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El DAS ha prestado meritorios servicios al país desde 1960, año en el cual el presidente Alberto Lleras lo organizó para reemplazar el Servicio de Inteligencia Colombiano creado en 1953 por el general Rojas Pinilla.
En 1974 el presidente Misael Pastrana lo reestructuró incluyendo entre sus funciones “prevenir y evitar la delincuencia”. En 1989 el presidente Barco expidió 18 decretos de reforma del DAS, señalando varias funciones: producir información de inteligencia interna y externa, proteger al Presidente y a su familia y garantizar la seguridad de personas en riesgo; cumplir funciones de policía judicial en delitos contra el Estado o el régimen constitucional; control de extranjeros y coordinación con Interpol. Esta última reforma, llamada a darle a la entidad las características técnicas, modernas, morales y profesionales que el país necesitaba, exigió modificaciones para ajustarla a la Constitución de 1991. El DAS ha tenido, pues, responsabilidades concretas.
Sin que se hubieran dado las innovaciones, entre 1992 y 2002 el DAS funcionó a media máquina, aun cuando fallas de inteligencia y operativas empañaron su itinerario. En 2002 una espiral de desaciertos redujo su prestigio, no obstante la buena voluntad de la mayoría del personal: incompetencia en el nivel superior, infiltración del paramilitarismo, alteración de archivos, sospechosa actuación de funcionarios. El Gobierno, incómodo por la situación, anunció la supresión, pero resolvió confiar el timonazo salvador a una comisión de personalidades. Las iniciativas, en general buenas, no fueron atendidas y pese a los esfuerzos del doctor Andrés Peñate, nada se alcanzó.
Demasiado cerca están los escándalos de las interceptaciones telefónicas sin aclaración y otra vez salen algunos enfurecidos personajes a pedir la supresión del DAS. Por cumplir con sus obligaciones y conducir el combate contra los narcotraficantes, en 1989 intentaron borrarlo con pavoroso atentado dinamitero. No lo lograron. Ahora, porque algunos funcionarios han enlodado su buen nombre, salen a pedir la supresión o a solicitar que se refunda con la Fiscalía, pierda su fisonomía civil o se repartan sus atribuciones con otras dependencias, entre ellas el Ministerio del Interior. Ese no es el camino. La desaparición de las instituciones por los malos manejos de los funcionarios a nada conduce. Y suponer que el remedio está en olvidar que existió alguna vez el DAS, sin haber investigado y castigado a los responsables del fracaso, es grosera impunidad. Necesitamos algo menos negativo y más eficaz. Por ejemplo, alejar de los servicios de inteligencia la politiquería; capacitar mejor a los que trabajan en el área; dejar la prueba del polígrafo para garantizar lealtades; estimular mejor a la gente honesta, cumplidora del deber, celosa de sus obligaciones, distinguida por su valor y patriotismo. El premio es para el mérito, no para el delito.
Miguel A. Maza Márquez. Bogotá.
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