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Mi primer día como corresponsal de El Espectador en Medellín había luto. Mientras en Bogotá los medios de comunicación se ocupaban del proceso 8.000, ese martes 20 de junio de 1995, la ciudad continuaba recogiendo los escombros del bombazo al Pájaro de Botero, en el parque San Antonio, que había matado a 23 personas diez días atrás. “Aún estamos enviando informes de la bomba”, me decía mi jefe Carlos Mario Correa, sin mucho tiempo de enseñarme cómo iba a hacer el trabajo, porque la noticia no dio espera. Ayudé a recoger algunos testimonios de esa crónica, pero en un abrir y cerrar de ojos ya era 22 de julio en Fredonia (Antioquia) donde el cerro Combia sepultó un barrio entero, mató a nueve personas, desapareció más de 60 y dejó a centenares heridas y sin casa. De ese día me quedó la imagen de uno de los socorristas rescatando del lodo a un bebé. Lo alcanzó a alzar de sus piecitos. “No hay nada qué hacer”, le dijo el hombre a una mujer que llevaba horas buscándolo. Ella me miraba como pidiendo apoyo o quizás que la abrazara. Pero ya estaba pálida pues nunca había visto un muerto. Y esa escena me marcó para siempre porque, sin buscarlo, mi trabajo periodístico a partir de ese momento consistió en relatar la paradoja vida y muerte: Entre el 28 de julio y el 1 de diciembre de ese año nos turnamos Carlos Mario y yo, en compañía de los reporteros gráficos Alfonso (Q.E.P.D) y Luis Benavides, el cubrimiento de 12 masacres en Urabá (Norte de Antioquia) , entre ellas Bajo del Oso, 25 muertos. Carepa, 16; Chigorodó, 18… Civiles morían en medio de una guerra sin cuartel entre las Farc y las Autodefensas Unidas de Colombia por el control de Urabá y el Oriente antioqueño. De todas hay noticias, crónicas, relatos, breves, en las páginas de El Espectador y de los otros medios. Muchas son solo cifras. Pero en mi memoria hay mucha tristeza acumulada porque en ese momento tú eres un extraño que llega con una libreta a preguntar qué pasó. Luego regresar a tu oficina, envías la nota, te vas. Pero le gente queda allá. En muchos casos llegaba en el primer vuelo y encontraba la fila de cadáveres en las bananeras. En otros, como si se tratara de un hecho cotidiano, los muertos eran lanzados a un camión para ser llevados a la morgue. Algunos no tenían cómo pagar un transporte y sacaban el cadáver de su vereda amarrado a un palo. A otros muertos nadie se atrevió a recoger. En otro escenario estaba en un sepelio donde decenas de personas en silencio, tristes, con miedo, me confiaron su dolor para que como periodista, observadora extraña de su tragedia, pudiera rescatar una historia. Viudas, huérfanos, madres, padres, hermanos, esposos y esposas me enseñaron que todos los muertos tenían nombre propio, una vida de trabajo y una memoria que preservar y, por eso, sus vidas no podrían reducirse a un simple número. Ellos son las que hoy llamamos víctimas, más de 6 millones en la actualidad. El destierro En febrero de 1997 conocí otra cara del conflicto: La del desplazamiento forzado. Luego de un bombardeo del Ejército en Riosucio (Chocó) y tras intensos combates entre paramilitares y guerrilleros un pueblo entero se desplazó. Todos eran afrodescendientes. Aproximadamente 18.000 personas huyeron a Quibdó, a Panamá y el grupo más numeroso terminó en Pavarandó (Mutatá) y en el coliseo de Turbo (también en Urabá). Por ríos, caminos y trochas llegaban hombres, mujeres y niños que me hacían sentir miserable al no poder hacer mucho por ellos. Quizá Pavarandó ha sido el campamento de desplazados más grande del país, de aquellos que viven en carpas verdes de plástico atadas a cuatro palos. Aquellos olvidados para los que la entonces Red de Solidaridad Social se equivocaba y enviaba como ayuda medias veladas y suéteres, en un clima no inferior a los 30 grados. Como en la Biblia, relaté