Abreu ante la barbarie

Santiago Villa
26 de marzo de 2018 – 09:00 p. m.

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Es difícil no interpretar la muerte del maestro José Antonio Abreu como una metáfora más dentro de esa gran tragedia que ha sido la destrucción de Venezuela.

Varias veces tuve el privilegio de hablar con él, pero la experiencia puntal de conocerlo la primera vez fue frustrante. Debía entrevistarlo y le importaban un comino mis preguntas. Yo era un periodista novato. Quería que Abreu me narrara su vida y su trayectoria; que hiciera comentarios sobre sus compositores de cabecera y su alumno estrella, Gustavo Dudamel.

Pero a él no le interesaba hablar de Dudamel y mucho menos de sí mismo, sino del edificio en el que me puso la cita y que ahora recorríamos metro a metro, mientras se detenía en salones de ensayos y salas de conciertos para discurrir sobre detalles arquitectónicos que, de presentárselos a mi editor, me los tiraría de vuelta en la cara.

Fue un tour de dos horas que Abreu guió con su inacabable energía de Yoda y que yo grabé completo. Ni un minuto sirvió para elaborar la entrevista que me habían encomendado.

Era el año 2009 y el edificio era el Centro Nacional de Acción por la Música, una de las escuelas de su tipo más importantes de América Latina. En uno de sus salones, que estaba específicamente diseñado para practicar el oboe, nos topamos con dos alumnos de Tunja, que tartamudearon un saludo emocionado cuando entró el maestro Abreu. Ellos practicaban, y ante sus incrédulos ojos Abreu les dijo: «Sigan, sigan, toquen». Se cruzó de brazos y puso ademán de profesor para escucharlos.

Hoy el diseño de las sillas de su salón de conciertos -obra del artista Carlos Cruz Diez- y aquellos recintos de madera cuya acústica se hizo específicamente para la música de salón vienesa, parecen obscenos despliegues de opulencia cuando no hay medicinas en los hospitales y los niños padecen de hambre.

En su discurso al recibir el Premio TED, Abreu dijo, «lo más trágico de la pobreza no es la falta de pan o de techo, es el sentirse nadie», y el Sistema ofrece la promesa a los jóvenes de que a través de la música se sientan alguien. Pero la situación ha cambiado tanto en Venezuela desde el 2009, que hay algo perturbador en dar un violín como tabla de salvación a niños que no tienen acceso a antibióticos y están desnutridos. Lo más trágico de la pobreza quizás sí es la falta de pan.

En el año 2012 se presentó en la sala de recitales del Teatro Julio Mario Santodomingo la pianista venezolana Gabriela Montero. Ofreció como última pieza del concierto una improvisación. Antes de tocarla dijo: «Esta improvisación quiero dedicarla a mi país, Venezuela». La pieza comenzó vivaz, pero pronto se tornó sombría y ominosa. Montero comenzó a llorar mientras golpeaba las teclas y cuando terminó, en lugar de dar una venia y recibir aplausos, salió de inmediato del escenario. El público quedó pávido y estremecido.

Si hablamos de la muerte de Abreu no podemos dejar de hablar de esa otra metáfora, el homicidio de Armando Cañizales, de 17 años, durante las protestas callejeras del 2017. 

Y si hablamos de la muerte de Abreu y del homicidio de Cañizales, no podemos dejar de hablar de esa otra metáfora, el arresto de Willy Arteaga, el «Violinista de Caracas», que tocaba su instrumento entre las nubes de gases lacrimógenos y los disparos de las tropas represivas del régimen durante ese mismo año.

Es un lugar común ya la frase de Teodoro Adorno: «Hacer poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie». Pero es inevitable hacerse una pregunta similar: ¿hacer música clásica en Venezuela, después de su catástrofe, es también un acto de barbarie?

La respuesta ya la ha dado la Historia. En condiciones de barbarie el arte conserva su dignidad si es un acto de resistencia.

José Antonio Abreu, sin embargo, no era una persona que pudiera ir contra el sistema. La obra de su vida, incluso, se llamaba El Sistema, con mayúsculas. Por naturaleza dependía del gobierno de turno, sin importar su tendencia política. Tuve varias conversaciones con venezolanos que se quejaron del largo silencio que guardó Gustavo Dudamel antes de denunciar los atropellos de Nicolás Maduro, y yo siempre respondía que lo hizo para proteger al Sistema y a su maestro.  

La muerte de Abreu parece cerrar un capítulo de la historia de Venezuela. Ya no es el tiempo de la reserva prudencial sino del ruido. Para citar las palabras que dijo el periodista venezolano Willy McKey al conocer la noticia: «Murió Abreu. Haya de todo, menos minutos de silencio».

Twitter: @santiagovillach

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