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Protestar pero con respeto

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En el artículo 56 de la Constitución Nacional se consagra el derecho de huelga, con las excepciones que la misma impone.

En nuestro país en forma amplia y libre se permite este derecho y se brindan garantías a todos quienes quieran participar. Pero lo mismo no se puede predicar de todos los intervinientes, porque hay casos que realmente merecen especial atención, y es hora de que los gobiernos municipales y el nacional le coloquen especial atención a este aspecto.

No es concebible que quienes marchan y quieren hacerse oír no apliquen las mínimas conductas hacia los demás y, curiosamente, sí lo exijan para ellos. En Bogotá, y en muchas ciudades capitales, cada rato se presentan marchas por disímiles situaciones, unas con mejores argumentos, otras con mayores razones, unas absurdas, otras por hacerse notar, incluso, unas que se convierten en habituales. Entonces, por más justificado que sean dichas movilizaciones, no se puede permitir que el vandalismo y la sinrazón se las tomen.

Exactamente en Bogotá, cuando a alguien le da por protestar, lo primero que hace es obstaculizar el transporte masivo Transmilenio, interrumpiendo el diario vivir de sus habitantes. Cuando hay marcha en el centro de Bogotá, es mejor no transitar por este lugar, ya que todo se vuelve un caos. Además, los propietarios de locales comerciales cierran, porque casi siempre son objeto de atropellos. Absurdo, como ha sucedido en fecha reciente, que un número no superior a veinte personas paralice gran parte de la ciudad, y no se vean soluciones a la vista.

El Concejo distrital y el Alcalde están en mora de aplicar con rigor la ley y, si es el caso, promover las reformas para que en estas situaciones se judicialice a quienes en forma camorrista quieren hacer de las suyas.

Asimismo, que los estudiantes se pronuncien, digan lo que opinen, expresen lo que consideren, pero que sus manifestaciones no se impregnen de papas bomba y demás elementos que desdibujan su actuar.

Reprochable cada vez que los estudiantes de la Distrital, Nacional o Pedagógica salen a marchar, ya que quienes nada tienen que ver con el asunto, terminan perdiendo, y son víctimas de situaciones censurables. Asimismo, muchas veces los policías que cumplen con su deber son objeto de la ferocidad de los participantes. Cuando se exige respeto, se debe brindar.

Rubén Darío Bravo Rondón. Zapatoca, Santander.

Columnistas y política

El Espectador de Guillermo Cano se diferencia de El Espectador de estos tiempos en que no sabía uno con qué columnista empezar la lectura del diario. Todos eran cultos, sosegados, sabiondos; cómo extraño al gran Panglos y al eminente Jorge Child. Para el caso de este comentario, en esa tónica escriben en estos tiempos el magnífico William Ospina y Eduardo Sarmiento, entre otros.

Me siento engañado cuando en un escrito se deduce o insinúa que el presidente Chávez se va a caer porque el petróleo se cotiza a un bajo precio; sin ser economista entiendo que un precio de 35 ó 150 dolares el barril es coyuntural determinado por la economía especulativa que impusieron quienes controlan el mercado mundial de los bienes. Que falta de objetividad; por el contrario, qué juicioso el editorial de El Espectador del pasado domingo sobre la realidad venezolana. Un día sucederá que Venezuela dejará de importar alimentos de Colombia y nunca sabremos por qué sucedió. El fanatismo político conlleva la no aceptación de la realidad y el pensar con el deseo. Al señor Ernesto Yamhure, me da mucha pena, pero “le falta mucho pelo pa moño”.

Leo con mucho gusto a los enormes Noam Chomsky y Paul Krugman.

Ojalá El Espectador de hoy vincule más personas equilibradas en sus juicios que muestren la otra cara de los acontecimientos, tenemos derecho a estar bien informados.

James Castaño Méndez. Sincelejo.

Al fin que… somos o no somos

Son increíbles las contradicciones que de toda índole padece nuestro país. Para muestra un botón. En la edición del jueves 19, los dos principales diarios dan fe de lo que escribo.

El Tiempo en su página editorial y bajo el título “Tragos infantiles” hace un análisis del  terrible flagelo de la adicción etílica desde la más temprana edad. El mismo día Uds., El Espectador, en primera plana y en una excelente fotografía muestran, sin recato, el “chorro del charro”, que no es otra cosa que una invitación al consumo de licor. La misma fotografía, sin la botella desde luego, habría servido para promocionar “el chorro de voz del charro” mostrando su verdadero arte y no como promotor del consumo de alcohol.

Ary J. Vivas T. Bogotá.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com

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