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Este es un tiempo de paradojas, se dice. Un tiempo en el que Colombia aparece ante el mundo como un país pretende alcanzar la paz con la mayor violencia posible. Esa, la paradoja que nos representa. Somos el país de los que se niegan a perdonar, aunque solo vivieron el dolor desde las noticias amañadas y la academia deshumanizada, mientras el campesino de Tame, Saravena, Macayepo, Majagual, Mapiripán, por mencionar sólo algunos municipios, está dispuesto a perdonar con el fin de tener un alivio a las muchas muertes vividas.
Tiempo de absurdos se dice también. ¿Cuál no lo ha sido me pregunto? Sin embargo, el absurdo es nuestro estado histórico y social, porque se ha construido como algo natural y para el que parece que en muchas regiones de la Colombia llamada profunda, es decir, de la que no se tiene noticia ni interés en Bogotá, está predestinada. Veamos cómo explico esto.
Viví los primeros veinte años de mi vida en una región absolutamente rica y fértil, pero soberbiamente pobre. Hablo de la zona de La Mojana. En Majagual (uno de los cuatro municipios que conforman la Mojana sucreña) viví y crecí con muchos padecimientos económicos rodeada de vecinos, algunos como mi familia (madre y abuela) ; y la mayoría adinerados, dueños de la tierra y de los negocios del pueblo por tener en sus manos el presente y lo que estaba porvenir de campesinos, pequeños comerciantes, maestros y empleados de entidades estatales de pueblo. Era normal por ejemplo que la alcaldía o el departamento tardara en pagar hasta seis meses a sus empleados y la nómina fuese vendida casi en su totalidad a estos vecinos que “compraban” al mejor estilo del actual gota a gota los salarios atrasados. El oficinista, el maestro, el comerciante, veían solucionado su problema económico y quedaba agradecido con el corazón.
Esto era normal. Así se enriquecieron y adquirieron tierras para sembrar arroz, millo, maíz, yuca, plátanos, ahuyama, ñame. Además del negocio del ordeño de la leche que también era de ellos. El campesino que no saldaba los intereses y menos el capital, terminaba cediendo sus pocas tierras para pagar lo impagable y pasaba a engrosar la peonada de las fincas de estas familias. Entonces con el poder económico adquirido, elegían sus concejales, alcaldes, representantes a la Cámara y hasta senadores. Eran tiempos de Martínez Simahan los Guerra Tulena, De La Espriella y demás personajes que se dieron la gran vida en sus ciudades y en Bogotá a costa del electorado mojanero.
Pero aquello era lo normal porque estas familias electoras, eran hijas del pueblo: cariñosas, católicas, iban a todos lo velorios, ayudaban con la fórmula para el hijo enfermo, se emborrachaban con los pobres y los ayudaban ¡carajo! Pero eso sí, sólo sus hijos tenían la tierra, sólo sus hijos viajaban a Sincelejo, Cartagena, Barranquilla y Bogotá a profesionalizarse. Pero eso seguía estando bien a pesar de que la miseria rodeaba al pueblo en barrios con nombres tan literales como La Lástima o El Carmen o Guayabalito (el barrio arriba) o Puerto Puya a la orilla del caño Mojana que era el basurero del pueblo, hoy casi extinto.
El arroz por cantidades hasta de sesenta u ochenta bultos sólo para los pobres. Hablar de miles de bultos para exportar, era asunto de las familias de la Calle Central.
Es decir, la corrupción como una tradición, con la aceptación tácita de que ese es el orden normal y definitivo; la corrupción y el vasallaje como un destino aceptado con cariño como una dádiva de doña Menganita o don Fulano, “tan buenas personas, tan serviciales”. La corrupción como algo tan sencillo como ser católico, como “es mejor malo conocido, que bueno por conocer”. Por eso en esas tierras de gentes buenas y sin una segunda oportunidad de nada, Álvaro Uribe es rey, perdón, Duque.