Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
A los periodistas nos tildan a veces de carroñeros y aves de mal agüero porque tenemos la tendencia a hablar con mayor frecuencia de los hechos oscuros o dolorosos de la realidad. Es nuestra tarea porque denunciar es parte del oficio, pero de vez en cuando es bueno tener motivos para la esperanza y en estos días he tenido un par de momentos que me reconcilian con la posibilidad de futuros mejores y más humanos.
El primer escenario es Estados Unidos: Aunque lograr algún cambio en materia de armas suena a utopía, ver a miles de estudiantes caminar por las calles de las principales ciudades de ese país bajo la consigna de la defensa de la vida, a mí me genera esperanza. Siempre que los jóvenes se pronuncian y se mueven a la acción, la historia puede cambiar. Esta vez no pasó lo de siempre: primero la masacre, luego el llanto, la indignación, el debate de unas horas y al final… nada. Esta vez los jóvenes no han permitido que se olvide la historia de sus compañeros muertos en la masacre de la escuela Parkland en Florida y el grito se ha extendido por todas partes.
Los jóvenes arrastraron a sus padres, a sus abuelos y algunos emocionados decían que esos adolescentes estaban dando una muestra de coraje que ellos no tuvieron. Me sorprendió escuchar la claridad de una niña de 12 años, una de las líderes del movimiento, cuando hablaba de la necesidad de poner la vida por encima de todo y de cómo los estudiantes que no tienen derecho al voto pagan con sus vidas las decisiones de los políticos a quienes no han elegido.
Esos ríos de gente liderados por unos chicos que muchos creen incapaces de ir más allá del activismo de redes son un motivo grande de esperanza. Aunque las apuestas estén en su contra, es valioso lo que hacen y la historia dice que las grandes transformaciones siempre comienzan con pronósticos negativos. Las sociedades tienden a mantener lo establecido y es deber de todos cambiar esas realidades cuando hacen daño. Eso me lleva a mi segundo motivo de esperanza.
El escenario es un club en Bogotá. Uno de mis grandes amigos decidió casarse con su pareja de hace tiempo y yo asisto al primer matrimonio gay en mi vida. Siento en el evento que me gana la emoción al poder celebrar el amor, el compromiso y la vida con la plenitud de los derechos que durante muchos años fueron negados. Algunos de los presentes comentamos que sentíamos estar viviendo un momento importante de la historia porque este matrimonio es evidencia concreta y real de que el mundo sí puede cambiar, sí puede ser un lugar en el que podamos convivir todos con respeto. Falta camino para que la sociedad en su conjunto deje de lado prejuicios y taras heredadas, pero que la ley nos cobije a todos sin discriminación es un paso gigante para celebrar y proteger. También esa batalla comenzó con pronóstico en contra y fueron años de marchas, protestas y rechazo antes de poder llegar a esa fiesta que vivimos un grupo de amigos en Bogotá. Esa batalla no ha terminado.
Suele suceder con esas transformaciones cruciales que primero están los hechos reales, luego vienen las leyes que los reconocen aunque se demoran en llegar, y al final el cambio cultural pleno. Llegará, además de las leyes y fallos que protegen a la comunidad LGBTI, esa evolución social y tengo fe en esa misma generación de niños y jóvenes como los que marcharon en Estados Unidos. Ellos, que nacieron en un mundo más incluyente, que tienen compañeros de familias diversas, acabarán de dar el paso final para que a nadie se insulte ni discrimine por su condición sexual o su género, algo que hoy garantiza la ley pero que tiene que llegar a nuestra realidad cotidiana rompiendo la peor barrera, la del prejuicio mental. Jóvenes que piden menos armas en manos de civiles y ver que ya no hay discriminación en el matrimonio son motivos para tener esperanza a pesar de todo.