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De la sensatez y los secuestrados

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En Colombia no puede existir sensatez ni justicia en el tema de los secuestrados (El Espectador, “Sensatez que alimenta la esperanza”, Editorial 08-01-09) mientras se siga permitiendo que existan de primera y de segunda.

Es horroroso ver cómo política y mediáticamente se discrimina a unos y se pondera a otros. Se está hablando de 28 plagiados, considerados como canjeables, sobre los cuales se vuelca todo el esfuerzo. Mientras miles de compatriotas, retenidos con fines extorsivos, permanecen en poder de grupos subversivos, sin que nadie abogue por ellos.

Para la muestra un botón: en días coincidentes con la publicitada posible liberación de seis plagiados, diez colombianos, de menor clase y condición, fueron raptados y ya el país y la prensa se olvidó de ellos. Y una guerrillera, en pos de su recompensa, entregó a uno de esos tantos secuestrados anónimos y la noticia y el regocijo mostrado en otros casos de liberación pasó casi como su condición: “anónima”.

Y no es que uno no se alegre por la liberación supuestamente —para no ser insidioso— gestada por Piedad Córdoba. No faltaba más. Son compatriotas injustamente retenidos que merecen su autonomía, como la merecen todos los colombianos. Pero una vez producido el hecho, el país podrá comparar el despliegue del suceso con el de la recuperación de la libertad del secuestrado anónimo, recientemente producida.

¿Con qué autoridad moral se puede hablar de un presunto intercambio que sea excluyente? ¿No es acaso aberrante el permitir y acolitar que las Farc califiquen a unos como retenidos políticos y por ende sujetos a canje y liberaciones con esos propósitos, que no humanitarios, y los otros por sustracción queden catalogados como secuestrados con fines económicos y deliberadamente se ignore esa situación?

Yo no sé si seré bruto, descorazonado o ingenuo, pero definitivamente eso no logro entenderlo. Si queremos ser justos, deberíamos poner a todos los secuestrados en el mismo lugar de nuestros corazones. Eso hizo el país cuando marchó masivamente condenando el vil acto y exigiendo la liberación de los retenidos. Porque dentro de la multitud marchante no solamente estaban los familiares de los 40 ó 42 sujetos de negociación en ese momento, sino también estaban parientes del resto de secuestrados. Esos que se llevarían un baldado de agua fría si un acuerdo se suscribiera como hasta ahora lo plantean quienes se autoproclaman “intelectuales”.

Por eso, cuando se hable de liberación de secuestrados, de intercambio humanitario, hay que hablar claro y dejar de ser hipócritas. Hay que poner de presente que la liberación, si se produce, será de una ínfima minoría de los retenidos. Los restantes probablemente se pudrirán en el olvido. Y mientras tanto, el país y el mundo siguen haciéndoles el juego a los terroristas suplicando y cediendo para la liberación de unos pocos, mientras a muchos con nuestra indiferencia los estamos matando.

Ricardo Buitrago Consuegra. Barranquilla.

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