Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
No había calles, no había casas, no había edificios. No había luz, no había teléfonos. No había comunicaciones. Todo era destrucción por donde se mirara. Armenia era otra. Armenia había casi que desaparecido. Ese día cambió todo el panorama. Cambió vidas, enmudeció a muchos. Se silenciaron amigos. Todo se derrumbó en menos de dos minutos.
La noche del 25 de enero llegó muy temprano. Después de la réplica, a las 5 y pico de la tarde, todo era oscuridad y la polvareda se había extendido por toda la ciudad. A las 8 de la noche, después de haber permanecido en casa escuchando el llanto de mis hermanas, decidí salir hacia la improvisada morgue en la Universidad del Quindío.
Caminé lentamente, pues poco se podía ver, ya que la iluminación era con linternas o las luces de los vehículos. Antes de llegar a la morgue, observé mucha gente apiñada gritando, llorando, suplicando. Algunos estaban sentados, agachados y con su cabeza entre las manos.
Bajé hasta el coliseo de la Universidad del Quindío, donde se había ubicado la morgue. Allí, junto a la puerta de entrada, había un señor ofreciendo un ataúd por $150.000. Lo miré y le pregunté por qué se encontraba en ese sitio y de dónde venía. Me dijo que estaba ofreciendo ataúdes y que había llegado de Cali. Le pedí que se retirara, pues ese no era sitio para su indigna oferta. Mientras tanto, camionetas o jeeps llegaban con bultos, no de café, sino con personas muertas en el terremoto. Detrás de cada carro, personas llorando. Los médicos y paramédicos se acercaban a la puerta de entrada y sacaban cada cuerpo para ubicarlo como mejor se podía.
Una señora suplicaba, imploraba que la dejaran entrar. Yo entreabrí la puerta y miré hacia adentro. Tenían los cuerpos en fila y los médicos no daban abasto.
Subí para cerciorarme de que había gente ayudando, pero me encontré con algunos personajes ofreciendo ataúdes. Tenían unos 10 de ellos en fila y gritaban: “¡Dos millones por ataúd!”. “¡Lo fiamos!”. Me enardecí y les grité: “¡Lárguense de aquí!”. En ese momento, se me vinieron las lágrimas. No podía resistir tanta tristeza unida a vendedores en momento inoportuno. Una reportera de un canal de televisión se me acercó y me preguntó qué pasaba. Recuerdo que tomé el micrófono y pedí a gritos a todo el mundo que por favor regalaran ataúdes, que los muertos eran más de mil y que unos miserables querían hacer negocio con base en el terremoto.
Salí de allí y corrí a donde unos amigos que habían llegado de Cali con ayuda. Entre ellos venía un médico. Traían agua, alimentos y medicamentos. Nos fuimos al sector del barrio Granada. Todo era oscuro. Había fogatas por todo lado, en cada cuadra. Casas caídas totalmente, gente en silencio, sollozos de niños.
Les ayudé a repartir lo que traían en el vehículo. Entrábamos a algunas casas a entregar agua o alimentos. El médico verificaba datos y entregaba medicamentos, según los casos. Recorrimos otros sitios como queriendo colaborar, pero no había mucho por hacer. Encontrábamos lo mismo por donde pasábamos.
Hacia la una de la mañana, regresé a casa con la tristeza y la destrucción unidas en una sola. No pude contenerme y lloré por largo rato. Esa noche no pude dormir.
Hoy, diez años después, ha habido recuperación, pero falta mucho. Sigo creyendo que la reconstrucción no ha llegado todavía como debe ser. Hay sectores donde se manifiesta la falta de labor durante estos diez años.
Hoy, diez años después, no hay empleo, no hay empresas, no hay industria. Hay muchos niños y jóvenes sin futuro. Sin estudio. Hay muchas personas buscando trabajo, pero no encuentran.
Hoy, diez años después, por aquí pasaron camellos por la Avenida 14 de Octubre, cayeron pirámides por toda la ciudad, construyeron sarcófagos en la carrera 14, pero no ha habido una verdadera reconstrucción. En Armenia hubo un terremoto, pero reconstruyeron a Pereira.
Manuel Gómez Sabogal. Armenia.
Sobre Urrá
Los saludo. Extraordinario su medio de comunicación, que al menos garantiza imparcialidad en los escritos de temas indagados. No hay nada de irrespetuoso en lo escrito por el señor Alfredo Molano sobre la represa de Urrá. Lo que ocurre es que se dejó ventilado que todo el país ha estado pagando los desmanes financieros de una empresa que como inversión para el Estado no ha sido nada rentable sino toda una carga fiscal, como lo dicen el Confis y el Conpes; eso es bueno, generar debates en una democracia como la nuestra, a ver si damos el salto a una democracia deliberativa.
Cuando se habla de cifras y números, las valoraciones y apreciaciones se desvanecen y la misma Contraloría General de la República, en la auditoría integral que publicó en el año 2003 de esta empresa, dijo que no sería viable ni en el mediano ni en el largo plazo y eso lo demostró la billonaria capitalización que se hizo al final del año pasado. Lo triste y doloroso es que eso no sale de Córdoba solamente, sino del fisco de toda la Nación, sumado a que este señor Solano pretende crear un sofisma a través de los medios de comunicación regionales, cuando dice que los traslados contables eran meros formalismos, desconociendo que parte de la motivación del decreto que autoriza la capitalización dice expresamente que Urrá S.A., al incumplir obligaciones financieras en el orden internacional y estar el Gobierno nacional como garante, de las cuales tiene pagarés y todos lo soportes, tuvo que entrar éste a pagar a la banca internacional los empréstitos incumplidos.
Lo preocupante es que si se desarrolla el proyecto río Sinú, se lo entreguen a directivos que desde los órganos de control, como la Contraloría General de la República, ya han sido fuertemente cuestionados en su gestión.
Vuelvo y les digo: los números no pelean con nada, son precisos y exponen las razones con su propio peso.
Lina María Bedoya R. Abogada.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.