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No se requiere ser un afiebrado amante de la naturaleza para compartir la denuncia y la posición de Héctor Abad Faciolince sobre la destrucción del paisaje de la sabana de Bogotá.
Desde hace dos décadas la sabana está sufriendo transformaciones que no siguen ninguna política de crecimiento urbano ni de desarrollo regional, ni son resultado de planes de ordenamiento territorial ni de aprovechamiento racional y de preservación de los recursos naturales y ambientales.
El deterioro del paisaje es evidente en todos los municipios de la sabana. Con lo construido hasta ahora en ésta y otras regiones aledañas se podría conformar el municipio más largo del país: el que va desde Girardot, pasando por el desastre urbano de los suburbios de Fusa y Silvania… siguiendo por los municipios de la sabana hasta llegar a Sogamoso. A lo largo de esta vía proliferan los talleres, las fábricas, inmensos depósitos de materiales de construcción y de maderas, galpones y cultivos de flores en invernaderos plásticos, los parqueaderos de tractocamiones y buses, los asaderos y restaurantes de aspecto miserable y descuidado, las casuchas de montallantas y tenderetes de todo tipo y una publicidad exterior que contamina y arruina el panorama y apena la mirada. Muchos kilómetros cuadrados en esta región han sido convertidos en barrios y urbanizaciones de estratos sociales tan disímiles que van desde el tugurio hasta las mansiones al norte de La Caro.
El primer impulso achacaría a los pobres del desastre en esta materia, pero no es así. Los pobres se asientan lo más cerca del trabajo, donde está el empleo, así sea de mala calidad y esté mal remunerado, donde puedan comprar un lote y después armar vivienda y rebuscarse el agua y el sanitario. El desorden en la sabana empieza por quien expide la licencia o el permiso y se traslada después en todas direcciones. ¿Quién permitió el establecimiento de inmensas zonas francas al occidente de Bogotá y más allá del río? ¿Quién autorizó una autopista para transporte de carga pesada por Mosquera, Funza, Cota, Chía, Cajicá, con lo cual desapareció el paisaje y la tranquilidad? ¿Por qué Bogotá permite que sus nuevas y ampliadas avenidas se conviertan en autopistas nacionales por parte de unas pocas empresas de transporte pesado, que no pagan un solo peso por ello? ¿Por qué diez grandes floricultores se arrogan el uso del agua subterránea sin ningún control y se autoconceden licencia para afear el paisaje y contaminar los suelos sin reponer nada, ni compensar a las comunidades como es debido? ¿Por qué la Cámara Colombiana de la Construcción diseña y promueve inversiones públicas como si se tratara de una entidad de ordenamiento territorial? ¿Por qué Tocancipá, Gachancipá y Zipaquirá permiten el establecimiento de inmensas factorías? ¿De qué se benefician los habitantes de esos municipios donde grandes áreas son destinadas a la gastronomía y a la recreación de alto nivel? ¿Dónde están los parques para los pobres donde puedan pasear, observar las aves, ver fluir el agua, navegar en bote y recorrer un bosque? Por lo que vemos en la sabana, el interés privado riñe con lo público, no lo complementa, ni se subordina, sino que impone sus intereses y necesidades. La creación de malos empleos de calidad y el “desarrollo municipal” no deben ser los pretextos para justificar este atentado. Mejor les va a los antioqueños con el Valle de Rionegro. Por lo menos están a tiempo para contener más desafueros contra el medio ambiente y los recursos naturales.
Gilberto Naranjo. Medellín.
Sobre Marta Lucía Ramírez
En cierta forma es entendible la carta de Marta Lucía Ramírez, publicada por El Espectador. Marta Lucía es de los pocos senadores con un prestigio muy bien ganado que debe proteger. La senadora, por causa de una cirugía programada, no pudo asistir a las sesiones del Senado en que se definió la suerte del referéndum reeleccionista. Pero lo que sí me parece que sobró fue su desesperada declaración de uribista irrestricta con que finalizó el comunicado. Me recordaron apartes de La fiesta del chivo, la fabulosa novela de Vargas Llosa sobre la vida del dictador Trujillo, en los que se transcriben las declaraciones públicas de devoción y arrepentimiento de áulicos del dictador que creían haber caído en desgracia.
Juan Maal. Barranquilla.
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