en aquel entonces, “Moisés levantó un bastón y llevo a su pueblo a una tierra prometida” donde no corrían riesgo de ser asesinados. Lo triste es que esa tierra era de hambre y miseria y durante años posteriores, muy pocos desplazados retornaron y el resto quedó en el destierro para siempre. Hoy son más de 5 millones de desplazados en Colombia quienes como los de Riosucio han tenido en muchos casos más persecución que ayuda, e incluso han padecido varios despojos, amenazas y muerte. Adiós a Valle Ese mismo año el conflicto crecía con el avance paramilitar. Las autodefensas se extendieron al norte, nordeste y oriente antioqueños. En octubre de 1997 ocurrió la masacre de El Aro (Ituango) donde murieron 14 personas, violaron mujeres, incendiaron 43 casas, robaron ganado y forzaron el desplazamiento de otras 900. A esta nueva tristeza solo pudieron llegar algunos medios, entre ellos el reportero gráfico Jesús Abad Colorado (El Colombiano) cuya fotografía en blanco y negro de un pueblo acabado, da cuenta de la tragedia. Luis Benavides y yo no pudimos llegar a la zona. Cuatro meses después de esa matanza Jesús María Valle, reconocido defensor de los derechos humanos, fue asesinado el 27 de febrero de 1998 en Medellín por orden de Carlos Castaño. La razón: haber señalado a miembros del Ejército como colaboradores de las Auc en las masacres de El Aro y La Granja (junio 1996), en Ituango. Semanas antes, pude conocer a Valle quien había cuestionado al entonces Gobernador, Álvaro Uribe, por no haber ordenado la protección de los habitantes de esas poblaciones. Uribe rechazó los señalamientos, mientras que el Ejército lo demandó por injuria y calumnia. Recuerdo llegar al edificio Colón mientras las autoridades explicaban que dos hombres y una mujer le propinaron tres impactos de bala, dos en la cabeza y uno en el pecho. Dos días después fueron sus exequias en la Iglesia Santa Gema y en el archivo de Semana encontré las palabras del párroco Joaquín Vargas que muy bien recrean la sensación de entonces: “En este país las posiciones diferentes, claras y con argumentos sólidos que hablan de las angustias de un pueblo sometido a un conflicto que le ha quitado toda dignidad, son acalladas porque, al decir de algunos, hacen parte de uno de los bandos de la guerra. Seguimos en ese punto donde no hay contradictores sino enemigos que se deben eliminar inmediatamente”. Ardió como bola de fuego Medellín seguía de luto puesto que a pesar de ser 1998 el año menos violento de esa década, más de 2.000 asesinatos no era una cifra para alegrarse. En el resto de Antioquia a las matanzas se sumaron las desapariciones, los secuestros masivos y nuevas bombas que no alcanzaría a relatar en este espacio. Hasta ese momento ya sabía lo que era un país en guerra. Pero la escena del 18 de octubre de 1998 no se borra: Machuca (Segovia, Nordeste) ardía “como una bola de fuego” luego de un atentado del Eln al poliducto que cobró la vida de 84 personas. Cuando llegamos en un helicóptero que compartimos El Espectador y El Tiempo tuvimos que postergar un poco el aterrizaje para darle paso a las misiones humanitarias. Cuando descendimos del helicóptero y entramos al pueblo vimos a gente herida, con quemaduras gritando de dolor y pidiendo ayuda. Mientras que en otros puntos empezaban a apilarse los muertos. Todo estaba en llamas y el llanto no se detenía. “A las 12: 20 de la madrugada de ayer, cuando los aproximadamente 2.500 habitantes de este caserío se encontraban durmiendo, una explosión sacudió las camas e inmediatamente los pobladores de Machuca empezaron a correr despavoridos luego de que comenzaron a caer bolas de fuego del cielo y de que una llama imparable arrasara las viviendas, ubicadas cerca del Pocuné”. Decía el artículo que en ese entonces dicté por un teléfono. “Primero fue la explosión y luego empezaron a caer esas