Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Ya en el siglo XVIII —en plena Ilustración—, Rousseau reconoce que los animales, a pesar de carecer de entendimiento y libertad, participan de la naturaleza humana gracias a la sensibilidad, hecho que conlleva que deban participar del derecho natural, y que supone además ciertas obligaciones con el fin de protegerlos. Según su planteamiento, que parafraseo en mis propias palabras: “Si estoy obligado a no hacer ningún mal a mis semejantes, esto se debe no tanto a que estos sean racionales, sino por tratarse de seres sensibles, característica que, por resultar común al animal y al hombre, supone que aquel no pueda ser maltratado por este”.
Rousseau fue de todo: filósofo, escritor, músico, naturalista, botánico… (Solo le faltó ser Procurador, pero no había cómo). Su importancia radicó en sentar las bases de la democracia moderna, concepto algo sofisticado para muchas mentes. Pero, bueno, resumamos el espíritu de este pensador francés en una de sus tantas frases: “¿Por qué solo el hombre está sujeto a hacerse imbécil?”.
Volviendo al punto inicial, tampoco es necesaria una agudeza cerebral a lo Einstein para entender que los animales merecen nuestro mejor trato, y amor y comprensión. Y un régimen jurídico que los reconozca no es mucho pedirles a esos dioses-humanos, esas grandes “personas”. ¿No hay derechos entorno a las piedras y los minerales? Por ejemplo, el agua, el aire… ¿No existen leyes para proteger los ríos y los árboles? ¡Legislamos incluso en relación con el espacio ultraterrestre… más allá de este planeta, donde no llega ni un mosco! (excepto el deseo de dominación). ¡Qué vergajos tan civilizados!
¿Por qué pensar entonces que los animales son meras cosas, meros insumos al servicio de la técnica y la explotación? ¿Tanta humanidad nos falta? Según los makuna (¡personas de verdad!), una comunidad étnica al sur del Vaupés y parte del Amazonas, los peces —y los árboles— son personas; ellos hablan de los peces-gente, y también de que ellos mismos son peces, gente-pez. En la India las vacas y los búfalos son sagrados, y las ratas encarnaciones de espíritus humanos; en China el tigre es un animal muy importante; y en algunas zonas de Vietnam las ballenas son veneradas como dioses…
Pero aquí —en el país de las falacias— nos damos ínfulas de superioridad moral; no queremos abortos, homosexuales, librepensadores, grafiteros, ambientalistas, defensores de los animales…; qué hartera esos seres tan humanos, tan quejumbrosos, que no entienden siquiera que hablar de “tortura animal”, por ejemplo, es un eufemismo (un galimatías nivel-Dios), siendo que se trata de arte, cultura y tradición. Todavía creemos que “la naturaleza fue creada para que nos enseñoreáramos sobre ella”. Y con este refrito queremos legislar, nosotros, que sí somos personas. ¡Apague y vámonos!