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“The Hard Problem”: la ciencia de las emociones

Con esta obra, escrita por el dramaturgo Tom Stoppard, empieza hoy la nueva temporada del National Theatre Live en Cine Colombia.

Olivia Vinall (Hilary) en “The Hard Problem”, de Tom Stoppard. / Foto: Johan Persson
Olivia Vinall (Hilary) en “The Hard Problem”, de Tom Stoppard. / Foto: Johan Persson

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O vamos al teatro a divertirnos o a pensar, pareciera ser una dialéctica perversa a la que se someten tanto los espectadores como los que ponen los dramas en escena. Muy pocos han logrado conciliar este aparente antagonismo. Uno de ellos, aún en el siglo XXI, cuando todo parece indicar que las diferencias se acrecientan, ha sido el dramaturgo británico de origen checo Tom Stoppard quien, desde los años sesenta, tanto en las tablas como en el cine, ha sabido encontrar el delicado equilibrio entre la profundidad y el juego, entre la oscuridad y la luz, entre la abstracción y la superficie.

Stoppard ha podido construir edificios para “puristas” shakesperianos tales como Rosencratz y Guildenstern han muerto y pasar a sofisticados divertimentos para la pantalla que, como Shakespeare In Love, conquistaron hasta las alfombras rojas del Hollywood más convencional. Así ha sido su labor como escritor de dramas para la representación: un baile entre el vacío (Jumpers) y la duda (Travestis), entre el pasado (La tradición inglesa) y las nostalgias recientes (Rock’N’Roll).

En el 2015, el National Theatre de Londres, en un montaje de Nicholas Hytner, sorprendió a tirios y troyanos con The Hard Problem, una obra en la que, en medio de un ambiente, en apariencia realista y contenido (salas, alcobas, oficinas), el mundo comienza a descomponerse, en la medida en que sus personajes se debaten entre la conciencia individual y la predestinación, entre las decisiones de Dios y los caprichos del cuerpo, entre la predestinación de la neurobiología y las rebeliones del azar. El texto de Stoppard atraviesa la vida cotidiana y la fustiga, ahonda en sus banalidades. Y una taza de café se convierte en un ejercicio metafísico, mientras que un diálogo post-coito termina asumiendo dimensiones teológicas. ¿Complicado? Por supuesto. Pero el acertijo se torna muy pronto en un ejercicio hipnótico, en una necesidad en la que todos los espectadores nos sentimos inmersos, tal como lo anotó en su momento Mario Vargas Llosa, al presenciar una de las representaciones de la obra: “The Hard Problem empieza de verdad cuando termina el espectáculo”, anotaba el nobel peruano. Es decir, en las adictivas consecuencias a las que nos lleva el acertijo de los diálogos y las situaciones, que no son los de las comedias de equivocaciones o de las infidelidades previsibles, sino los de los misterios insondables que nunca tendrán respuesta porque, de otra forma, nuestro paso por la tierra no tendría ningún sentido.

El difícil problema en el que nos sumerge Tom Stoppard es, nada más ni nada menos, el de las tremendas preguntas que justifican la existencia de las grandes obras de arte: el viaje hacia lo desconocido. De otra parte, la puesta en escena del National Theatre entiende que la fascinación de Stoppard está en sus palabras. Los actores, los efectos, las luces o los artificios están al servicio de una reflexión que trasciende la superficie. Hay, poco a poco, un tránsito entre la vida cotidiana y la luminosidad interior, los infinitos saltos neuronales parecieran “decorar” los diálogos pero, finalmente, es el Verbo el que triunfa sobre la acción. Si en una obra policiaca “el gran problema” es descubrir la identidad del asesino, en The Hard Problem el desafío es mantener la atención viva en los espectadores alrededor de un enigma que no tiene solución. En última instancia, el tema que devela y desvela el drama de Stoppard es el de un libre albedrío desde la perspectiva de la ciencia o una predestinación siniestra en la que el gran arquitecto del universo ha manipulado los trillones de piezas que conforman nuestro cerebro para no dejarnos otra salida que la de un portazo en las narices. La fábula que narra uno de los personajes indica cómo los murciélagos salen a cazar en la noche, para luego darles de sus frutos sangrientos a sus congéneres minusválidos. ¿Hasta dónde puede llegar la indulgencia de la naturaleza? Imposible saberlo. Pero Stoppard resuelve las dudas con la genial certeza de su propia incertidumbre.

*La obra será proyectada en Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla, Bucaramanga y Cartagena.

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