequeños éxitos y fracasos de largo alcance. Es verdad que sus éxitos fueron importantes y que han salvado algunas vidas americanas, pero sus fracasos se han demostrado fatales”.

Y concluye: “El país más poderoso en toda la historia de la civilización occidental ha sido incapaz de crear un servicio de espionaje de primera línea, un fracaso que actualmente representa un peligro para la seguridad nacional de Estados Unidos”.

La incapacidad más grande de la CIA hasta ahora, para analistas, exespías y exfuncionarios, fue no prever los ataques del 11 de septiembre de 2001. Entonces quedó demostrado que la inteligencia estadounidense carecía de fuentes y de información fiable en el núcleo del terrorismo islámico. De hecho, un exespía confesó que el número de expertos dentro de la CIA en terrorismo islámico y el número de lingüistas capaces de leer el Corán en árabe “podía contarse con los dedos de una mano antes del 11-S”.

Lo que sigue es otra historia oscura que explica el investigador Gordon Thomas en su libro Las armas secretas de la CIA: “Tras el 11-S y en medio de la guerra contra el terror, la administración de George W. Bush le dio a la CIA carta blanca para actuar: llegaron los vuelos secretos, la tortura de sospechosos, los secuestros en terceros países y la creación de un ejército privado de drones. Hoy no se sabe la historia completa”.

“La CIA es una organización que prospera en el engaño. ¿Cómo manejas una organización como esa?”, se preguntó John Hamre, subsecretario de Defensa del gobierno de Bill Clinton, al explicar la difícil relación que usualmente tienen las organizaciones de espionaje y el Ejecutivo.

Uno de los episodios más ilustrativos de ese corto circuito fue la fallida invasión a Bahía Cochinos, en 1961. Según consta en el archivo digital de la CIA, “la agencia y la Casa Blanca asumieron que hablaban el mismo idioma en relación con Cuba, pero cada uno tenía su propia confusión sobre el resultado de la probable invasión”.

Tras el escándalo del Watergate (1972-74) —un caso de espionaje político que desembocó en la renuncia del presidente Richard Nixon y en el que estuvo involucrada la CIA junto con otras dependencias del gobierno— trataron de ponerle más controles a la agencia. Pero hasta ahora todo esto ha sido imposible. “La CIA depende de oficiales que saben mentir, engañar y robar”, en palabras del exasesor general de la CIA Jeffrey Smith. “Pero cuando las cosas salen mal en el extranjero —como suele pasar— la CIA está llamada a rendir cuentas en Washington. Y es ahí es donde las cosas realmente van mal”.

Como describió la situación la senadora demócrata Dianne Feinstein, en medio de otro escándalo de la agencia de espionaje, “la CIA está fuera de control”. ¿Lo está?

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