Rastrojos y pantanos del Otún

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La cuenca del río Otún, que proporciona el agua de Pereira, es un ejemplo de los esfuerzos por mantener la fuente de la vida. La historia de este empeño se remonta a 1948, cuando unos visionarios pereiranos —entonces era Caldas— emprenden el viaje al lejano centro del poder y logran del Ministerio de Agricultura y Ganadería en Bogotá un Decreto para declarar esta zona como área forestal, protectora y productora.

Los registros históricos parecen refundidos, pero la estatua que merecerían los pioneros sería la de rostros incógnitos de una sociedad civil que intuía hace 80 años, a contrapelo del mito del “progreso” del colono, la importancia de cuidar la cuenca, en uno de los primeros atisbos nacionales de “desarrollo sustentable” (la estatua habría que hacerla refundiendo el hierro del monumento al hacha de la vecina Armenia).

Posterior al primer decreto, esta cuenca y algunas aledañas fuéron cobijadas por capas y más capas de “protección” legal: la Ley 4 del 1951, los acuerdos municipales, el PNN Los Nevados, el Parque Ucumari, la CARDER, el Santuario Otún- Quimbaya, el POT, el POMCAS, la declaratoría de territorio de protección RAMSAR para los humedales… Pero las siglas no son conjuros mágicos que garanticen la protección real sobre el terreno, aunque algo han ayudado.

En el recorrido, guiado por un viejo amigo que trabaja por la cuenca hace 40 años, entendí la importancia de los humedales como reguladores hídricos. Vimos cómo un potrero hoy restaurado había recobrado sus juncos, tifas, rascaderas, aves acuáticas y ¡milagro!: el agua; tanto que el chorro que salía de sus drenajes experimentales había seguido manando sin secarse a pesar de dos “Niños” traviesos con sequías feroces. El amigo —que trabaja en Aguas&Aguas de Pereira, encargada actualmente de “gestionar el recurso hídrico”— dice humoroso que le toca aguantar a los vecinos cuando lo tachan de tener esas “mangas” hechas un rastrojero lleno de pantanales, y soportar la auditoría ambiental que lo acusó de haber derramado hidrocarburos, cuando la ignorante funcionaria vió flotar la iridiscente “capa rosa” compuesta de material vegetal y minerales de un humedal sano.

Mientras caminábamos hacia un lugar “sorpresa”, hablamos sin cesar de los dilemas de si sembrar árboles o no sembrar y qué sembrar, si hay que pavimentar la vía de acceso, de la disyuntiva entre conservacionismo radical o inclusión del ser humano en el entorno protegido; nos burlamos del gusto colombiano por los descafeinados paisajes suizos de postal mientras nos abríamos paso por la trocha densa de un bosque andino húmedo y vibrante. En las pausas de la caminata concluímos que la comunidad es clave, y elogiamos a los muchachos y chicas de la Asociación Comunitaria Yarumo Blanco, locales con sentido de pertenencia que son guardianes naturales del agua y el entorno. Discurríamos sobre cómo paradójicamente un comité civil —al que asisten desde el campesino hasta el gobernador, el Comité Operativo Cuenca Alta del Otún— libre de disfraces institucionales, limitación de competencias y jerarquías burocráticas, era la verdadera fuerza humana detrás de la conservación efectiva de la zona. Interrumpió la charla el rugido creciente del chorro de Los Frailes del parque Ucumarí, una cascada de 70 metros que crea sus propios huracanes y visiones. Quien aún dude de que toda agua es sagrada, que mire para arriba y meta la cabeza en este surtidor de bendiciones.

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