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Antes era una cárcel. La penitenciaría, diseñada por Thomas Reed en la década de 1850 y construida a partir del 1 de octubre de 1874, fue la prisión más importante del país durante casi 72 años. “El panóptico” (donde todo se puede ver), como le decían, albergó durante más de medio siglo a los presos que dio la Guerra de los Mil Días. Esa guerra liberal contra la constitución conservadora de 1886, esa guerra que duró tres años y que sus principales escenarios fueron Santander —los famosos combates de Peralonso y Palonegro—, Tolima, partes de la Costa Pacífica y Panamá. Todos esos hombres que antes de ser hombres eran liberales y odiaban a muerte a los conservadores —no había resquicio para la duda o para la neutralidad —habitaron ese edificio enorme, ese monstruo café en el centro de Bogotá que desde su construcción tuvo el futuro adivinado: ser importante. El más importante.
En marzo de 1946 los presos fueron trasladados a la nueva cárcel La Picota y el Gobierno destinó la construcción para ser la sede definitiva del Museo Nacional. El edificio fue restaurado y adecuado para funciones museológicas y la inauguración, programada para el 9 de abril de 1948, debió postergarse a causa de los motines ocurridos en la ciudad por el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán. El 2 de mayo se abrió al público con “tres museos nacionales”: en el primer piso el Museo Arqueológico y Etnográfico, en el segundo, el Museo Histórico, y en el tercero, el Museo de Bellas Artes.
El sitio ha sido una bestia que no solo ha combatido con el enemigo más poderoso: el tiempo, sino que ha estado en guerra con el país, con la gente, con él mismo. Ha soportado, incluso, ver su piel corroída por ácidos. En agosto de 2005 sufrió daños en su fachada al ser limpiado con una sustancia corrosiva. El Museo Nacional es un sobreviviente.
Siempre que pasaba en carro sobre la carrera séptima y nos deteníamos al frente del edificio, me quedaba mirando por la ventana a ese gigante. Conocía esa historia de muertes y destierros dentro de sus cuartos. Los árboles haciendo de teloneros ante una belleza que duele por lo misteriosa y lo grande y lo inabarcable. Detrás el cielo siempre estaba oscuro y de tajo, como una espada en una sábana blanca, el ladrillo café rompía con el gris de los edificios vecinos.
El día que entré por primera vez al Museo había leído estos versos del chileno Alejandro Zambra: “Ella viaja largas horas y no llega a su destino, / hay carteles con su nombre, hay personas / que esperaban un encargo y ella viaja largas /horas y no llega y eso es todo (…)”. El poema, con una música que parece el canto de un pájaro grande, me recordó que irse no significa cambiar. Que estar en ruinas es la única manera de encontrarse y perderse, aunque esos dos estados a veces sean los mismos. Pensé en el Museo, en esas paredes que han visto a un país crecer a su alrededor como una herida que se rehusó a sanar. Miraba ese lugar, todo el caos que ha sufrido: como ha sido adaptado, modificado, limpiado y reconstruido. El mundo es caótico y la trampa es encariñarse de una parte de él. Las ruinas son un regalo.
“Visitar un museo (cualquiera que sea) debería ser un ritual”, pensé cuando entré a la primera sala. “Pura Fibra”: tejer pensamiento, pensar tejiendo, una exposición con la que se busca dar a conocer algunos saberes y prácticas referentes a la obtención y transformación de fibras, su uso en la elaboración de objetos, así como la relación entre las poblaciones que los crean y su entorno.
115 objetos etnográficos, en su mayoría pertenecientes a la colección del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh), recolectados por los pioneros de la etnología a mediados del siglo XX. Por medio de las piezas en exhibición y de una serie de testimonios de artesanos y campesinos provenientes de distintas regiones del país, presentan algunos de los oficios practicados por comunidades indígenas, afrodescendientes, campesinas y urbanas. Grupos sociales que han empleado especies vegetales recolectadas en diferentes ecosistemas para la elaboración de objetos asociados con actividades y necesidades cotidianas. Recolección y preparación de alimentos, protección del cuerpo, crianza, cura de enfermedades y resguardo del sol, la lluvia y el viento. Sombreros, maracas, mochilas, muñecas, platos, canastas, abanicos… Una colección de enseres que solía ver acumulados en la habitación de mis abuelos, y que todavía usan como queriendo decir: “nos negamos a desaparecer”.
La sala es pequeña en comparación con las otras que tiene el Museo. Está dividida en cinco secciones: “Para el cuerpo y el alma”, “Para transportar, conservar y consumir los alimentos”, “Para resguardo del sol, la lluvia y los vientos”, “Para la crianza y la transmisión de conocimientos” y “Para danzar, cantar y compartir”.
“Visitar un museo debería ser un ritual”, pensaba todo el tiempo. Los museos están llenos de todas las cosas que están hechas para ser olvidadas pero que no olvidamos nunca; de las que están hechas para no olvidar jamás (el dolor, los muertos queridos, aquellas tardes en forma de cuadros o esculturas o poemas) y qué, sin embargo, hemos olvidado para siempre. Llenos de fantasmas. De política. De silencio y de gemidos. De esas cosas, o de otras y, a veces, inevitablemente, de cosas que no le importan a nadie. Pero ahí siguen: sobreviviendo. Queriendo decir: “nos negamos a desaparecer”.