bolas de fuego. Todo el mundo comenzó a correr hacia arriba, pero era mucho el fuego y a muchos nos alcanzó. Con tal de salir con vida, aunque estuviéramos muertos de dolor, corríamos porque no nos imaginábamos morir quemados”, expresó David Correa, minero de Machuca, mientras personal de la Cruz Roja trataba de calmar el ardor de sus quemaduras en la cabeza”. Luego vimos a la comunidad abriendo los huecos en la tierra para enterrar todos sus muertos, en la escena más difícil que había presenciado hasta ahora… En este momento como lector ya debe estar cansado y preguntarse si en todo este tiempo no ha pasado nada bueno en el país. Si el desfile de ataúdes no fue suficiente para que los señores de la guerra dejaran de disparar. Si en promedio 25.000 y hasta más homicidios al año (cifra aproximanda de 1998) no era suficiente. Lastimosamente los años que siguieron no fueron los mejores y la disputa continuó con Eln, Farc, paramilitares, otros grupos y las Fuerzas del Estado. Aún en El Espectador, en abril de 2000, en medio del cansancio que provoca ver tanto dolor alrededor, queriendo endurecer el corazón para que tanta muerte no duela tanto, viajamos al municipio más pobre de Antioquia: Vigía del Fuerte (en los límites con Chocó). Los muertos: el alcalde del pueblo Pastor Damián Perea, 11 policías, 12 civiles, entre ellos dos niños muertos. Los victimarios: Atacaron las Farc durante más de 17 horas -frentes 34 y 57- con pipetas de gas y armas de fuego. Este día llegamos en avioneta y teníamos menos de tres horas para salir del pueblo. Tan pronto aterrizamos, los reporteros gráficos y otros colegas corrieron para tomar las fotografías y empezar el reportaje. Yo me quedé quieta en el aeropuerto improvisado que hay en este pueblo y un temblor no me dejó caminar. Me recosté en unos costales mientras un mareo me impedía avanzar. El olor a quemado y carne quemada era insoportable. Una mujer grande, con sus ojos hinchados y sollozando me preguntó si estaba bien, pues estaba muy pálida. Le dije que sí. Que como estaba ella, si había perdido un ser querido. La mujer me respondió: “Perdí a mi esposo. Usted está recostada en los cadáveres que está en los costales, estamos esperando que vengan y nos ayuden para transportarlos, reconocerlos bien y poderlos enterrar”. La memoria, 20 años después, no es prodigiosa y por eso hago este ejercicio para preguntarme por qué ese encuentro casual con el dolor y la tragedia humana que me llevó, sin quererlo, por un camino que tuvieron que tomar a la fuerza muchos de los colegas: ser corresponsales de guerra o, más bien, de la tristeza. Al recordar esa otra Colombia que algunos solo han visto por televisión, esa que llaman “en conflicto”, esa del dolor, las masacres, los atentados, la desaparición forzada, los secuestros, los niños reclutados, las minas antipersona, el abuso sexual de las mujeres como botín de guerra; esa de los más pobres que mueren debajo de los escombros, esa que muchos quisieran no existiera; esa donde niños y jóvenes se levantan de la cama a combatir con fusiles porque simplemente les tocó, o porque es la única forma de sustento… Al ver ese país que año tras año llora en el campo mientras algunos ni se pellizcan de su realidad en las ciudades -a menos que las explosiones sean cerca de su casa- me pregunto ¿quién quiere que la historia se repita?… En El Espectador trabajé hasta septiembre de 2001, una semana antes del atentado contra las torres gemelas, en Nueva York, luego del cierre de las oficinas de corresponsales, entre ellas la de su casa natal, Medellín. Ahí me preparé para otra década ( En El Colombiano y la Revista Cambio) en la que lastimosamente la historia no cambió. Hoy, 20 años después, Colombia quiere escribir que hay esperanza y no despertarse entre bombardeos, asesinatos, tiroteos, despojos y amenazas. Ser ese pájaro herido que sana.