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“En este mismo año me han dado el Premio de los Libreros de Euskadi del País Vasco, el Premio de Novela Negra de Madrid, el Premio de Novela Negra de Barcelona. Esta mañana me han llamado justamente del supermercado para decirme que acabo de ganarme un secador de pelo y ahora esto. Cuando en España te premian tanto: malo. Te quedan cuatro días”. Así comenzó su discurso la escritora española Alicia Giménez Barlett en la ceremonia de entrega del Premio Planeta 2015. Premio que ganó por su novela Hombres desnudos (Planeta, 2015).
En la mañana del 15 de octubre del año pasado, Alicia Giménez Barlett salió de compras con su hija. Recorrieron un centro comercial buscando la ropa adecuada para que Giménez asistiera a la cena del Premio Planeta ese día en la noche. Compraron artículos que no necesitaban: bolsas, relojes, cinturones. Después de caminar dos horas por los pasillos repletos de gente, Giménez se detuvo frente a la vitrina de una diseñadora holandesa. Una sudadera plateada, con la palabra merde (mierda) bordada en el pecho, estaba exhibida ante sus ojos. Se quedó pasmada imaginando los trajes con los que los intelectuales asistirían a la cena. No dudó en comprarla.
—Me fastidia mucho lo solemne y la concesión del Premio Planeta lo es completamente: un encuentro con más de mil invitados y toda la sociedad élite de España. Cuando compré la sudadera, mi hija me dijo que estaba completamente loca y le respondí que había que quitarle un poco de solemnidad. Me presenté con el saco ese y me divertí como una loca. Cuando me acercaba al jurado y a los políticos no podían disimular la cara: no lo podían creer.
Hombres desnudos es un compendio de conversaciones y monólogos entre Irene, Javier, Iván y Genoveva. Los dos primeros, los protagonistas, presencian en primera fila el espectáculo en el que se han convertido sus vidas. Por un lado, Javier: un maestro promedio que pierde su empleo y se ve trabajando como estríper frente a mujeres ricas que lo usan como compañía y desahogo emocional; y por el otro, Irene, una mujer aparentemente premiada por la vida: empresaria, adinerada, hermosa, pero completamente sola, abandonada por un esposo que le revela que nunca la amó. En esta novela la quiebra económica se ha convertido en un estado de ánimo de inevitable siniestro total y la soledad se descubre, luego de muchos años, como la única verdad que se ocultó bajo la maquinaria social. Todos los personajes, hablando en primera persona, evitan el juicio y la parcialidad del autor-narrador, que según Giménez Barlett, siempre tiende a orientar al lector. “Quería que el espectador juzgara y se diera cuenta por él mismo cómo un ser humano se equivoca. La voz está completamente en manos del lector”.
“Debo de ser una mujer extraña; en vez de estar llorando a lágrima viva, mi sentimiento más intenso es la curiosidad. Quizá solo pretendo ser diferente para no engrosar una nómina muy común: la de esposa abandonada. El asunto permite pocas interpretaciones: me han abandonado”, así habla Irene en el primer capítulo del libro.
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Alicia Giménez Barlett creó la inspectora de policía Petra Delicado, una mujer de Barcelona, que apareció por primera vez en la novela Ritos de muerte en 1996 y que la lanzó a la fama con nueve obras de la saga y una serie de televisión. Sin embargo, Giménez Barlett ha hecho más: ha cultivado el ensayo con obras como El misterio de los sexos (De bolsillo, 2000) y La deuda de Eva (Lumen, 2002).
Con Hombres desnudos, la escritora abandonó la novela policiaca, ese terreno que maneja con destreza y que la puso en el lugar de “la gran dama española del crimen”, según la crítica española, para abrazar un oficio más desconocido: la novela social. “Yo diría que soy una preguntadora de la historia. No tengo ninguna solución para nada, pero tengo cierta sensibilidad para las cosas que nos tocan en un momento dado”.
Está de visita en Colombia por la gira del premio. Mientras habla, no para de tocar el collar de perlas que se adhiere a su cuello en pliegues. Es su primera vez en Bogotá: no le gusta viajar. Dice que conocer nuevos sitios cada vez le causa mayor angustia y cansancio; prefiere, mientras tanto, quedarse en casa con sus dos perros y beber cerveza con sus amigos en Barcelona.
A una edad en la que muchos se entregan a la placidez que otorga el prestigio, esta mujer nacida en 1951 todavía tiene una rutina de escritura rigurosa: cuatro horas diarias continuas para elaborar los personajes. Cinco horas de lectura para aprender. Aunque, según ella, ahora es más indulgente consigo misma. Se describe “más frívola” porque a veces solo quiere salir al jardín y jugar con sus mascotas o irse de juerga con sus amigos. De repente hay otras cosas que le resultan más atractivas.
“Una cosa es básica: no dejar de vivir nunca. A veces leo que hay escritores que han entregado su vida completamente a la escritura y yo no he sido capaz de eso. Además, creo que se debe degustar la vida y comprender a los demás. Tratar de entender a los seres humanos que te rodean y tratar de hacer cosas importantes: beber con los amigos, practicar sexo cuando te apetezca. La vida es muy atractiva y dejarla a un lado puede producir genios como Borges, que escribió mucho y vivió poco; pero también puede producir monstruos”.
Habla sin autoconmiseración, con el mismo tono modesto y despreocupado que usa en sus libros. En medio de la conversación, como si halláramos una estrella de mar entre las rocas de una playa, narra su primer recuerdo asociado con la escritura: “una vez mi padre me dijo: ‘Cuando eras pequeña te sentabas en mis piernas y decías que te escribiera los cuentos que tú narrabas’. Eran unas atrocidades de unas marquesas en el teatro”. Ese deseo de escribir es previo a tener capacidad física para hacerlo. Nunca pensé en hacer otra cosa. Nunca. Cuando dibujaba, como los demás niños de mi edad, siempre era una historia. Hacía una figura de una chica que estaba en un lugar y describía cómo llegaba a otro, siempre con un hilo conductor. Por eso pienso que escribir es una maldición horrible porque no te desampara, no hay otra manera de vivir”.