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Quienes no están suficientemente enterados de los últimos aconteceres políticos nacionales, al leer el artículo del columnista Alejandro Gaviria del domingo pasado titulado “En defensa de Petro”, les debió parecer extraño pero algo sensato su contenido; porque en él defiende la “manera razonable” como el senador de izquierda, actuando con “flexibilidad”, llega a un “entendimiento parcial con un católico recalcitrante” y asume una “colaboración constructiva con los partidos de la coalición oficialista”.
Extraño porque no es habitual que eso suceda y sensato porque, como lo plantea Gaviria —sin referirse a la situación concreta en que ocurrió—, sugiere que el “realismo político” permite los acuerdos entre contrarios y que, en un acto de “tolerancia y civilidad”, se debió pactar —no nos dice qué— algo muy importante para el futuro político de Colombia.
Pero lo que deben saber los lectores desprevenidos es que el hecho al que hace referencia el columnista es la reciente elección del Procurador General de la Nación, señor Alejandro Ordóñez, por la mayoría de sus electores, los senadores, incluyendo a los de las bancadas uribistas, a casi todos los liberales y a siete de los diez senadores del Polo. Y que lo que ocurrió fue que el candidato Ordóñez, a diferencia de los otros dos integrantes de la terna, desplegó el tradicional y odioso cabildeo clientelista entre los congresistas, actuación que tuvo amplio despliegue en los medios de información. Lo que hay que preguntarse es si en el caso del Polo hubo acuerdos diferentes a los burocráticos o el senador Petro se constituyó en la excepción y pactó con Ordóñez un altruista programa de gobierno en el que se interpretará la Constitución en beneficio de los desposeídos de Colombia. Permítanme no creer en absoluto en tal hipótesis. No somos ingenuos, señor Gaviria. Nada ha cambiado en el seno del Congreso: las huestes uribistas continúan empeñadas en reelegir perpetuamente una política nefasta para el país, con la honrosa excepción de una minoría liberal y de tres senadores del Polo que se acogieron a la objeción de conciencia para no apoyar la componenda. Entonces, ¿por qué Petro y sus compañeros aparecen votando al lado de tales torvos propósitos? El “senador de izquierda” aduce que el postulante Ordóñez ya tenía los votos suficientes y que para que no “se convirtiera en el candidato y Procurador de un conjunto de partidos afectos al Gobierno (…) con nuestro voto, hoy el nuevo Procurador es de todos los colombianos”. Como quien dice, se acabaron las contradicciones políticas y, por tanto, la oposición democrática no tiene razón de existir. Está claro que no hubo ningún acuerdo, porque no podía existir, y tal actitud no tiene nada de sensatez. ¿Será que Petro está ensayando la estrategia electoral de que para llegar a gobernar al país basta con apoyar al candidato que va a ganar? “Realismo político”, lo llamarán algunos, pero esos atajos al poder realmente son interpretados por la verdadera izquierda democrática como oportunismo. Y como facilismo del más ramplón: para ganarse a las muchedumbres que siempre han sido manipuladas, basta con subirse a la buseta de la victoria. Y Petro ya tiene un pie en el estribo.
Jorge Enrique Esguerra L. Bogotá.
Otros libros de salida
La columna nostálgica de Alfredo Molano (“Inventario de salida”, El Espectador, 11 de enero) nos sorprende. No por deshacerse de algunas piezas “jurásicas” del más puro anacronismo estalinista, sino por mostrarnos con sinceridad cómo nuestras bibliotecas no son resultado de una “elección racional” en todos los casos. En cada libro hay una historia escondida, un puerto semiabandonado donde muchas veces llegamos como Robinson Crusoe. Sabiendo, eso sí, que no siempre está un Viernes listo a servirnos. Coincide el escrito de Molano, con la ausente “página de libros” de El Espectador durante dos semanas. Quiero sugerir un libro que estoy leyendo en este momento, para esa sección. Se trata de Los libros en mi vida, del escritor norteamericano Henry Miller. Al igual que con Molano, destaco su honestidad brutal, en palabras como éstas: “Sea conocimiento o sabiduría lo que se busca, conviene dirigirse directamente a la fuente de origen. Y esa fuente no es el catedrático, ni el filósofo, ni el preceptor, el santo o el maestro, sino la vida misma: la experiencia directa de la vida. Lo mismo reza para el arte. También aquí podemos prescindir de los maestros. Al decir vida, pienso en un tipo de vida que no es la que conocemos hoy. Pienso en eso de que habla D. H. Lawrence en Etruscan Places. O bien en lo que refiere Henry Adams cuando la Virgen reinaba soberana en Chartres…”. Quizás a veces recordamos más cómo llegó un libro a nosotros o viceversa, que el contenido incierto que incluso nunca llegamos a leer. Puede que algunos cuestionen a Molano por deshacerse de clásicos de la sociología como Economía y sociedad, pero si siguiéramos con el ejemplo de Robinson Crusoe, ¿por qué no quedarse mejor con Yourcenar?, como lo sugiere Molano. Mirando mi biblioteca aquí en Villa de Leyva, pienso en la de Molano y en la de Henry Miller y en el consejo que ambos nos dan, aunque primero lo dijera Pascal: “Cuando se lee demasiado rápido o demasiado lento, no se entiende nada”. En otras palabras, hay que leer menos, pero mejor. Antes que acumular miles de volúmenes en anaqueles vacíos o indiferentes, mejor es crear una biblioteca itinerante. Por eso me sorprende leer que Molano quiere “botar” algunos de sus libros. Puede que hoy revaluemos nuestras viejas lecturas, su utilidad y conveniencia, como diría Nietzsche, pero eso no quiere decir que a otros no pueda servirles o acompañarles nuestros viejos volúmenes. No botemos los libros, dejémoslos circular libremente. Esto puede hacerse en book crossing, una iniciativa mundial de rotación de libros.
Pedro Manrique. Villa de Leyva.
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